Entrevista con Patricia Ariza

Interview with Patricia Ariza

Entrevista com Patricia Ariza

Esperanza Londoño La Rotta*

* DESS Eurojournalisme, Universidad Robert Schuman, Estrasburgo (Francia) y Universidad Libre de Bruselas (Bélgica). Magíster en Comunidades Europeas, Universidad Pontificia de Comillas (España). Socióloga, Universidad Nacional de Colombia. Docente Facultad de Bellas Artes. Universidad Pedagógica Nacional. Colombia. atardeceramarillo@yahoo.com.


Pensamiento, Palabra y Obra entrevista a una artista, feminista y activista política quien, como mujer y artista, ha permitido pensar el arte más allá de un simple espectáculo. Toda una vida dedicada al teatro y a darle voz, a través de sus obras, a víctimas del conflicto colombiano, defensora de derechos humanos; además de hacer evidente en su vida y a través de la plataforma "Artistas por la paz", las múltiples relaciones que se pueden establecer entre el arte, la construcción de paz y la resolución de conflictos. Hablamos en su casa, en medio del calor de la bienvenida con Patricia Ariza, directora del festival alternativo de teatro, de Mujeres en Escena y de la Corporación Colombiana de Teatro, entre otras muchas actividades que voluntariamente su espíritu libertario ha asumido. Esta entrevista se realizó antes del 2 de octubre, pero con la revisión de los acuerdos que propició el plebiscito ganado por una ínfima minoría por el no, sigue siendo vigente este planteamiento.

Patricia Ariza: Ahora que veo estos procesos de paz, pienso en la palabra relato, en que Colombia necesitaba el gran relato de país que no teníamos. El gran relato de nación, porque todos los países de alguna manera lo tienen, o muchos lo tienen. Entonces, es como un relato compartido, una historia de origen o de algún momento histórico que uno espera sea compartido por toda la gente. Pienso que la construcción de esta paz puede ser el relato compartido, pero que todavía no lo es por desgracia, pero construirlo será ese gran relato, que, si somos capaces de hacer esta paz, va a ser un referente determinante del nuevo país que no ha podido nacer.

Esperanza Londoño: Jesús Martin Barbero retomaba las palabras de Daniel Pécaut, quien decía que a Colombia no le hace falta la construcción de un mito fundacional, lo que le hace falta es un relato nacional. ¿Cómo el teatro o las artes en general pueden ayudar a la conformación de ese relato nacional y cómo entiende el mismo? ¿Por qué no lo tenemos?

P. A.: Creo que construirlo no es una cosa de un día para otro, pues no es que digamos que la paz en el momento que se firme está el relato. Es un proceso. Pienso que sí ha habido relato; ha habido fragmentos, partes, digamos, de ese relato nacional. Cien años de soledad es una parte del relato nacional, de lo que somos; por supuesto, no todo es compartido, es un suceso, un acontecimiento compartido o no por todos, que se puede convertir en mito, o lo que sea, pero no todos lo teníamos. Es un pensamiento que está a disposición del debate. Antes, el relato era la violencia, la guerra, y ese no puede ser un relato, y éramos... O mejor, somos el relato de la violencia de nosotros, esta generación es el relato de la violencia, todo está relatado en ese enclave de guerra y de violencia. Entonces, esta paz sí puede ser el relato compartido, y la paz también tiene como reverso a la guerra, o sea, son las dos cosas por supuesto, no podemos esconder la guerra. Pienso que Guadalupe de años cincuenta, por ejemplo, también forma parte de ese relato, el teatro ha contribuido a crearlo, así es como ese relato se va juntando... Es como si todos esos fragmentos dispersos se fueran encontrando en este proceso y nos permitieran, por fin, tener una cosa, un presente compartido, un futuro compartido.

E. L. : ¿Cómo está viendo esa construcción de memoria? El relato en términos de construcción de memoria y también, de construcción de individuos, de ciudadanías, ¿Cómo lo está haciendo el teatro? ¿Cómo lo hizo, y lo está haciendo en La Candelaria?

P. A.: Pues la memoria es un fundamento, es determinante, porque ahora también el peligro de la paz es el olvido. Si ha sido tan doloroso y tan terrible todo lo que ha pasado, entonces, el olvido es necesario porque si recordáramos todo el dolor, incluso como sujetos no podríamos vivir; pero sin memoria tampoco podemos vivir, la memoria es lo que nos hace, lo que nos permite llegar algún día a la no repetición, o sea, sin memoria no puede haber no repetición porque estaríamos condenados constantemente a que se repita, ese es el peligro tan grande en el que estamos. Pienso que lo peor de todo en este momento es el temor que tenemos a que esto se repita, porque todavía uno siente que no es un relato compartido, que hay mucha gente que no cree en esto, que no se siente parte de ello. La prueba es el plebiscito, la refrendación de los acuerdos, pues hay mucha gente que está por el no, y no son unos individuos aislados, es una parte importantísima de la población, en este momento es como el treinta por ciento o más, como el cuarenta por ciento.

E. L.: ¿No será porque otros asumieron esas banderas?

P. A.: Sí, claro; es una cosa de naturaleza. La gente está muy engañada por otro relato, hay un relato de lo que no somos, de lo que no es, que han construido los medios de comunicación. Un relato muy peligroso, porque se basa en la confrontación, pues esta vende, es una mercancía. Creo que esa es la gran mercancía contemporánea, se vende la pelea, es real pero también es mito, es una cosa muy compleja. Entonces, cuál es el papel del arte, la gran pregunta que nos hacemos desde hace muchísimos años; como activista en estos tres últimos procesos de paz, desde el comienzo me estoy haciendo esta pregunta: ¿Cuál es el papel del arte y de la cultura en este proceso? Y es muy complejo, pues cada vez, en este país, el arte tiene muy poco espacio, sobre todo en la consideración de la sociedad, del Estado, del Gobierno; o sea, el espacio se da en otras cosas, en entretenimiento, que en el fondo de todo, es funcional a la guerra también.

E. L.: Como no se ha entendido el papel del arte en la sociedad, termina convertido en espectáculo. ¿Qué significación tiene esto?

P. A.: La cultura espectáculo, el arte, todo se ha convertido en un espectáculo, la guerra es un espectáculo, la política es un espectáculo, una mercancía para vender los periódicos. Entonces eso desvaloriza todo, desvaloriza el sentido de pertenencia a la cultura, el sentido de pertenencia a la nación, desvaloriza la política. Hay mucha gente, por ejemplo intelectuales y artistas, que no quiere saber nada de política porque le presentan el espectáculo aparentemente horrendo de la corrupción, de la guerra y de la violencia y por eso la gente se aparta, entonces el hecho de que la gente se aparte, de que la gente más consciente se aparte, hace que las corporaciones se apropien de todo, hasta del agua, en estos momentos, la humanidad está en peligro. Todo lo que hagamos debe tener ese referente.

E. L. : Pero, en esa relación entre la ética y la estética está la consideración política del arte. En escena, lo que uno crea son espacios políticos, en el escenario musical, escénico, visual, se crean espacios políticos porque son relatos individuales que construyen ciudadanías, y es esa relación ética/estética la que no se ha comprendido muy bien en el arte. ¿O cómo lo ve?

P. A.: Sí, claro; todo es político, o todo puede analizarse en clave política. Pero, precisamente, la tragedia que tenemos es esa, la política tiene que verse como participación, la ciudadanía tiene que verse como participación, o sea, yo formo parte de una comunidad, de una sociedad y tengo que entender cómo funciona y tengo que participar en lo que no funciona.

E.L.: Es participación exacto, pero también es relato, es imaginación, es estética.

P. A.: Claro, porque tengo una noción, un ideal de nación; tengo que tener un territorio y tengo que tener una narrativa, una historia y un relato, un relato que sea compartido por todos. Entonces, creo que esa es la tragedia de Colombia, porque uno siente que aquí hay muchos países, que hay un país, como dice WiHiam Ospina, un viejo país que se niega a morir y uno nuevo que no puede nacer, que no ha logrado nacer, que no ha logrado y no puede, diría yo, emerger. Entonces, en este momento, con estos acuerdos -a lo mejor soy demasiado optimista- me parecen que son una puerta.

E. L.: Sí, todos andamos en ese optimismo...

P. A.: No tenemos otra alternativa, entonces, es una puerta, pero por esa puerta podemos entrar o devolvernos. De los últimos 600 procesos de paz que se han hecho en los últimos 25 años, más de 300 han fracasado, y han hecho que los países y las comunidades se vuelvan mucho más violentos que antes. Aquí estamos en una disyuntiva muy paradójica, porque está todo dispuesto para hacer la paz de verdad, o para hacer la guerra, para volver a hacer la guerra. Entonces, es una cosa muy compleja, pues los que somos activistas de la paz estamos con muchas esperanzas, pero también con mucho miedo, porque hay paramilitarismo y todos esos factores de desestabilización total están intactos, eso produce bastante pánico. Estamos a pocos días de votar el plebiscito y uno sabe que una provocación grave puede suceder, puede voltear la votación, eso pasó en Guatemala, eso ha pasado, es una tragedia, una cosa provocada que hace que la gente cambie de opinión.

E. L. : Además, es la práctica constante del no, recuerde que muchas veces hubo, por ejemplo, una bomba en la Universidad Militar, justo en el momento en que se requería la legitimación de una política...

P. A.: Exactamente, y siempre ha sucedido así. Creo que el desafío más grande que tenemos los artistas es, por un lado, saber qué tipos de obra hacemos, de qué estamos hablando, de qué queremos hablar. Ese es un desafío muy grande, pues a la gente la han llevado a hablar de algo que le permita sobrevivir, y eso es una tragedia porque entonces ha perdido la mística, la utopía no puede ser pensar en el dinero. Siempre pongo el ejemplo de Simón Bolívar, si él hubiera pensado cuánto le costaba la campaña libertadora, no se levanta de la cama. O sea, en lo que menos debemos pensar es en el dinero, y todo este neoliberalismo ha llevado a la gente -junto con las políticas concretas del Gobierno colombiano- a que todo el tiempo tenga que estar pensando en la sobrevivencia; entonces, las personas andan con su proyecto debajo del brazo, relacionándose con las convocatorias, o con las ONG, o con la cooperación internacional, y el proyecto país está desvanecido, se ha desvanecido. Ahí, el proyecto personal se vuelve determinante.

E. L.: Usted dice que la participación es importante, y uno siente también que construir la paz pasa por la participación de esa sociedad civil.

P. A.: Exactamente. El peligro es que todo cambie para que todo siga igual, esa es la tragedia, porque todo depende de la movilización social y de la movilización mental. No se trata únicamente de movilizar los cuerpos, sino también los imaginarios de la gente. ¿Cómo está el imaginario de los colombianos? Por un lado están las Farc y, por otro lado, tenemos este representante que logró, hay que valorarle, que llegó hasta el final de los acuerdos, eso es importante, abrió la puerta; por esa puerta tiene que entrar la sociedad para hacer un país por lo menos democrático, porque no creo que hayamos vivido en una democracia, todo ha sido muy recortado. Aunque me parece que la persona indicada para llegar a esos acuerdos, desde el punto de vista del establecimiento, era Santos, porque es un representante excelso de la élite colombiana, de la oligarquía colombiana.

E. L.: Y difiere del anterior en que no representa esa cultura traqueta, y por tanto, no tiene los mismos vicios.

P. A.: Sí, esto no se podría haber hecho con uno que no sea representante de los que han permanecido. Pero volvamos a lo anterior. Decía que esta es una democracia formal, sin embargo no es una democracia real lo que hemos vivido, entonces nos corresponde construirla, y en esa construcción la pregunta es: ¿Cuál es el papel del arte y de los artistas? Pues es distinto, a veces, el papel del arte al de los mismos artistas, porque estos no siempre son conscientes de lo que hacen. Por ejemplo, hay obras extraordinarias que responden a la gran sensibilidad del artista y logran transformar la sensibilidad y al público. Yo me debato permanentemente en esa pregunta, tanto como sujeto como sujeta -porque soy feminista, hablo así-, porque trabajo individual y colectivamente, trabajo en La Candelaria, trabajo con el movimiento teatral y trabajo sola. Entonces, ese es un debate constante, uno muy difícil, porque el artista no necesariamente es un erudito político ni tiene por qué serlo, su trabajo está en la elaboración de la obra de arte, que necesita dedicación sistemática. No tiene por qué ser un erudito, pero no puede ser una persona desapegada de la política, o sea, ese es un dilema muy grande

E. L.: ¿El artista tiene que entender la política de alguna manera?

P. A.: Tiene que entender la política, sería ideal que la entendiera, pero no me gusta decir: "Tiene que entenderla" porque me quedo en el deber ser, aunque sería ideal que la entendiera, si no, la política lo afecta y le afecta su obra de arte y lo afecta a él como persona, como individuo; o sea, si no participamos, nos participan (risas), como decimos las mujeres: "No queremos ser pactadas, queremos ser pactantes"; igual los artistas, que no nos pacten otros, que no nos hagan la política, que obremos como artistas, el arte como ejercicio de libertad pero también como sujetos, que seamos capaces de reflexionar sobre lo que somos como ciudadanos, como ciudadanas y sobre lo que pasa por ejemplo, en las políticas públicas de cultura.

Precisamente, este sábado tenemos un encuentro de artistas para mirar cómo va a ser la participación en el llamado posconflicto, que no me gusta esa palabra, prefiero decir posacuerdos. Porque el posconflicto es como si el conflicto ya se hubiera acabado, y al revés, acabado el conflicto armado es cuando se va a ver la dimensión de todos los conflictos, y hemos dicho que el conflicto colombiano es económico, social y cultural, porque aquí ha habido una mutación cultural con la guerra y con la violencia. Una mutación que ha impedido que este relato de la paz no se haya compartido, pues hay un sector que ha nacido con la guerra, cree en la guerra y cree que la guerra se puede solucionar con la guerra, como apagar un incendio con gasolina.

E. L. : Me imagino las artes en términos de formar seres humanos, seres integrales; por ejemplo, hay pedagogos que consideran que la música no tiene sentido para formar niños virtuosos que se paren en un escenario y toquen de manera más virtuosa, técnicamente excelente, sino que la música cobra sentido en la medida en que desarrolla el cuerpo, la mente y el espíritu; en la medida en que forma seres humanos y el virtuosismo se cae de su peso, será posterior. En lo escénico es clave, y ustedes los escénicos tienen una historia más política que viene desde los griegos con su tragedia. Mientras en la música hay más una historia romántica, en la que el músico se siente el centro del universo y por eso como artista se considera el genio que no habla con nadie, que no entra en diálogo con nadie, porque lo que él hace es música de los dioses...

P. A.: No, claro. En el arte el que cree que lo tiene ya lo perdió, como dicen los chilenos; es decir, el arte es una búsqueda incesante porque es precisamente la ampliación de la libertad humana interior y exterior. Algunos solamente la entienden como la ampliación de la libertad individual, ¿no es cierto?, que lo es también; el arte y el desarrollo de la ciudadanía amplían la subjetividad, la represión la reduce al someterte a un esquema de orden y mando.

E. L. : ¿Y cómo pasará eso por los cuerpos?

P. A.: Esa es una parte en la que el arte ya se vuelve cultura, ya se incorpora al cuerpo de manera espontánea. Hay gente que responde de manera totalmente espontánea, nosotros denominamos en La Candelaria, la intuición informada, cuando por ejemplo en los países nórdicos, que digamos tienen tantos años de prácticas libertarias, uno ve que los hombres ya no miran a las mujeres como las miran acá; digamos, la mirada es otra, la actitud es otra, no es perfecta por supuesto, el patriarcado tiene todavía ahí sus extensiones, pero hay unos avances muy grandes.

E. L.: Pero también hay más suicidios. Será que han perdido eso que nosotros tenemos, esa necesidad del contacto con el otro, del cuerpo, de regodearse con la mirada.

P. A.: Del cuerpo, creo, hemos aprendido mucho de las feministas; hemos trabajado ese aspecto, porque también -a mí no me gusta decir que es la herramienta de trabajo- el cuerpo se vuelve como otra cosa, el cuerpo soy yo también, es decir, el cuerpo es mío, mi cuerpo soy yo, soy el cuerpo. Pero ese cuerpo también está condicionado por la cultura, es muy difícil pensar en la libertad total, esta no existe, es como un vacío.

E. L. : Sí, hay distancia entre la libertad y el libertinaje, entre la autoridad y el autoritarismo, entre el individuo y la individualidad

P. A.: Claro, la libertad también es un ideal, como la belleza, en la práctica artística de tantos años, digamos que la libertad no es, sí el libertinaje, aunque la palabra libertinaje no me gusta, sino más bien, cómo cuestionar la libertad, la libertad que poseemos. Creo que la libertad es un ideal, el trabajo del arte y también de la política es ampliar las libertades humanas, ampliar la mirada de la vida.

E. L. : La mirada, ¿y es que en la mirada no está esa propuesta estética, ese relato desde el arte?

P. A.: Es como la vida, es decir, la vida debería ser como para los griegos, también un asunto de la estética, como el todo, una mirada del todo.

E. L. : Pero no es lo bello.

P. A.: En esa noción de lo bello, acabo de venir de un seminario donde el tema era la belleza como arma, interesantísimo, porque fue una discusión, porque siempre poner dos palabras en oposición hace mucho más rico el discurso, que poner una sola; entonces uno entra como a un vacío, el todo también es un vacío, o termina en un concepto religioso o en un abismo total.

E. L. : Pero, ¿cuál sería esa belleza? Porque obviamente no se comparte la belleza decimonónica de la ilustración y otras...

P. A.: Pero la religión tiene el problema resuelto de la belleza.

E. L. : ¿Cómo lo resolvió?

P. A.: Pues con Dios, y el arte no lo tiene resuelto, para el arte la belleza es un terreno de la incertidumbre, pero la belleza también está en todo, o digamos la belleza es una cosa más dialéctica, el concepto de belleza en el arte tiene que ver más con la expresión.

E. L. : La belleza es una cosa más dialéctica, dices usted, se necesita a ese otro para poder ser.

P. A.: La sociedad por supuesto, el otro para el artista debe ser la sociedad, siempre está ahí, o sea, cuando uno hace una obra de teatro, como decimos en La Candelaria: el papel del director no es el de componer de manera bonita una escena. Mucha gente cree que es eso y de hacer que los actores hablen bien, que vocalicen. El papel de un director, en nuestro caso, es lograr conectar el alma del actor con el alma virtual de los espectadores, es como dice Santiago: la imagen no es lo que el público ve sino lo que el público imagina, es mucho más complejo que eso; es decir, lo que esa imagen le suscita al público es lo verdaderamente importante. No es lo que la gente está viendo, lo mismo pasa con la obra de arte.

No es necesariamente lo que la gente está viendo, esa es la estructura aparente de la obra, o sea, la estructura aparente del Guernica es una gente un poco desfigurada, pero uno sabe que detrás de todo lo bello, detrás de todo acto de la cultura hay un acto de barbarie, entonces, eso es lo que hay que ver, la estructura profunda de la obra de arte. Definirlo es muy complejo y no creo que se trate de eso en este momento, sin, más bien, de ponerlo en relación con los tiempos que estamos viviendo, en relación con la sociedad que estamos viviendo y con el futuro incierto de Colombia, porque pienso que el futuro de Colombia es absolutamente incierto, o sea, tenemos la puerta abierta a la paz pero también la puerta a la guerra. Tengo mucho temor... y creo que es un tema muy bien fundado, porque hemos visto todos los procesos de paz traicionados, los líderes asesinados, y entonces eso produce un desaliento en la política.

E. L. : Pero también hemos visto marchas multitudinarias en las cuales se está dichoso y se siente que el país está cambiando, y al otro día no pasó nada y volvimos a lo mismo.

P. A.: Y volvemos a lo mismo, pero yo tengo la obligación de ser optimista, por mi propia biografía personal. Me parece que si uno se dedica al pesimismo se muere, entonces soy activista también, activista política y artista.

E. L. : Pero está separando, quiero entenderlo, siempre dice soy activista política también, como si estuviera separando lo que hace como artista.

P. A.: Pues no está separado y sí está separado, porque creo que la práctica artística es diferente de la práctica política, o sea, tú en la política lo que buscas es consenso; yo, en este momento como ciudadana y como activista política, estoy buscando que todos los colombianos voten por el sí a los acuerdos de paz. En el arte, no es que sea lo opuesto, pero el arte busca lo singular, no necesariamente el consenso, sino más bien lo singular, entonces, en la práctica son distintos.

Es que la política hay que verla desde el punto de vista filosófico, el papel del ciudadano, pero también desde el punto de vista de la coyuntura, no necesariamente el artista tiene que estar en la coyuntura política para poder ser un artista que entienda su quehacer en términos políticos, pues hay muchos artistas que no participan, que no son activistas, que están encerrados en su taller, o en su escritorio escribiendo y son grandes artistas, y su obra le hace un bien a la humanidad, es extraordinario. Entonces, no podemos criticarlo porque no es un activista coyuntural cotidiano de la política del día tras día. Chantal Mouffe hace esa diferencia, y me parece muy valiosa, entre la política y lo político. Porque considero que eso es distinto; por ejemplo, en La Candelaria no somos ninguna célula ni organización política, yo sí lo soy, y soy directora también allí, pero tengo que hacer esa diferencia porque son prácticas distintas. Hubo una época, hace muchos años, en un grupo de teatro en donde todos eran militantes, por ejemplo, y sin embargo, el director prohibía que allí se hicieran reuniones de carácter político, porque se confunden los espacios, en ese sentido son distintos.

E. L.: ¿Por qué no confundirlos? ¿Por qué no entender el arte, sin ser panfletario, como un espacio político?

P. A.: En términos filosóficos, es un espacio político, pero en términos de la vida cotidiana no es un espacio político; si estás militando en un partido político, supongamos que estás en el partido de los verdes, ten por seguro que tú partido no va a entender tu práctica artística cotidiana.

E. L. : ¿Hay diferencia entre la práctica política partidista, si uno como artista es político también y la cotidianidad es política?

P. A.: La cotidianidad debería ser estética también. Pienso que hay muchas contradicciones, porque el político es también una persona, esa contradicción la vivo yo, y la vivo en mi cuerpo también, la vivo, pero no son contradicciones opuestas, es decir, toda contradicción es opuesta, por supuesto, pero quiero decir que no es antagónica, no son excluyentes, es una contradicción muy rica, dinámica; también hay contradicciones que no son ricas pues son antagónicas, son excluyentes, o es lo uno o es lo otro.

E. L.: En cambio, usted siempre ha hablado de dialéctica, de cómo lo uno es gracias a lo otro.

P. A.: ... Pero "cada niño con su boleta", ¿me entiendes? Una organización política debe tener su propia dinámica de trabajo, de práctica, y una organización artística tiene que tener su propia dinámica, su propio rigor. En La Candelaria ensayamos todos los días de la vida, entonces no podemos dedicarlos al trabajo político en el sentido de la cotidianidad como grupo, la política está ahí, obviamente, pero esta de manera conceptual, está de otra manera distinta de la práctica.

No podemos dedicarnos en La Candelaria a hacer afiches en vez de ensayar, no podemos dedicarnos a ir puerta a puerta en la horas de ensayo. Porque el trabajo que hacemos le es útil a la sociedad, en tanto que nosotros tengamos un rigor muy grande de este; no lo hacemos como hobby, no lo hacemos una vez a la semana, no lo hacemos una vez cada quince días; somos teatro, es una manera de vida, es como si fuera una parte del cuerpo, entonces no la podemos sacar y meter otra. Entonces no puedo imaginarme La Candelaria, que yo llegue mañana a decir: "Estos días no ensayamos porque tenemos que dedicarnos a las urgencias políticas"; todos los días son urgencias políticas, si hiciéramos eso, no seríamos un grupo, y si no fuéramos grupo y no trabajáramos con el rigor tan grande que lo hacemos, es un rigor durísimo, doloroso a veces, terrible, hermoso también y fascinante, pero es muy duro que te encuentres durante cincuenta años todos los días con la misma gente para crear, también es un paradigma, ¿no? Pero si no lo hacemos así, no lo podríamos hacer bien.

E. L.: Entendiendo esa diferencia de la que hablaba ahorita entre la política y lo político, uno puede entender la diferencia entre lo que está diciendo y el político que usa el arte para traer gente, el arte como espectáculo.

P. A.: Esa es una pelea que yo tengo; por ejemplo, si soy partidista y lo he sido toda la vida, digamos, he estado militando en organizaciones políticas, y al mismo tiempo soy feminista, creo que en ningún lugar estoy completa y eso es lo que logra en mí una dinámica... busco la completud que tal vez está en la búsqueda misma. Como el arte, el día que se diga: "Esta es la gran obra", ese día nos morimos. Siempre hay una incompletud, siempre hay una incertidumbre, siempre estamos madurando una insatisfacción, porque estamos viendo los gravísimos problemas de la sociedad, los problemas nuestros, nuestra propia subjetividad es incompleta. Yo no me siento completa en ninguna parte; pienso que cuando estoy con los compañeros, digamos, activistas políticos, a veces me duele mucho que no tengan la sensibilidad suficiente frente al arte, o frente a la mujer, o frente al feminismo, por ejemplo.

Cuando estoy con las feministas, siento que no hay una suficiente sensibilidad frente a la política y frente al arte. Muchas veces cuando estoy en el arte me duele en el alma, que no haya una participación política importante en este momento. Entonces en todas partes hay una incompletud, y pienso que esa es una parte de la vida; en casa también, uno no puede decir que ya colmó su vida porque tuvo un hijo, porque tiene un marido... ¡No!... La vida no se colma nunca, con la muerte tal vez. Lo que nos hace movernos es la necesidad de algo, hay que hacer algo para que funcione, somos un motor, no somos un puerto.

E. L.: Si se abre la puerta después del 2 de octubre, ¿con qué sociedad civil se cuenta? Porque son pocos los personajes como usted que participan y además, esta es una sociedad del miedo, a veces se compara el país con los chilenos, quienes después de haber vivido las dictaduras, crearon una sociedad del miedo que no fue capaz de juzgar sus dictadores. Y si se abre la puerta, y si en manos de la población civil está la construcción de la paz, en una sociedad del miedo, ¿qué papel tendrá el arte?

P. A.: Pero la gente tiene razones profundas para tener miedo, hay que entenderlo para poder superarlo porque han matado tanta gente, o sea, fíjate el genocidio contra la Unión Patriótica, han matado intelectuales, han matado periodistas... Todos estos días han matado gente de Marcha Patriótica, de la Unión Patriótica otra vez, entonces hay días que amanezco con un desaliento que no quisiera levantarme de la cama.

E. L. : ¿Esta sociedad colombiana cómo va a construir la paz?

P. A.: Con miedo, es mejor ser con miedo que dejar de ser con miedo; pero pues el miedo esta ahí, todos los que hemos estado, los que hemos vivido esas historias también tenemos unos traumas muy fuertes, pero el miedo inmoviliza, o sea, lo que tenemos que hacer es no dejarnos inmovilizar del miedo, pero entenderlo.

E. L. : Pero como lo entiende usted, no la señora que esta pasando aquí.

P. A.: La gente tiene miedo y piensa que las Farc van a venir aquí y les van a quitar sus hijos; además los medios se han encargado de construir una sociedad del miedo. Aunque la gente no haya vivido nada grave, tiene miedo porque todo el tiempo le hablan de asesinatos, eso vende; igualmente se han encargado de convertir la criminalización en un espectáculo, el dolor en espectáculo, la política en espectáculo, la corrupción en espectáculo, es terrible, es decir, los medios de comunicación también tienen que cesar el fuego. Decíamos en una reunión de artistas que el cese al fuego iba a ser trilateral, incluyendo los medios de comunicación que han construido la cultura del miedo y de la confrontación, porque la confrontación es miedo. Tú te confrontas porque superas el miedo, pero es una manera de expresarlo y de aniquilar al otro, porque tengo miedo del otro, por eso lo aniquilo. Claro, pueden ser razones válidas o inválidas, pero yo cojo un cuchillo porque tengo miedo de que me ataque alguien o de que me ataque algo, pero el miedo también es un derecho humano, yo lo he tenido, yo he tenido miedo y he tenido pánico. Yo soy sobreviviente del genocidio contra la Unión Patriótica, y no he tenido miedo sino, pánico, terror, he dormido debajo de la cama, ha sido una cosa terrible y creo que lo he superado.

Me aterra toda esa política de sanación con las víctimas, gente que trabaja con las víctimas para sanarlas como si las víctimas estuvieran enfermas; la enfermedad está en otro lugar, la enfermedad no está en las víctimas, las víctimas pueden tener un trauma porque han perdido un ser querido, yo trabajo desde el arte con las víctimas, con las madres de Soacha, y trabajo con sobrevivientes de la Unión Patriótica, pero no trabajo para sanarlas, sino que trabajo para convertir el dolor en fuerza y en resistencia. Hace poco estuve con las Abuelas de Mayo, unas abuelas de más de ochenta años y, sin embargo, tú les escuchas unos discursos de una coherencia que ya quisiera cualquier joven de 35 años tener; un discurso tan holístico y tan completo.

Esas señoras a través de que lograron convertir el dolor de la pérdida de sus hijos o de sus hijas en fuerza y en resistencia, se han construido a sí mismas, son unas ancianas -odio esa palabra, pero es como la sociedad las llama-; esas mujeres podrían ser esas mujeres que los hijos abandonan en los ancianatos, o algo así, y son unas líderes de la política asombrosas porque han hecho una transformación del dolor y no porque son unas pobrecitas, no es cierto, que es como mucha gente las llama para poder vivir del dolor, en esto hay ahora una cantidad de gente que va a vivir del dolor.

E. L. : Esa es otra cosa que quería preguntarle, sobre el arte como sanación simbólica o el poder terapéutico del arte.

P. A.: No creo en eso de convertir el arte en autoayuda, en esos libros de autoayuda. En este momento, el arte puede trabajar mucho la sensibilidad de la gente, el arte puede ayudar en la percepción de la realidad. Sí creo que el arte puede ayudar a cambiar el mundo, si no creyera en eso no estaría haciendo arte ni política, pero lo de la sanación, reducir el arte a cualquiera de sus funcionalidades posibles es negarlo, es una manera de negarlo, el arte puede ser incluso propaganda, Picasso hacía afiches y carteles, yo he hecho sketch para que la gente vote, cosas que son funcionales, pero yo no puedo decir que esa es la función del arte.

Entonces el arte no se puede reducir a eso. Yo trabajo con las víctimas y ellas dicen cosas muy bellas. Una hermosa metáfora para cerrar. Una de ellas dice que cuando empezó a trabajar en el teatro al principio era como cargar un piano en la espalda, el dolor, después era como poner el piano al lado y escucharlo.

E. L. : Mil gracias y un abrazo.