“Para ver el arcoíris, hay que primero soportar la tormenta”

  • Alfonso Venegas Independiente
Publicado
2019-07-30

Después que rompieron a patadas mi clóset, decidí convertirme en activista. A estas alturas, en pleno 2019, ya no se puede limitar el género y la sexualidad al rosado y al celeste. Lo que no se nombra sencillamente no existe para la sociedad. La realidad, lejos de ser algo plenamente configurado, se encuentra en constantes transformaciones que consisten en una construcción colectiva de lo que se percibe del mundo físico en el transcurso del tiempo.

Palabras clave: activismo, comunidad LGBTQ (es)
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Alfonso Venegas, Independiente

Artista relacional - Activista LGBT+

Venegas, A. (2019). “Para ver el arcoíris, hay que primero soportar la tormenta”. (pensamiento), (palabra). Y Obra, (22). https://doi.org/10.17227/ppo.num22-10512

Obra recibida y aceptada el 23 de abril de 2019.

Después que rompieron a patadas mi clóset, decidí convertirme en activista. A estas alturas, en pleno 2019, ya no se puede limitar el género y la sexualidad al rosado y al celeste.

Lo que no se nombra sencillamente no existe para la sociedad. La realidad, lejos de ser algo plenamente configurado, se encuentra en constantes transformaciones que consisten en una construcción colectiva de lo que se percibe del mundo físico en el transcurso del tiempo. Hace no muchos años, se consideraba una realidad inamovible la existencia de dos géneros: hombre y mujer. Todo lo que no cabía en esta categorización binaria se pensaba extraño. Se metía en el saco de los maricas: considerados aún hoy en día enfermos que deben censurarse porque se salen de las reglas morales, alejándose de la función reproductiva que Dios nos asignó como especie. Enfermos o no, no todo lo "real" es necesariamente verdadero, ahí entra el papel de las artes, el activismo, las ciencias sociales, exactas, etc. Disciplinas y ciencias que permiten comprobar la importancia de la identidad sexual y de género.

Todo ocurrió hace unos años. A mi padre le robaron los ahorros para su vejez que guardaba en la caja fuerte de su negocio. A partir de este desafortunado hecho, afloraron unos sentimientos en él que antes no eran evidentes: se volvió tacaño e irascible y maltrataba a mi mamá, amedrentándola y culpándola del robo. Le inventaba amoríos con los ladrones y le decía que nosotros sus hijos escondíamos el dinero que le robaron. Cada vez más desesperada, ella decidió acudir a una psicóloga y le contaba los maltratos a los que era sometida por mi papá, además de suposiciones que tenía acerca de sus hijos.

Venegas, en su obra, recopila una sucesión de preguntas que fueron apareciendo ante él durante el camino por su vida artística. Preguntas que él se formula durante su experiencia en el mundo (que es el mismo nuestro), en el que habitamos diferentes formas del encierro y el límite. Pero su encierro se convierte en escondite cuando encuentra allí la vista hacia los jardines del gozo. Como cuando jugábamos a las escondidas y hallábamos un lugar encantador del cual no queríamos volver. (Pablo Espinel Casasbuenas, magíster en Filosofía, Universidad de los Andes).

Mi papá me veía como su hijo perfecto: era el hijo menor, el único artista, fotógrafo, músico, dibujante. Nunca me faltó su cariño y respeto, pero noté que a medida que mi mamá iba a sus consultas psicológicas, nuestra relación padre-hijo se deterioraba porque la psicóloga que la atendía también era la amante de él. Un día, mi mamá la llamó después de que él salió tras una riña que tuvieron. Cuando le contestó el teléfono, mi mamá alcanzó a escuchar una voz parecida a la de mi papá por el altavoz. En ese instante lo supimos. La psicóloga quería perjudicar a mi mamá en el proceso de divorcio para declararla interdicta y quedarse con su dinero y con mi papá. Yo, por mi parte, comencé a espiarlos, a tomarles fotografías, grabar conversaciones telefónicas y revisar las cámaras de seguridad del negocio y de la casa. Lo que encontré fue horrible.

A medida que pasaban los días, mi papá me aislaba igual que como lo hacía con mi mamá: me miraba con desprecio, no me hablaba, no me daba dinero para mis gastos personales, hasta que un día en una pelea me insinuó que sabía de mi homosexualidad porque la psicóloga se lo dijo. Recuerdo que mis frases al momento de esta pelea fueron: "¿Y qué va a hacer?", "¿Y qué le importa?", "¿Y qué va a decir?" ... De aquí parten todos mis proyectos.