La historia social como socioanálisis. Construcción de un punto de vista teórico para indagar la relación mundo público, mujeres y clases populares

Social History as Socio-Analysis. Building a Theoretical Viewpoint to Study the Relationship Between the Public Sphere, Women and the Popular Sectors

  • Diana Gómez Navas Universidad Distrital Francisco José de Caldas
Publicado
2015-04-20

Este artículo muestra la construcción de un punto de vista teórico en el desarrollo de una investigación que se centró en la relación de tres categorías: mundo público, mujeres y sectores populares. Para ello se presentan las tendencias encontradas en los estudios que han trabajado en relaciones categoriales similares; para desde allí proponer una mirada teórica que se construye recuperando los principales recorridos y presupuestos epistemológicos y metodológicos de la historia social, actualizados con los postulados de la propuesta socioanalítica del sociólogo francés Pierre Bourdieu. De esta manera, se exponen las principales implicaciones epistemológicas de esta perspectiva a la luz de una reflexión teórica interesada en cómo se configura en el tiempo un mundo público urbano, interrogado particularmente desde las posiciones que en él ocupan las mujeres de las clases populares.

Palabras clave: Social history, socio-analysis, popular sectors, women, public urban world (en)
Palabras clave: Historia social, socioanálisis, clases populares, mujeres, mundo político (es)

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Gómez Navas, D. (2015). La historia social como socioanálisis. Construcción de un punto de vista teórico para indagar la relación mundo público, mujeres y clases populares. Folios, (41), 169.185. https://doi.org/10.17227/01234870.41folios169.185

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La historia social como socioanálisis. Construcción de un punto de vista teórico para indagar la relación mundo público, mujeres y clases populares1

Social History as Socio-Analysis. Building a Theoretical Viewpoint to Study the Relationship Between the Public Sphere, Women and the Popular Sectors

Diana Gómez Navas2

1 El presente artículo se desprende del proyecto de investigación "Apariencias, prejuicios y estigmas. Una mirada a los procesos de construcción del mundo público urbano desde el lugar y papel de las mujeres de los sectores populares, Bogotá, 1885-1957", financiado por el Centro de Investigaciones y Desarrollo Científico (CIDC) de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, Bogotá, Colombia.
2 Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Bogotá, Colombia. Correo electrónico: elfin50@gmail.com

Artículo recibido el 9 de junio de 2014 - aprobado el 30 de octubre de 2014


Resumen

Este artículo muestra la construcción de un punto de vista teórico en el desarrollo de una investigación que se centró en la relación de tres categorías: mundo público, mujeres y sectores populares. Para ello se presentan las tendencias encontradas en los estudios que han trabajado en relaciones categoriales similares; para desde allí proponer una mirada teórica que se construye recuperando los principales recorridos y presupuestos epistemológicos y metodológicos de la historia social, actualizados con los postulados de la propuesta socioanalítica del sociólogo francés Pierre Bourdieu. De esta manera, se exponen las principales implicaciones epistemológicas de esta perspectiva a la luz de una reflexión teórica interesada en cómo se configura en el tiempo un mundo público urbano, interrogado particularmente desde las posiciones que en él ocupan las mujeres de las clases populares.

Palabras clave: Historia social, socioanálisis, clases populares, mujeres, mundo público.


Abstract

This article shows the construction of a theoretical viewpoint in the development of research that focuses on the relationship between three categories: the public sphere, women and popular sectors. To do this, it first presents an overview of the trends found in studies focused on similar relationships. Thereafter, a theoretical view is proposed based on the main routes and epistemological and methodological assumptions of social history enlightened by the tenets of socio-analytic proposal from French sociologist Pierre Bourdieu. Thus, the main epistemological implications of Bourdieu's perspective in light of a theoretical reflection interested in the way in which a public urban world is set in the time is presented. The urban public world is questioned particularly based on the positions held by women in the working class.

Keywords: Social History, Socio-Analysis, Popular Sectors, Women, Public Urban World.


Los estudios sobre el mundo público desde el lugar de las mujeres

La investigación sobre los procesos de incursión de la mujer en el mundo público y sus conquistas ciudadanas en el marco de la construcción y consolidación de los Estados modernos, particularmente en América Latina, han recabado en varios aspectos. Por un lado, en el papel moralizante o benefactor que ejercieron las mujeres como miembros de élites ilustradas, de familias prestantes y de sectores modernistas, sobre todo frente aquellos sectores que se hacían desde la marginalidad y las contracciones sociales que estos propios procesos produjeron. Para estas miradas existe una incorporación de las mujeres en la esfera pública mediada por condiciones de clase y arbitrada por concepciones tradicionales de la mujer (Bermúdez, 1992; Ramírez, 2003; Ramírez, 2006; Agudelo, 2008; De Paz Trueba, 2007; 2010). Por otro lado, en el acceso a la educación de algunas mujeres de las incipientes burguesías y su relación con la consolidación de movimientos sufragistas y de vindicaciones ciudadanas. Para estas miradas existe una relación estrecha entre el acceso a una educación de corte liberal por parte de las mujeres y los procesos de organización que reclamaban igualdad civil y política para estas (Goetshel, 2007; Sosa-Buchholz, 2008; Rivera, 2009; Díaz-Mas, Ayala y Barquín, 2009).

Unas y otras miradas tienen punto de encuentro en la concepción de una esfera pública liberal, expresión de un nuevo orden social mediado por la configuración de una sociedad de clases en la que los antagonismos y las luchas políticas entre grupos supone la existencia del Estado como expresión de la asociación política que permite la construcción de una esfera espacial que objetiviza la actividad estatal continuada, relativa a la participación en el poder público, o en otras palabras, en la esfera del poder público (Habermas, 1994).

En efecto estas miradas han permitido comprender las conquistas ciudadanas por parte de las mujeres, así como su incorporación y participación en la esfera pública, lo cual ha resultado fundamental en el estudio de los procesos de formación y consolidación del Estado-nación en América Latina, porque han permitido evidenciar cómo el acceso de la mujer a estos escenarios se auspició desde idearios domésticos que configuraron una acción social femenina de carácter caritativo, permisible por cuanto contribuía a solventar las ausencias o debilidades de la acción estatal; al tiempo que visibilizan cómo las tensiones entre proyectos políticos de distinto corte le abrieron campo o se lo cerraron al tema de los derechos políticos de las mujeres y auspiciaron la aparición de un debate público al respecto.

No obstante, existen otras miradas, que más allá de circunscribirse a una concepción liberal de esfera pública, han indagado la forma como en medio de los procesos de construcción de un Estado moderno emerge la idea de un orden democrático que supone la aparición de una vida colectiva. Estos estudios han mostrado las insolvencias de las democracias latinoamericanas y sus procesos de ciudadanización y, en este sentido, la persistencia de una vida colectiva atravesada por fuertes rasgos estamentales. Precisamente, esta investigación tuvo como interés volcar la mirada sobre los procesos de construcción de la vida colectiva en una ciudad como Bogotá, donde los procesos de modernización del Estado fueron más evidentes. Para esta mirada, más allá de la esfera pública, el interés estuvo centrado en los procesos de configuración del mundo público, entendiéndolo como un espacio social atravesado por lógicas y dinámicas propias de la vida o la existencia pública compartida.

Desde este punto de vista, la investigación optó por indagar el mundo público en el plano de los procesos de modernización de los países latinoamericanos, atendiendo a que estos se han dado de manera rezagada y prendados a tenues -cuando no, conflictivos- procesos de racionalización y democratización de la vida colectiva. Esta mirada implicó un interés por la ciudad y la vida urbana, particularmente por la ciudad de Bogotá, por cuanto esta, como otras grandes ciudades latinoamericanas, condensa las tensiones entre los ideales de modernidad y las auténticas posibilidades de construcción de un mundo público democrático. De igual forma, esta mirada supuso indagar el mundo público desde la compleja trama de relaciones sociales, valores e identidades que atraviesan la existencia de quienes lo habitan, así como las concepciones de sociedad que se ponen en juego, en especial, en lo concerniente al papel otorgado y jugado por las mujeres de los clases populares, lo que implicó reconocer la diversidad de condiciones en las que estas se encuentran, así como superar aquellas visiones que las convierten en una entelequia o un colectivo indiferenciado. Asimismo, demandó revisar el concepto de lo popular desde una perspectiva relacional frente al de género, a fin de qué manera las mujeres soportan la doble dominación -social y simbólica- y cómo ello se manifiesta cuando se observan los efectos de la clase social en sus posibilidades y prácticas sociales en el mundo público.

Precisamente, este documento pretende presentar la construcción teórica de la investigación, la cual recurrió a la historia social entendida a partir de la propuesta sociológica de Pierre Bourdieu, como socioanálisis. De esta manera, se plantea un recorrido por el proyecto epistemológico que atraviesa a la historia social desde su emergencia dentro de la labor historiográfica, pasando por el giro culturalista y su impacto en el grueso de las Ciencias Sociales, para finalmente puntualizar la perspectiva socioanalítica bourdieuana como una perspectiva epistemológica capaz de desvirtuar la falsa dicotomía entre aquellas miradas que se centran en las condiciones del orden objetivo y aquellas que prefieren atender a las expresiones del orden de lo subjetivo, constituyéndose en un proyecto de historia social desde una concepción de ciencia social total. Asimismo, se pondrá de manifiesto lo que supuso desde esta perspectiva una construcción teórica de la relación clases populares y mujeres, con la posibilidad de indagar los procesos de construcción del mundo público diferenciándolo de la noción de esfera pública a fin de dar cuenta de procesos y formas de relación más amplios.

Entre el estudio de las totalidades sociales y una ciencia social total: los proyectos de la historia social

Definitivamente, la historia social adquiere fuerza y se consolida en el marco del trabajo historiográfico después de la Segunda Guerra Mundial, con una fuerte influencia de ideas marxistas de gran calado en un grupo de historiadores británicos y en los desarrollos historiográficos de la Escuela Francesa de los Annales, se desarrolla de la mano del paradigma estructuralista y con el propósito del estudio de la sociedad concebida como una totalidad compuesta por grupos y estructuras. En este sentido, los procesos de tránsito hacia las sociedades del capitalismo industrial, entendidas como sociedades de clases, fueron el terreno fértil del trabajo investigativo de la historia social. La influencia del paradigma estructuralista llevó a la incorporación de métodos seriales y de orden cuantitativo que soportaron aquellos propósitos investigativos que giraban alrededor del estudio de las relaciones estructurales y los macroprocesos sociales en el marco de un creciente interés y un compromiso académico por volcar la mirada hacia los sectores populares, las clases trabajadoras y los movimientos sociales, esto hizo de la historia social una historia contrahegemónica, con un fuerte impulso por contrarrestar el exceso de atención a las élites que la historiografía de tinte conservador ofrecía hasta el momento; de esta manera, denominaciones como historia desde abajo empezaron a ser recurrentes en relación con el proceder epistemológico y metodológico de la historia social.

Parte del proceso de consolidación de la historia social estuvo atravesado por procesos de reinterpretación de las ideas marxistas a la luz de las discusiones que sobre la libertad y la alienación emergieron con la lectura de los escritos del joven Marx (Eley, 2008, pp. 47-48), pero también por la búsqueda de una nueva perspectiva que sacara la ideas marxianas de la ortodoxia en la que habían caído con fuerza después de la Segunda Internacional. Este proceso tendrá importantes repercusiones en lo que se denominaría la Nueva Izquierda Británica, de la que formó parte un desatacado grupo de historiadores marxistas, quienes en un principio desarrollan una serie de temas de corte nacional, afinando una postura de izquierda que se propuso plantear nuevas interpretaciones de la historia británica a partir de la recuperación y vindicación de las visiones de la gente del común, así como de su lugar y papel en el mundo social. Esto llevó a generar una ruptura con la enérgica perspectiva conservadora que caracterizaba a la historiografía británica hasta el momento; líneas de investigación como la historia del trabajo, los procesos de industrialización, la formación y papel de la clase obrera y la acción colectiva, entre otros, dan cuenta de los intereses investigativos que esta perspectiva fundamentaba: su apuesta por entender los procesos sociales de manera estructural sin que esto supusiera someterlos a la lógica ortodoxa en la que había caído la analogía base-superestructura, sino comprendiéndolos como totalidades, lo que implicó otorgarle valor al sujeto y a su experiencia en el mundo social sin alejarse de la intención de desarrollar estudios de grandes fenómenos y con una mirada desde el cambio histórico. Con ello, la historia social emprendió una serie de diálogos interdisciplinarios, tanto con la sociología y la antropología como con la economía, esta última con la cual ha tendido a conectarse su perspectiva materialista de la historia.

Por su parte, la historia social en Francia encuentra en la Escuela de los Annales3 un escenario de consolidación de una perspectiva historiográfica más estructural y con una apuesta importante por contrarrestar a aquella historia decimonónica, positivista y cuya fuerza residía en los acontecimientos. Construyendo miradas de larga duración, esta perspectiva cimentó el paso del estudio de las ideas al de las mentalidades, tal vez una de las aportaciones más importantes que desde Francia hizo esta perspectiva histórico-social. Su fuerte arraigo en la perspectiva epistemológica del materialismo histórico y dialéctico, hizo de Annales un punto de referencia en relación con una forma alternativa de investigación histórica con una fuerte mirada desde lo económico y lo social que la conectó con un uso importante de métodos cuantitativos. No obstante, difícilmente puede señalarse algún tipo de unidad de cuerpo en el desarrollo investigativo de Annales, más bien puede señalarse que la influencia del marxismo y el interés por demarcar un horizonte histórico totalizante es un punto de convergencia que llevará a una multiplicidad de campos problemáticos, líneas de investigación y perspectivas teóricas y metodológicas; sin embargo, en esta diversidad se encuentran puntos comunes que trazaran derroteros epistemológicos y metodológicos: su diálogo con otras disciplinas sociales como una estrategia consciente de aproximación hacia el estudio de la realidad del mundo social y su clara oposición a historiografías de corte conservador que la conducen a forjarse como un proyecto crítico, social y con fuerza interpretativa (Aguirre, 1999).

De esta manera, en uno y otro lado la historia social se hacía rodeada de lazos interdisciplinarios, catapultados en los años 1960 cuando desde este quehacer historiográfico se vinculan de manera más decidida discusiones de la sociología y la antropología, incluso aquellas declaradamente no marxistas. Aparecen con ello una serie de campos subdisciplinarios o intereses investigativos, conformados a partir de la combinación de diferentes métodos y enfoques de las Ciencias Sociales. Las sensibilidades culturalistas de la historia social se hacen de esta manera mucho más evidentes y en este contexto los trabajos de Raymond Williams y Edward Thompson adquieren un papel protagónico al situar la cultura en un primer plano, en lo que para algunos supuso la emergencia de la historia cultural y para otros significó la expresión del giro culturalista en las Ciencias Sociales y su comienzo dentro de la historia social.

No obstante, la importancia de Williams y Thompson va a ser fundamental para los desarrollos epistemológicos y metodológicos de la historia social desde sus trabajos en Gran Bretaña, sus encuentros con diversas corrientes de pensamiento marxista como la de Lukács, Gramsci y la propia Escuela de Frankfurt propiciarán que la producción teórica centre sus problemas en el área de la cultura. Desde Thompson esto permitió indagar la manera como los procesos de dominación económica capitalista y de represión política eran manejados por medio de formas culturales, cuyos efectos en la experiencia de las personas resultan sumamente duraderos. Con su trabajo emblemático sobre La formación de la clase obrera en Inglaterra, la cultura popular adquiere rele-vancia como un espectro importante de trabajo al poner su atención en prácticas y dimensiones simbólicas de la vida cotidiana de los sectores populares, intentando evidenciar cómo ciertas reglas invisibles son capaces de determinar los comportamientos de la misma manera que lo hacen las sanciones normativas explícitas (Eley, 2008, pp. 100-101).

Por su parte, Williams propuso una recia crítica cultural sobre el tránsito y la consolidación de las sociedades del capitalismo, su mirada advirtió que los procesos de cambio político, social y económico que este engendra, siguen un cierto patrón general expresado en unas formas de vida, de pensamiento y de lenguaje. Desde esta perspectiva identifica cómo el concepto de cultura se transforma con los procesos de cambio que auspicia el capitalismo en un absoluto, en una forma total, capaz de penetrar no solo el desarrollo de las dinámicas industriales, sino también las relaciones sociales en cualquier nivel. Con ello Williams fundamenta un punto de vista centrado en un materialismo cultural, lo que hará de la cultura algo observable e indagable en tanto formas prácticas y concretas insertadas en las relaciones sociales y en las acciones materiales de la sociedad, lo que lo llevará metodológicamente a establecer conexiones entre los significados y definiciones que una cultura construye y registra históricamente y el papel de significación que estos adquieren, lo cual es impensable por fuera de un contexto de acciones. Así los elementos de análisis del materialismo cultural implican tanto el papel activo de los sujetos en la configuración de sus propias condiciones históricas, como la compleja relación entre lenguaje y acción, significados y procesos sociales; esto lo llevará a señalar cómo los sujetos tienen un lugar protagónico en la construcción de significados, pero al mismo tiempo, a indicar la imposibilidad de reducir ciertos valores culturales con una u otra clase social, evidenciando cómo esto termina por negar la existencia de valores y tradiciones comunes a los diferentes grupos sociales (Williams, 1980; 1983).

Recuperar las perspectivas de Thompson y Williams resulta fundamental a la hora de trazar los recorridos y apuestas teórico-metodológicas de la historia social, particularmente en relación con su inusitado interés por incorporar la noción de cultura, leída e indagada desde perspectivas marxistas; en especial porque a partir de los años setenta las Ciencias Sociales en general se vieron impactadas por el que se denominó giro cultural o lingüístico. El cambio es impulsado por el ambiente de desilusión y rechazo que emergía a finales de los años 1960 y que se expresó en el cuestionamiento a los ideales de modernidad y las certezas que estos representaban para viejas generaciones, su impacto en las ciencias sociales se manifestó en un creciente interés por las interpretaciones culturales más que por las del orden socioeconómico, ello constituyó un viraje hacia el estudio de temas relacionados con la subjetividad y la contingencia. Durante los años ochenta, el giro cultural toma un cambio de enfoque ligándose al posestructuralismo, sus inclinaciones hacia la lingüística y los análisis del discurso llevaron a que tuvieran mayor auge las miradas que se centraban en las expresiones de lo cultural; ello hizo que lo social y lo económico quedaran mucho más relegados de estos campos de estudio.

El impacto del giro cultural o lingüístico en la historia social va a estar mediado por la relevancia explicativa que adquieren las prácticas discursivas en la configuración del mundo social y de sus actores. Desde esta perspectiva, la realidad social es entendida como construcción de los individuos y los colectivos, y por tanto, como un espectro plural, sin naturalezas o identidades fijas que la determinen, sino más bien como algo fluido y en constante cambio. Con ello, la experiencia y la narrativa se incorporan en la base del giro epistemológico y metodológico y se da el paso de la explicación a la interpretación. Asimismo, la influencia de la perspectiva genealógica de Foucault fue notable, su inclinación por un trabajo de archivo que se centraba en la búsqueda y la relevancia de aquello considerado como marginal, desafió los presupuestos de la historia social y sedujo a los que se habían empezado a distanciar de estos. El resultado será una serie de virajes en los procederes de la historia social que la llevarán a establecer un análisis multidimensional de categorías como las de clase, sexo, etnia, lo que implicó repensarlas en virtud de lo identitario y lo subjetivo, a tomar el lenguaje y el discurso como una herramienta metodológica en capacidad de auspiciar interpretaciones alrededor de los emergentes campos problémicos desde lo experiencial, lo cotidiano, lo local. En definitiva un cambio epistemológico que implicó revalorizar los contextos en el orden de lo micro.

Si bien los estudios emprendidos por la historia desde abajo de Thompson y el materialismo cultural de Williams, se constituyen en antecedentes importantes de la recuperación de la variable cultural para la construcción de corpus teóricos, para muchos, estas miradas por su aire estructuralista y su fundamento marxista, circunscritas desde la categoría de clase social al estudio de colectividades como los trabajadores o los sectores populares, dejaron de lado o simplemente obviaron el carácter pluridimensional de los propios sujetos y de los colectivos. Sus preocupaciones se centraron en poner en evidencia el carácter histórico de la acción de los obreros, los trabajadores, los desposeídos, a fin de recuperar las historias de los vencidos, aquellas que se muestran como irrelevantes y se condenan al olvido (cfr. Thompson, 1989); sin embargo, para quienes se dejaron tocar por el giro culturalista o lingüístico, la afluencia de dimensiones teóricas que de otras disciplinas se ofrecían, impactó el trabajo historiográfico y permitió su apertura al uso de nuevas herramientas que posibilitaron reestructuraciones y transiciones hacia nuevas perspectivas teórico-conceptuales en capacidad de extender las posibilidades explicativas a múltiples fenómenos.

Uno de los impactos más evidentes del giro cultural en la historia social fue su apertura hacia la comprensión de categorías como el género; en efecto, la historia de las mujeres o el papel desempeñado por estas había estado abiertamente relegado en unos casos, y en otros subsumido en los trabajos sobre familia o sexualidad. Sin embargo, el tránsito de la categoría mujer a la de género, propició una relectura y una reelaboración desde la historia de los trabajos que sobre la clase trabajadora, el mundo laboral, la vida urbana, la ciudadanía y la esfera pública se habían construido hasta el momento; pero este tránsito estuvo mucho más catapultado desde la perspectiva de los estudios culturales, con los cuales se intentó construir una perspectiva interdisciplinar que condujo, en el caso de los estudios desde el género, a construir miradas desde lo literario, la producción cultural y lo biográfico, perspectivas que en efecto ya se habían desbordado de los linderos de la historia social, y más bien mostraban cómo esta última, junto con los exiguos aportes de otras disciplinas, formaban un campo de estudios con un carácter bastante misceláneo en temas y posibilidades de investigación (Eley, 2008).

Pese al desencanto generado por los límites epistemológicos y metodológicos de la historia social de corte historiográfico y a las salidas que el giro cultural propuso, a la postre sus riesgos fueron puestos en evidencia. Por un lado, el de caer en un reduccionismo explicativo auspiciado por el carácter vago de su trabajo empírico; por otro, su tendencia a hacer de la cultura un ente cada vez más independiente, desconectado de las relaciones y el contexto social, y en este sentido, a hacer de las subjetividades un concepto ambiguo y con poca capacidad de análisis crítico (Moreyra, 2006).

Precisamente, en este contexto resulta clave ubicar la perspectiva propuesta por el sociólogo francés Pierre Bourdieu, una mirada que recupera y vitaliza la teoría marxiana desde una apuesta radical por la historia como fuerza explicativa del mundo social. La importancia del proyecto de historia social de Bourdieu en este espectro radica en dos elementos: por un lado, en que es un esfuerzo fundamentado sobre una concepción de ciencia social total, y por el otro, en su decidida lucha contra la eliminación de la historia del mundo social y su explicación.

Es un esfuerzo que se fundamenta en una concepción de ciencia social total, en cuanto Bourdieu construye una perspectiva epistemológica cuyas posibilidades explicativas radican en la capacidad de superar el falso antagonismo creado entre las estructuras del orden de lo objetivo, o de aquello que es materialmente observable, y las expresiones del orden de lo subjetivo, o de aquello que aparece de manera contingente y continua como obra de los sujetos. En este sentido, se constituye en un punto de vista capaz de mostrar la correspondencia entre las estructuras del orden social y las estructuras del orden mental, a fin de establecerse como un análisis en capacidad de "restablecer el carácter intrínsecamente doble del mundo social", que permite evidenciar cómo las estructuras sociales y las cognoscitivas están ligadas de manera estructural y recursiva, lo que para Bourdieu se constituye en una consistente garantía de la dominación social y de su reproducción. Un punto de vista que supera las falsas divisiones del mundo social entremezclando el enfoque estructuralista y el constructivista (Bourdieu y Wacquant, 2005), entendiendo -tal como Marx lo planteara- que cualquier hecho social se inscribe en una formación históricamente determinada, que demanda un proyecto de ciencia social capaz de volver sobre el carácter total de los hechos y las relaciones sociales, lo que implicará no solo un análisis integral de los mismos en un esfuerzo por abarcar sus múltiples dimensiones, sino la posibilidad de que cualquier fenómeno social en su expresión más macro o más micro sea susceptible de indagarse.

Asimismo, es una apuesta por combatir la eliminación de la historia y restituirla como fuerza explicativa del mundo social. Tal como Marx vislumbró en el método de los economistas clásicos su decidida tendencia a explicar ciertos fenómenos como regidos por leyes de la naturaleza y, por lo tanto, independientes de la historia; un método a través del cual no solo se introducen de manera encubierta un tipo determinado de relaciones sociales, que presentadas como leyes naturales, contribuyen al mismo tiempo a presentarlas como eternas e inmutables, de allí su fuerza ideológica y su contribución a la reproducción social (Marx, 2006, p. 37). De la misma manera Bourdieu construye un punto de vista desde el cual rechaza todo esfuerzo investigativo orientado a construir explicaciones de lo social desligadas de sus condiciones históricas, con una mirada relacional de lo social y lo individual, que al igual que Marx, lo lleva a establecer que "[la] sociedad no se compone de individuos; expresa la suma de vínculos y relaciones en que están insertos los individuos".

En efecto, sus conceptos de campo, habitus y capital contienen esta perspectiva histórica y relacional para leer el mundo social, el cual no existe en cuanto relaciones intersubjetivas entre individuos, sino como resultado de la configuración de una red de relaciones objetivas ajenas al individuo, pero al mismo tiempo en las que este se encuentra inscrito, las cuales definen su existencia, convirtiéndolo en un agente socializado (Bourdieu y Wacquant, 2005). El campo en calidad de estructura estructurada que contiene relaciones definidas, y el habitus en cuanto estructura estructurante que contiene las significaciones del mundo vivido, suponen la correspondencia entre la existencia de

[...] un conjunto de relaciones históricas objetivas entre posiciones ancladas en ciertas formas de poder [de aquí se desprende el concepto de capital] y un conjunto de relaciones históricas 'depositadas' en los cuerpos individuales bajo la forma de esquemas mentales y corporales de percepción, apreciación y acción. (Bourdieu y Wacquant, 2005, p. 44).

Del carácter histórico y relacional de las estructuras sociales y mentales se desprenden varias cosas. Por un lado, la imposibilidad de asumir que las sociedades son un todo homogéneo e indiferenciado, estas son más bien un espacio social constituido por múltiples microcosmos que, como campos, tienen relativa autonomía y lógicas específicas que difícilmente son homologables o extensibles entre sí. Por otro lado, la necesidad de vislumbrar que los individuos solo son autónomos dentro de los límites de las estructuras de los campos, por tanto, sus posiciones, sus tomas de posición y sus disposiciones son formas historizadas que, como habitus, son practicidad, carácter inventivo, pero con arraigo institucional (Bourdieu y Wacquant, 2005). Finalmente, la complicidad genética de ambas estructuras que lleva a que la cultura no se asuma independiente del espacio social, sino ligada a este de manera doblemente estructural: en su génesis y en su reproducción o transformación.

Desde esta perspectiva, lo social es historia, tanto de manera "objetivada en las cosas; bajo forma de instituciones, [...] [y como forma] encarnada en los cuerpos, bajo la forma de ese sistema de disposiciones duraderas [...]" (Bourdieu, 1982, p. 41). Una perspectiva en definitiva crítica a los procesos de deshistorización que se producen en los diferentes campos sociales, olvido de la historia que se revierte en naturalizaciones del mundo social y la realidad. En este sentido su perspectiva socioanalítica bien puede ser asumida como un proyecto de historia social, en tanto su obra es una decidida apuesta por la restitución del carácter histórico de las cosas y los cuerpos en oposición a las consideraciones eternas o absolutas de los mismos.

La historia social como socioanálisis y la construcción de un punto de vista teórico

La construcción de un punto de vista teórico de la mano de la historia social como socio análisis que permitiera indagar los procesos de construcción del mundo público en escenarios de aplicación de apuestas modernizadoras en países de pasado colonial y economía dependiente como los latinoamericanos recuperando el papel y lugar de las mujeres de las clases populares supuso varias cosas. Por un lado, establecer el sentido de lo popular ligado a la clase social, que más allá de esencialismos socioeconómicos implicó asumirla como una forma de ubicar a los agentes y grupos de agentes en el espacio social, pero además, implicó establecer el carácter relacional de la noción de clase con la noción de género, en cuanto categorías indisociables que, como propiedades de los agentes, inciden en la configuración de sus posiciones, disposiciones y tomas de posición. Por otro lado, demandó establecer las dimensiones del concepto de mundo público y sus conexiones con las categorías de clase y género. Por último, requirió interrogar la noción de mundo público en el plano de los procesos de modernización de los países latinoamericanos, atendiendo que estos se han dado de manera rezagada y prendados a tenues -cuando no, conflictivos- procesos de democratización de la vida colectiva que terminaron por refractar concepciones estamentales que aún hoy lo atraviesan.

En este sentido, la construcción de un punto de vista teórico desde esta perspectiva estuvo guiada por el interés de recuperar el lugar, el papel y la forma como han sido representadas en el mundo público las mujeres, pero particularmente, aquellas que soportan dobles procesos de dominación social y simbólica: las mujeres de las clases populares; el interés investigativo no se centró en la posibilidad de construir una historia de los procesos de construcción del mundo público desde las mujeres de estos estratos, o con ánimos de visibilizarlas y otorgarles un papel en la historia, más allá de ello, el interés estuvo en la posibilidad de recuperar la forma como convergen en la formación del espacio social, como un espacio de tensiones y conflictos, las nociones de clase y género, su lugar en el dominio de sociabilidades e identidades que se ponen en juego, pero también su papel frente a las prácticas y estrategias sociales que construyen los agentes en el espacio social.

La clase y el género como formas de ubicación en el espacio social (lo popular y la mujer)

El interés por indagar el papel y el lugar de las mujeres de los sectores populares en el mundo público en medio de los procesos de modernización de los países latinoamericanos, implicó esclarecer el sentido de lo popular, noción compleja que sirve para calificar tanto unas prácticas específicas como el lugar de estas con relación a otras de carácter dominante, monopolístico o hegemónico. En particular, para América Latina pueden rastrearse tres posibles enfoques de definición de lo popular. En primer lugar, el de aquellas miradas nostálgicas que encuentran en lo popular un último rescoldo de la cultura rural tradicional impermeable a los efectos del capitalismo industrial. En segundo lugar, el de aquellas miradas que encuentran en lo popular una expresión desestructurada de la cultural rural tradicional a manos del capitalismo industrial expuesta a subsumirse en la mercantilizada cultura de masas. Finalmente, está el enfoque de aquellas miradas que encuentran en lo popular una forma de resistencia a las dinámicas del capitalismo industrial y, como tal, lo reconocen con una potencia crítica y emancipadora propicia para las aspiraciones de cambio social (Rowe y Schelling, 1991).

Estos enfoques tienen en común que asumen lo popular confiriéndole relevancia a las condiciones socioeconómicas, lo que en últimas implica que ella sirve para calificar determinados atributos de los individuos de acuerdo con la posición que ocupan en virtud de su ingreso o de su lugar en las relaciones de producción. En este sentido, la noción de lo popular queda capturada en un determinismo (de los atributos o las esencias) que, en contextos como el nuestro, tiene dos implicaciones. Por un lado, la noción de lo popular así pensada disuelve la autonomía relativa de la función material y la función simbólica, desvirtuando las complejidades de lo cultural, incluida su capacidad para naturalizar las materialidades. Por otro lado, la noción de lo popular así pensada puede crear divisiones arbitrarias ajenas por demás a contextos como el capitalismo periférico latinoamericano, en el cual la formación social por clases ha sido sumamente nublosa, atravesada por procesos de estratificación complejos, con grupos sociales multivariados, donde más que la consistencia o la identidad de clase anclada a una posición en las relaciones sociales de producción, lo que se impuso fue una estructura ocupacional que jerarquizó socialmente a los individuos en relación con las pautas culturales dominantes, los estilos de vida y capacidades de consumo; así como formas de identificación y relacionamiento entre la ocupación de la persona y su pertenencia a alguna clase social (Baño y Faletto, 1992; Germani, 2010).

A partir de lo anterior, la investigación consideró que cualquier aproximación a lo popular debe reconocer esta noción menos como una suerte de esencia o atributo y más como una relación y, al mismo tiempo, como la resultante de unos modos de relación. Así, lo popular demanda la ubicación de los agentes o grupos de agentes en el espacio social a partir de unas condiciones materiales y unas elaboraciones simbólicas: en este sentido, lo popular no es una esencia derivada de manera inmediata de la economía, sino que ella es producto de una relación económica expuesta a los efectos de factores como la escuela, el acceso a la cultura, etc. Si se quiere, lo popular es uno de los productos del modo como la cultura desigualmente distribuida configura y naturaliza un espacio para determinadas prácticas socialmente desiguales y que, por tanto, no se puede definir por atributos sino por relaciones prácticas con otras prácticas sociales (incluida la práctica intelectual que pretende revestir a lo popular como atributo). De esta manera, la noción de lo popular se erige menos como un punto cierto de partida y más como un desafío metodológico que permite ubicar la correspondencia estructural entre prácticas disímiles inscritas en los mismos espacios del mundo social. De allí derivaría cualquier posibilidad de pretenderla como forma para definir una clase, pues como diría Bourdieu:

[...] sobre la base del conocimiento del espacio de las posiciones podemos recortar clases en el sentido lógico del término, es decir, conjuntos de agentes que ocupan posiciones semejantes y que, situados en condiciones semejantes, tienen todas las probabilidades de tener disposiciones e intereses semejantes y de producir, por lo tanto, prácticas y tomas de posición semejantes. Esta clase "en el papel" tiene la existencia teórica propia de las teorías: en la medida en que es producto de una clasificación explicativa, del todo análoga a la de los zoólogos o los botánicos, permite explicar y prever las prácticas y las propiedades de las cosas clasificadas y, entre otras cosas, las conductas de las reuniones grupales. No es en realidad una clase, una clase actual, en el sentido de grupo y de grupo movilizado para la lucha; en rigor podríamos hablar de clase probable, en tanto conjunto de agentes que opondrá menos obstáculos objetivos a las empresas de movilización que cualquier otro conjunto de agentes (Bourdieu, 1990, pp. 284-285).

Se trata entonces de una noción de lo popular que como modo de ubicación, permite la definición de clases o fracciones de clase que, compuestas por agentes que comparten posiciones semejantes en el espacio social, tienen al mismo tiempo estructuraciones sociales semejantes o habitus de clase, los cuales siendo principios generadores de prácticas y disposiciones, producen prácticas enclasadas y disposiciones enclasantes naturalizadas por efecto de la autonomía relativa de la cultura. En este sentido, lo popular como modo de ubicación bien puede definir una clase social, pero no simplemente a partir de las propiedades o características que los miembros de estas compartan, como su posición en las relaciones sociales de producción o su capital cultural, "sino por la estructura de las relaciones entre todas las propiedades pertinentes, que confiere su propio valor a cada una de ellas y a los efectos que ejerce sobre las prácticas" (Bourdieu, 2001, p. 104).

Desde esta perspectiva, las clases populares se pueden entender como espacios de puesta en juego de unas prácticas, de unos bienes y de unos valores que vinculan a los agentes sociales que, en este sentido, están ligados no solo por las materialidades que comparten sino por los efectos simbólicos que hacen que estas materialidades se presenten para ellos como inminentes e incontestables, es decir, racionales (cfr. Bourdieu, 2001, pp. 383-387). Ahora, la noción de lo popular, entendida como modo de relación, supone esclarecer las complejas economías que se transan entre capital y habitus: mientras el primero objetiva la materialidad poseída poniendo de manifiesto, por ejemplo, la magnitud de los bienes y los valores, el segundo subjetiva la posesión material en la forma de prácticas incorporadas poniendo de manifiesto, por ejemplo, la pragmática con los bienes y los valores. De este modo, la cultura popular, lejos de cualquier esencialismo, puede ser entendida como un espacio donde las restricciones en la materialidad y su sobreutilización en términos pragmáticos afecta cuanto esta materialidad tiene de valor económico pero, al mismo tiempo, transforma cuanto esta materialidad tiene de valores sociales o simbólicos: en lo popular no hay arte ni mercancía perfecta y, por lo mismo, su expresión por antonomasia es la artesanía (arte mercancía). Así, el capital le confiere una forma y valor especifico a las determinaciones que la posición social le impone a las prácticas, así pueden vislumbrarse los efectos de la escasez de capital económico y cultural de las clases populares en la configuración de un universo de posibilidades que, desprendido de lo que está al alcance de la experiencia, es altamente restringido, homogéneo y enclaustrante; pero al mismo tiempo ello permite observar cómo, en medio de un universo de posibilidades restringido, las clases populares se apropian potentemente de aquellos recursos que les posibilitan tener unos lazos y redes sociales sumamente fuertes, estables y útiles, en otras palabras, tener unos grandes volúmenes de capital social, lo cual favorece la institución y reproducción de una trama de relaciones sociales aprovechables en cualquier momento y situación, y que suelen ser vitales para soportar las limitaciones que impone la escasez de otro tipo de capitales, por ello, las clases populares suelen ser más constantes en el mantenimiento de sus inversiones y volúmenes de capital social (Bourdieu, 1980).

Esta noción de lo popular como modo de ubicación y de relación resulta definitiva para abordar la otra no menos compleja noción, la de género. Siendo lo popular un espacio donde se transan capitales y habitus, es evidente que toda diferencia en los cuerpos y en las prácticas corporales afecta los balances entre la materialidad objetivada y las prácticas subjetivantes: lo masculino y lo femenino, entonces, se presentan como formas de objetivar unas materialidades y de definir unos modos prácticos de habitar en el mundo. En este sentido, lo masculino y lo femenino están impresos en unas prácticas, en unos bienes, en unos valores, transitan entre ellos en formas mutadas y permutadas. Ahora, las restricciones propias del espacio, su obcecación a lo inmediato y a lo útil o su apertura a lo trascendente o lo sublime, son las que afirman los valores asociables a lo masculino y a lo femenino y, por este medio, a la imagen del hombre y de la mujer. Para decirlo en forma sintética: las mujeres de las clases populares son una realización corporal e incorporada de las prácticas inscritas en un espacio circunscrito que debe su naturaleza, sus alcances y sus límites, a unos capitales y habitus que, siendo de este espacio, no obstante se definen en relación con otros espacios. Esto complejiza la noción misma de clase.

Al ser la clase una estructura de relaciones entre diferentes factores que supone unos condicionamientos sociales y en este sentido unas determinaciones para las prácticas y disposiciones de los agentes o grupos de agentes, se convierte en un elemento indisociable de factores como el sexo, que al mismo tiempo imponen su cuota en las determinaciones de las prácticas de los sujetos. En este sentido, ni la noción de clase, ni la de género se pueden tomar de manera disociada, ambos factores contribuyen al sistema de condicionamientos y determinaciones sociales, ambas nociones hacen referencia a la ubicación en el espacio social como espacio estructurado por luchas y relaciones de poder históricas, lo cual hace que guarden un carácter altamente relacional. Si bien Bourdieu (2001) señala que la clase se define entre otras cosas por la manera como están dadas las relaciones entre propiedades que él denomina secundarias, esto es, el sexo, la edad, el origen étnico, etc., podría señalarse que al mismo tiempo la clase se constituye como un factor que contribuye a definir a esos otros; de esta manera, tanto la noción de clase como la de género implican un modo de ubicar a los agentes o grupos de agentes en el espacio social, que de acuerdo con su carácter relacional no pueden ser asumidos como cualidades sustantivas que le impongan a los agentes o grupos de agentes ciertas esencias o naturalezas intrínsecas y que terminan convirtiéndolas, como en el caso de las mujeres, en auténticas entelequias.

De esta forma, la relación entre la clase y el género es estrecha porque sus propiedades resultan indisociables, están ligados por medio de la complicidad estructural e histórica entre la división social y sexual del trabajo y la división del trabajo sexual que como expresiones de unas determinadas relaciones de poder y dominación, instituyen en el espacio social una suerte de correspondencias entre las divisiones sociales y las sexuales, cuyos efectos no solo se objetivan en la separación de los sexos y los espacios, sino se subjetivan en la formación de habitus corporales socializados. Así, parte de lo que constituye a una clase es el lugar y el valor que ocupan propiedades como la de sexo -con todo lo que ella encarna como sistema de disposiciones socialmente construidas- en su estructura de relaciones,

[...] [e]sto es lo que hace que existan tantas maneras de vivir la feminidad como clases y fracciones de clase existen, y que la división del trabajo entre los sexos tome formas completamente distintas, tanto en las prácticas como en las representaciones, en el seno de las diferentes clases sociales. (Bourdieu, 2001, pp. 106).

Parte del carácter relacional entre la noción de clase y género se debe a que la complicidad estructural e histórica que las atraviesa comporta cuotas de dominación social solo instituibles y reproducibles con cuotas de dominación simbólica, que no solo garantizan la legitimidad, aceptación e incluso reclamación de la dominación, sino que inscriben todas las luchas que se dan en el espacio social como luchas por un beneficio simbólico. En este sentido, frente a la relación entre clases populares y mujeres pueden establecerse dos efectos estructurales; de un lado, la posición social subordinada de las mujeres las convierte en el grupo de agentes sobre el cual tienden a recaer de manera especial los efectos de la dominación simbólica de las clases dominantes, ello se hace evidente en cosas como los intercambios matrimoniales, donde las mujeres en cuanto parte del mercado de bienes simbólicos, tienden a circular hacia arriba, lo que permite explicar por qué las mujeres tienen una disposición o sensibilidad mayor sobre las expresiones de los estilos de vida y la cultura dominante. En las mujeres de las clases populares dichos efectos se observan en su mayor disposición a desprenderse de los modos de vida rural y a insertarse con mayor facilidad en las dinámicas de la vida urbana. De otro lado, la posición social subordinada de las clases populares, no solo en términos sociales sino simbólicos, las pone en una situación de homología estructural frente a la posición de las mujeres, por cuanto el déficit simbólico con el que se erige lo femenino y que hace de este una especie de hándicap, puede ser equiparado con la dominación simbólica a la que están expuestas las clases populares, cuando la aceptación de sus exclusiones es una forma de reconocimiento del juego social como un escenario con reglas legítimas (cfr. Bourdieu 2001; 2007).

Pero el carácter relacional de la clase y el género, particularmente en sus dimensiones simbólicas, hace que en el espacio social la clase social se constituya en un medio a través del cual se pueda realizar la eficacia simbólica de otras propiedades como la de sexo, la forma de representar y de llevar a la práctica la división social y sexual del trabajo toma formas y expresiones diferentes en virtud de la clase social: mientras en las clases dominantes las mujeres juegan primordialmente el papel de gestoras y guardianas del capital simbólico de los hombres y las familias, en las clases populares su protagonismo se establece en la gestión y preservación del capital social. Esto conduce a un último elemento que debe observarse en virtud de dicho carácter relacional que se ha establecido entre clase y género: el habitus. Se ha dicho que las condiciones sociales producen condicionamientos sociales, y de esta manera, que posiciones similares en el espacio social implican sistemas de disposiciones semejantes, es decir, habitus de clase que, en tanto estructuras estructurantes, actúan como principios generadores y limitantes de prácticas que pueden expresarse en modos de vida y ethos de clase; sin embargo, el carácter relacional que se ha establecido entre clase y género conlleva a señalar que los habitus no solo contienen las propiedades de la clase, sino también las del sexo, que comportarían unos modos corporales y unos ethos sexuales, que para el caso de las mujeres se expresan en el arte de empequeñecerse (Bourdieu, 2007, p. 43). De esa manera, se puede concluir que frente a la estructuración de los habitus, el carácter relacional que tienen las nociones de clase y género, le confieren a estos un carácter enclasado y enclasante, y al mismo tiempo, un carácter sexuado y sexuante.

Sobre la noción de mundo público como dominio del espacio social

Una noción como la de esfera pública emerge de un contexto social e histórico en el que se configura un campo de luchas entre dos actores: el Estado y la sociedad. Esta, la típica esfera pública habermasiana, pone en relevancia la forma como el tránsito de las sociedades medievales a las capitalistas supuso la formación de economías de corte nacional y territorial, cuya prosperidad no solo dependió de la libertad de empresa, sino sobre todo de fuertes garantías políticas que resolvieran la necesidad creciente de capital. Se consolida con ello el Estado moderno y su accionar se circunscribe a una esfera particular, la del poder público. Luego la tensión entre la regulación estatal y la iniciativa privada entra en un punto crítico cuando "[...] la sociedad, contrapuesta al Estado, delimita, por un lado un ámbito privado claramente distinguido del poder público, pero, por otro lado, la reproducción de la vida rebasa los límites del poder doméstico privado, convirtiéndose en un asunto de interés público" (Habermas, 1994, p. 62). De esta manera, entre la separación de los asuntos y las relaciones sociales del hogar privado y los temas y acciones del poder público surge una esfera social y política que, siguiendo con la óptica habermasiana, es una esfera crítica en un doble sentido; por un lado, porque su existencia se soporta en la incapacidad de la esfera doméstica para dar solución o garantía de ciertos temas necesarios para la reproducción social de la misma, y por otro, porque su existencia requiere de un público en capacidad de construir una postura crítica sobre los mismos.

En efecto, dicha esfera social y política supone la existencia de un espacio que media entre la esfera del poder doméstico y la del poder público, a la luz de la convergencia crítica de un público capaz de elevar ciertos temas como asuntos de interés colectivo. No obstante, dicha noción de esfera pública queda reducida a la moderna tensión Estado-sociedad y a las relaciones y acciones que se configuran en el marco de ella, esto es a lo organizativo social y políticamente en búsqueda de ciertas vindicaciones tramitadas ante el Estado a través de la movilización de une serie de redes y recursos. En este sentido, la noción de esfera pública queda reducida frente a la noción de mundo público, la cual se vincula con el espacio social más amplio, sobre el que se ciernen un entramado de concepciones, visiones, relaciones sociales e identidades referidas al plano de la existencia compartida.

Desde esta perspectiva, el mundo público se constituye en un dominio de la vida social en el que transitan todo tipo de individuos y grupos ajenos y extraños entre sí, que por fuera del dominio de la vida doméstica y amical se relacionan de manera inevitable. El mundo público en tanto dominio de la vida social supone un sistema de sociabilidad parti-cular, propio de la interacción social entre extraños. Esta noción de lo público como dominio de la vida social puede rastrearse en los procesos de transición de las sociedades del antiguo régimen a las sociedades burguesas europeas: el progresivo avance de las ciudades y del pensamiento ilustrado lograron crear un escenario donde los distintos grupos sociales podían relacionarse sin el control directo de cualquier autoridad real, pero sobre todo podían relacionarse indistintamente en lugares donde las barreras estamentales se habían relajado o desplazado. En este sentido, lo público como dominio representaba unos sistemas de sociabilidad entre extraños que se consideraban iguales en tanto su extrañeza. Pese a ello, la necesidad de conferirle al mundo público un orden que permitiera enfrentar la situación caótica que parecía atravesarlo, llevó a que empezaran a trazarse líneas entre lo que se consideraba dominio público y dominio privado, ello redundó en la construcción de formas de expresión (lenguajes, ademanes, vestimentas, interacciones) que contribuyeran a delimitar de una manera reglada el dominio público, ello generó un cierto equilibrio entre el mundo público y el privado como dominios claramente normados constitutivos de una sola cultura que hacía de la búsqueda de civilidad el elemento que permitía crear la coherencia entre uno y otro ámbito (cfr. Sennett, 2011, pp. 15-44).

Desde este punto de vista, el mundo público como un dominio del espacio social expresa no solo un sistema de interacciones sociales definido por la extrañeza de sus miembros, sino un espacio donde las formas de representación y de conducta que los individuos construyen o imitan cumplen la función de conferirle a este un sentido de lo propio y lo creíble. Precisamente la creencia en el mundo público como dominio social propio se constituyó en la garantía de su carácter impersonal, lo cual logró borrar las barreras sociales que supusieron las jerarquías de los estamentos; de esta forma, los procesos de modernización, industrialización y secularización desempeñaron un papel sustancial en la transformación de las formas de relacionamiento, identificación y representación de los individuos en la vida pública.

No obstante, es necesario poner en relación el concepto de mundo público como dominio del espacio social con las nociones de clase y género. Definitivamente la perspectiva relacional de la clase y el género como formas de ubicarse en el espacio social de las cuales se desprenden condicionamientos sociales y simbólicos, sugiere que el dominio de lo público se inserta como parte de dicho sistema de visiones y divisiones del mundo social donde se ponen en juego los efectos de la división social y sexual del trabajo objetivadas en la separación de los espacios y subjetivadas en todo lo que suponen unos habitus corporeizados frente a los roles, las prácticas y las disposiciones de los agentes. En este sentido, el mundo público como dominio del espacio social refracta los condicionamientos sociales y simbólicos que imponen propiedades como el sexo, y que para las mujeres suponen unas subordinaciones que, profusamente naturalizadas, terminan por ubicarlas en este como foráneas, reconociéndolas como ajenas al mismo4. Ello hace que las mujeres se ubiquen y sean representadas en el mundo público desde los ethos sexuales que presumen para ellas una moral femenina que no es otra cosa que la expresión de un confinamiento simbólico desde el cual su identidad aparece disminuida.

No obstante, como se ha dicho, la clase y el sexo son propiedades de los agentes, propiedades indisociables y con un carácter relacional; sin embargo, por medio de la clase se puede ejercer una eficacia simbólica mucho más potente de lo que implican para los agentes propiedades como la del sexo. Así, si la división social y sexual del trabajo comporta para las mujeres una división del mundo social que sobre la base de una relación de dominación y de violencia simbólica soporta y preserva las distancias de estas frente a las posiciones de los hombres, la clase contribuye a que dichas distancias y subordinaciones en los diferentes campos sean mucho más efectivas: las trazas entre lo público y lo privado que suponen para las mujeres las trazas entre la extrañeza y la familiaridad, son moldeadas por la clase cuando esta define el lugar y el valor que le otorga a los dos sexos. De esta manera, mientras en las clases altas la extrañeza del mundo público para las mujeres se manifiesta a través de su papel como guardianas del capital simbólico de sus esposos y familias, para las mujeres de las clases populares se expresa en su protagonismo como gestoras del capital social de sus familias. Por ello, mientras las mujeres de las clases altas aparecen en los dominios del mundo público ubicadas en posiciones que, siempre como extensión del dominio de lo doméstico, garantizan el beneficio simbólico a los hombres y a su clase, esto es, causas benefactoras, actividades moralmente correctas, actitudes y expresiones elegantemente femeninas; las mujeres de las clases populares aparecen ubicadas en posiciones que garantizan la constitución y el mantenimiento de redes sociales que compensen los déficits de los capitales económicos y culturales de sus familias y siempre sobre la renuncia a cualquier beneficio simbólico para ellas y para su clase, esto es, causas inmediatas y propias, actividades laborales devaluadas, actitudes y expresiones humildemente femeninas.

Sobre los procesos de construcción del mundo público: implicaciones para el estudio de las sociedades latinoamericanas

Como señala Sennett (2011), "la vida pública no comenzó en el siglo XVIII; más bien, cobró forma una versión moderna de ella" (p. 68). El carácter moderno del mundo público estuvo dado por el tránsito que se daba en la Europa occidental entre las sociedades estamentales del antiguo régimen y las sociedades burguesas, en ese sentido, implicó el ascenso y el descenso de dos grupos sociales en contradicción: la burguesía y la aristocracia, lo cual implicaba varias cosas, por un lado, el avance de la actividad mercantil, hay un incremento notable de la población, particularmente de migrantes, que ensanchan las ciudades y hay unos procesos de secularización bastante fuertes, estas condiciones hicieron que lo público se convirtiera en una reunión de extraños. Así, mientras la vida pública se circunscribía en tiempos feudales a formas de relacionamiento de una sociedad fuertemente jerarquizada e inamovible desplegadas de un orden público que tenía al cristianismo como su principio rector, el tránsito hacia la modernidad supuso un caos que transgrediendo dicho orden produjo la despersonalización de la vida pública (Sennett, 2011). De esta manera, mientras en el mundo público de las sociedades estamentales las relaciones estaban guiadas por el reconocimiento de las identidades particulares de cada grupo social y solo conectadas en tanto su vocación religiosa compartida, en el tránsito hacia las sociedades modernas el mundo público se convirtió en un espacio de encuentro de desconocidos y, en esa medida, en un dominio de iguales. En este sentido, el mundo público de las sociedades democráticas se instalaba sobre la presencia de una sola identidad: la ciudadanía.

Así, puede observarse que existe una radical diferencia entre las sociedades estamentales y las sociedades modernas en relación con sus estrategias de reproducción social, mientras las primeras no las pueden objetivar más que en las estructuras familiares, las segundas tienen unas estructuras económicas y de Estado que garantizan toda una institucionalidad capaz de asegurarse su propia perpetuidad y, con ello, lograr la reproducción de las relaciones del orden social constituido (Bourdieu, 2011, pp. 42-45). No obstante, en las sociedades donde los procesos de construcción de una economía de mercado y una institucionalidad estatal son débiles e inacabados -como podría referirse al caso latinoamericano-; es decir, donde las relaciones no son por excelencia relaciones de dependencia material, sino aún atravesadas por la dependencia personal, el mundo público aunque mediado por instituciones de corte democrático, conserva serias permanencias de las lógicas estamentales.

De esta manera, el mundo público de las sociedades estamentales tiende a caracterizarse por la incorporación individual de las jerarquías sociales, las cuales se expresan no tanto por la obediencia a reglas ideales y aparentemente fijas, sino por la producción de estrategias que haciendo uso de aquellos principios integradores, los cuales se encuentran profusamente interiorizados, logran la reproducción y, por tanto, la conservación del orden social de una manera más inconsciente (Bourdieu, 2004). En este sentido el mundo público de las sociedades estamentales se encuentra ocupado por unas identidades jerarquizadas y excluyentes, en las que el individuo no se reconoce por su singularidad sino por la posición que ocupa en el grupo, de lo cual se derivan sus funciones, roles, derechos y deberes. Así, el reconocimiento social se configura alrededor del estatus, que no permite otorgar valores individualizados sino en relación con la pertenencia a un grupo.

El tránsito a las sociedades industriales llevó consigo aspiraciones individualistas que supusieron un nuevo orden social: aquel que amenaza el sistema de estratificación de las sociedades estamentales. Así, las sociedades industriales se han considerado a partir de un nuevo orden social mediado por la configuración de un mercado y una institucionalidad que regulan todo tipo de intercambios de una manera cada vez más duradera y que supone la progresiva ruptura de las relaciones primarias de base familiar y estamental fundadas en la lealtad y el honor para reemplazarlas por unas relaciones fundadas en la impersonalidad, los derechos y los deberes.

Las permanencias del mundo público estamental en las sociedades modernas y aún en las contemporáneas, tienen consigo las limitaciones de los regímenes democráticos que estas detentan, los procesos de construcción de los Estados-nación latinoamericanos lo muestran con amplitud, dado que su desarrollo histórico se ha caracterizado por inserciones tardías o periféricas al sistema económico moderno y por la preservación de formas de organización de la vida colonial, lo que ha propiciado que el mundo público preserve las lógicas estamentales, y por tanto, sea insuficiente -cuando no, contradictorio- para adscribirse a auténticos procesos de ciudadanización.

De esta manera, las permanencias del mundo público estamental permiten la erosión del esquema de derechos y deberes que supone la condición ciudadana, convirtiéndolos en objetos estamentales que operan bajo la forma de retribuciones, compensaciones, privilegios y favores. Más aún, las permanencias del mundo público estamental quiebra la posibilidad de configurar reales identidades ciudadanas, lo que implica que la vindicación y el reconocimiento de las diferencias queden sometidos a los efectos que imponen el prejuicio y el estigma en función de la edad, el género, la etnicidad o la condición socioeconómica. Con todo ello, las permanencias de un mundo público estamental encuentran la capacidad de favorecer la naturalización de la carencia y la marginalidad en la existencia cotidiana de quienes las padecen, el repliegue de sus derechos y la justificación de sus exclusiones (Serna y Gómez, 2009).

A modo de conclusión

Los procesos deshistorización del mundo social y su consecuente naturalización se han hecho mucho más sólidos a partir de la formación de formas de división y oposición que lo atraviesan. Justamente, una de las divisiones y oposiciones más sólidamente establecidas es la de hombre-mujer y su consecuente relación con lo público y lo doméstico, con lo cual no solo se ha contribuido a construir unas estructuras objetivas y subjetivas de dominación, sino a eternizar el carácter subordinado y confinado de las identidades femeninas frente a las masculinas. En este sentido, apelar a la historia social como socioanálisis para indagar las formas como las mujeres, particularmente aquellas que ocupan desde la noción de clase una posición en el espacio social que las circunscribe de una forma específica en los diferentes juegos sociales, implica no solo recuperar sus voces y acciones en la historia, un trabajo de por sí difícil en tanto su registro en los anales de la misma es exiguo, sino indagar en profundidad la forma como han concurrido históricamente una serie de instancias, actores y estrategias orientadas a la naturalización y eternización de las relaciones de dominación masculina y sus complicidades con la dominación social, cultural y simbólica que imponen las posiciones y relaciones de clase. En palabras de Bourdieu (2007), una historia social que pretenda dar lugar central al papel de las mujeres en los diferentes procesos históricos implica,

[...] demostrar, aunque sea a pesar suyo, una gran parte de las constantes y permanencias, está obligada, si quiere ser consecuente, a dejar un espacio, y sin duda el más importante, a la historia de los agentes y de las instituciones que concurren permanentemente a asegurar esas permanencias, Iglesia, Estado, Escuela, etc., y que pueden ser diferentes, a lo largo de las diferentes épocas, en su peso relativo y sus funciones. [...] La investigación histórica no puede limitarse a describir las transformaciones en el transcurso del tiempo de la condición de las mujeres, ni siquiera la relación entre los sexos en las diferentes épocas; tiene que dedicarse a establecer, en cada periodo, el estado del sistema de los agentes y de las instituciones, Familia, Iglesia, Estado, Escuela, etc., que, con pesos y medios diferentes en los distintos momentos, han contribuido a aislar más o menos completamente de la historia las relaciones de dominación masculina (p. 105).

El interés por construir un punto de vista teórico desde la historia social entendida como socioanálisis se fundamentó en la necesidad de incorporar nuevos elementos a las discusiones que sobre las mujeres frente a su relación con la noción de clase social, a su aparición en el mundo público, a sus posiciones y prácticas como conjunto de agentes y a sus conquistas ciudadanas han venido desarrollándose desde otras perspectivas que, con firmes y legítimas aspiraciones, les han otorgado un merecido lugar en la historia. Sin embargo, más allá de hacer una historia de las mujeres, esta perspectiva aporta en la configuración de un marco de análisis que permita no solo recuperar sus liderazgos, protagonismos y acciones, todos ellos necesarios y urgentes para completar la escritura de nuestras historias, sino particularmente que facilite examinar la forma como concurrieron en el tiempo procesos y agencias que favorecieron las permanencias de prácticas que aún hoy, pese a las importantes conquistas de sus derechos, permiten que las mujeres -con los efectos particulares que para ellas supone un factor como el de clase social- se encuentren en posiciones desventajosas y enfrenten o se sometan ante prácticas antidemocráticas que recrean y reproducen su subordinación.


Pie de página

3 Se terminó por denominar en el campo del quehacer historiográfico como Escuela de los Annales a aquellos investigadores y trabajos que convergieron en la revista Annales de Historia Económica y Social, fundada en 1929 por Marc Bloch y Lucien Febvre.
4 En relación con el mundo público como dominio del espacio social donde se encuentran los extraños, Sennett (2011) dirá: "Los italianos pueden ver como a extraños a los chinos que se mueven en el vecindario, pero saben cómo pensar acerca de estos intrusos; por medio del color de la piel, los ojos, el idioma, los hábitos alimenticios, un italiano puede reconocer y ubicar a un chino como diferente de él. En este caso, el extraño es sinónimo de foráneo y aparece en un paisaje donde las gentes tienen el suficiente sentido de sus propias identidades como para establecer reglas acerca de quién pertenece y quién no pertenece a dicho paisaje. Existe otro sentido de extraño en el que estas reglas no se aplican: el extraño es un desconocido más que un foráneo. Un extraño puede ser objeto de experiencia en estos términos por parte de alguien que realmente dispone de reglas para su propia identidad..." (p. 68).

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