Ciudad y memoria: los monumentos y la cultura popular de la Bogotá de fines de siglo xix y principios del xx

  • Andrés Fernando Castiblanco Roldan Secretaría de Educación Distrital
Publicado
2009-06-30

La Ciudad ha representado el escenario de la constante lucha de los grupos sociales y las formas de adaptación a los territorios. Las costumbres, hábitos y construcciones de sentido, es decir, todo el conjunto de definiciones, conceptos e imaginarios que se constituyen alrededor de los espacios, han permitido el fortalecimiento de los lazos con el pasado remoto y cercano. Las huellas de este legado se hallan en el patrimonio y son legitimadas por la memoria; sin embargo, en el contexto de la acción y la interpretación, el patrimonio, el monumento y la historia local son resignificadas por lo que se ha denominado la Cultura Popular. El presente texto pone sobre la mesa estos elementos para mirar las concepciones no sólo de la apropiación de lo urbano y lo patrimonial, sino la existencia de las tensiones y sinergias entre la cultura popular y la cultura dominante.

Palabras clave: Memoria, cultura popular, monumento, patrimonio, ciudad, representaciones y prácticas. (es)
Castiblanco Roldan, A. F. (2009). Ciudad y memoria: los monumentos y la cultura popular de la Bogotá de fines de siglo xix y principios del xx. Revista Colombiana de Educación, (57). https://doi.org/10.17227/01203916.7589

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1. Hernán Rivera-Salcedo, Omar-Mauricio Valderrama-Andrade, Ángel-Andrés Daza-Barrera, Gerson-Santiago Plazas-Jaimes. (2020). Adobe como saber ancestral usado en construcciones autóctonas de Pore y Nunchía Casanare Colombia. Revista de Arquitectura , https://doi.org/10.14718/RevArq.2021.2762.


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ENSAYOS

Ciudad y Memoria: los monumentos y la cultura popular de la Bogotá de fines de siglo XIX y principios del XX

City and Memory: The monuments and the popular cultural of the Bogotá at the XIX century and beginnings of XX

Andres Fernando Castiblanco Roldán*

*Licenciado en Ciencias Sociales. Magíster en Investigación Social I. Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Docente investigador de la Secretaría de Educación del Distrito y la Fundación Universitaria San Martín. Investigador de la red CEE - UPN del Proyecto: Resignificación Pedagógica del Archivo de Bogotá. Investigador de la línea de Memoria y Conflicto IPAZUD.

Texto recibido el 17 de septiembre, evaluado el 30 de octubre y arbitrado el 26 de noviembre de 2009.


Resumen

La Ciudad ha representado el escenario de la constante lucha de los grupos sociales y las formas de adaptación a los territorios. Las costumbres, hábitos y construcciones de sentido, es decir, todo el conjunto de definiciones, conceptos e imaginarios que se constituyen alrededor de los espacios han permitido el fortalecimiento de los lazos con el pasado remoto y cercano. Las huellas de este legado se hallan en el patrimonio y son legitimadas por la memoria; sin embargo, en el contexto de la acción y la interpretación, el patrimonio, el monumento y la historia local son resignificadas por lo que se ha denominado la Cultura Popular. El presente texto pone sobre la mesa estos elementos para mirar las concepciones no sólo de la apropiación de lo urbano y lo patrimonial, sino la existencia de las tensiones y sinergias entre la cultura popular y la cultura dominante.

Palabras clave: Memoria, cultura popular, monumento, patrimonio, ciudad, representaciones y prácticas.


Abstract

The city has been the scenario of constant social struggles and different forms of territory adaptation. Customs, habits and meaning making, that is to say, all the definitions, images and concepts that take place around urban spaces, have allowed the strengthening of the bonds between present and remote and near past times. The traces of this legacy can be found in the patrimony and are legitimized by memory. Nevertheless, in the context of action and interpretation processes, concepts such as patrimony, city monuments and local history have been given new meanings by what has been called the Popular Culture Movement. This paper discusses these elements to analyze conceptions of urban appropriation and patrimony. The tensions and synergies between the popular culture and the dominant culture are also considered.

Keywords: Memory, popular culture, monument, patrimony, city, representations and practices.


Cuento de Arena.... [para Oriana]

Un día la ciudad desapareció. De cara al
desierto o con los pies hundidos en la arena,
todos comprendieron que durante treinta
largos años habían estado viviendo en un
espejismo.

Jairo Aníbal Niño.

Introducción

Ciudades - realidad, espejismos que contienen los rasgos de quienes las habitan, indiferente de donde procedan cada paso del poblador lega una huella sobre el terreno, territorios que son de todos y al mismo tiempo de nadie, pues la memoria elimina y salva dejando al olvido el trabajo de ocultar los sutiles movimientos de las gentes y su historia común; lo que hace que el ciudadano sea de una cultura o de todas, lo que convierte a los individuos en seres de la civilización o por el contrario hijos de la barbarie, que se reconocen entre otras cosas a través de leves reflejos emitidos por espejos del pasado y el futuro, testigos mudos, monumentos.

Los espacios históricos y los edificios de la ciudad son rastros de otro momento, escombros de un ayer que renuevan en hombres y mujeres del ahora, la firme intención de continuar hacia adelante, por la senda que otros abrieron en su andar por el mundo. Un monumento puede demostrar cómo evoluciona la sociedad que le construyó, pero su significación sólo va de boca en boca (ese tránsito interminable en lo popular) y la memoria se transforma en garante de que la permanencia sea realmente satisfactoria en su misión de recordar el pasado. Las sociedades recuerdan desde las pistas que ha dejado el pasado, independiente de distinciones de clase o raza, sobre las huellas que han dejado los hechos sociales se han estructurado las identidades colectivas, calles, plazas y estatuas, han sido lugares de memoria que son el producto de las relaciones sociales preestablecidas.

El surgimiento de este sentimiento conmemorativo hacia lo muerto y lo heroico se remonta al iluminismo de la Europa del siglo XVIII, la necesidad de conservar el papel de los héroes y la satanización de los villanos, de la épica de vencedores y la melancolía de sometidos, fueron intenciones que derivaron a tal punto de influir en la instrucción como eje de la educación del momento. Por esta época, Bogotá no escapó, como otras ciudades y naciones en Sur América, a las manifestaciones de este fenómeno de las mentalidades colectivas; el habitante de la urbe se transforma en el ciudadano de la ciudad patrimonial, cosmopolita y civilizada. Sin embargo el ciudadano decimonónico y de principios del siglo pasado, pretendió ser distinto al otro, ese campesino analfabeto, el artesano hábil de oficio pero encasillado en glamour del espíritu de élite. Ciudadanos todos, pero frente a lo popular ciudadanos con diferencia, en medio de monumentos edificados por un grupo y emulados, criticados y asimilados por el otro.

En la cotidianidad contemporánea se transita por las sendas que se trazaron en el pasado, las calles, plazas, pasajes y otras construcciones que se hicieron desde las necesidades de los pobladores y visitantes de las urbes. Ser habitante de un lugar implica conocerlo o apropiarlo desde lo que allí se vive; no obstante, la formación de signos y representaciones está sujeta a la capacidad de recordar y tener presente la historia o los antecedentes de las comunidades en relación con su entorno; entonces ser bogotano o de otra urbe es conocer en cierto modo algo de su acontecer y su reminiscencia como estancias y metrópolis.

Nociones y conceptos que consolidan su tradición o significación popular paralelos al desarrollo de las construcciones y las instituciones sociales de una ciudadanía que se proyectan sobre la materialidad urbana. Las interpretaciones de los lugares de memoria y la remembranza de los entornos cotidianos permiten encontrar el campo de las tensiones y simbiosis entre lo popular y lo selecto, una constante histórica en el debate de la alta cultura y la cultura popular.

A continuación se presentan algunos aspectos donde se sustenta el desarrollo de este fenómeno (significación de los lugares y relaciones sobre lo popular en la legitimación de espacios y monumentos) en el cual se apoyan presupuestos y representaciones sociales en la consolidación de un patrimonio popular en el devenir histórico, desde el afianzamiento de las formas urbanas (arquitectónicas, monumentales y espaciales) y la constitución de la memoria colectiva.


1. Aproximaciones sobre la cultura popular y sus relaciones

La cultura popular, de clases subalternas, masas y la cultura de élite, alta, legítima son referencias desde diferentes disciplinas y posturas teóricas para explicar la división entre un grupo social definido por una serie de condiciones de bienestar en contraste con otro en diferentes condiciones, sin enumerar las formas históricas en que este concepto se ha mirado desde la existencia de rangos, privilegios y necesidades de dominio y transformación dentro de representaciones y prácticas en las sociedades.

La urgencia de este acercamiento se define desde la conformación misma de bloques de opinión, la elaboración de discursos y las consignas como resultado de un afán de dominar la sociedad, la cual se podría calificar como un tejido de sujetos y relaciones posicionadas, representadas y reproducidas en el mismo espacio. Escenarios y grupos, convivencia en contextos donde espacio y tiempo son comunes para todos pero vividos y evocados en formas diferentes.

En el contexto en que se desarrolla la presente investigación es necesario hacer claridad sobre lo que se entiende por cultura popular y élite. En primer lugar es bueno situarse en el universo teórico y algunas de las versiones derivadas del debate entre quienes han elaborado la visión conjunta de la teoría social.

En principio existe una preponderancia de la visión emanada del materialismo sobre el término, encarnada en teorizaciones como la de Antonio Gramsci cuando define la cultura popular desde la existencia de clases subalternas y privilegiadas. Sin embargo, esta definición es reciente en su relación con la sociedad industrial. En su recorrido lo popular ha trascendido de lo tradicional (el conjunto de prácticas y representaciones del mundo rural y su herencia originaria), estudiado en la Edad Media por historiadores desde Duby hasta los acercamientos de las formas simbólicas del mundo del Antiguo Régimen y el apogeo de las revoluciones burguesas en Revel o De Certeau.

Entonces, hablar de lo popular remite al concepto de folklore, cuyo origen alemán, constituye un avance político hacia la formación de nacionalismos basados en el conjunto de los rituales, relatos y costumbres de los pueblos originarios1. Bailes, formas de cocinar, uso del traje y jerigonzas que pasaron del anonimato cotidiano a la literatura y las cátedras de historia nacional. Entonces la cuestión popular giraba en torno a la tradición y sus expresiones que enriquecían relatos y creencias entre pobladores creando lazos de identidad colectiva sobre la imagen de la nación, lo que posteriormente llevaría al giro ideológico que consolido los nacionalismos europeos de fines del siglo XIX.

Para Jaques Revel el estudio del concepto de cultura popular se ha identificado con tres aspectos: El primero refiere al pueblo como entidad colectiva, por otro lado su relación contrasta con la existencia de una cultura erudita y por ultimo, si se analiza en larga duración, presenta una inercia histórica al interior de las sociedades: "Las metáforas empleadas por los historiadores son, al respecto, muy reveladoras: se habla de fondos, de capa, de estrato; estas imágenes geológicas evocan naturalmente un zócalo antiguo, inerte a menos que se le perturbe con movimientos venidos del exterior" (Revel, 2005: 104).

Al interior del texto de Revel se pueden evidenciar posturas conocidas como la de Piter Burke, quien en su compilación Formas de hacer la historia, Alianza editorial Madrid, permite escuchar la voz de investigadores como Carlo Ginzburg que propuso la existencia de un modelo eruptivo, este autor, sitúa lo popular como un magma que estable recorre bajo un subsuelo o estrato geológico y fluctúa en la sociedad a manera de erupción. En este caso se sigue evidenciando que se ve lo popular desde una visión vertical "lo que subyace de otras capas y brota de vez en cuando" que devuelve la definición a las formas subalternas y la diferencia de cultura erudita y cultura del pueblo.

Cabe aclarar que Ginzburg en su conocido texto El queso y los gusanos prefiere referirse a lo popular desde lo subalterno. Para este historiador la relación entre la cultura subalterna y dominante obedecen a una forma cíclica de dominación y profusión del dominio a lo dominado (Ginzburg, 1976 /2008: 120), dejando de nuevo la distinción entre la cultura enunciada como popular muy relacionada con la de masas.

Los elementos de una división tajante entre una y otra trascienden en lo cotidiano, lo que se vive y se ha vivido a diario, sin embargo Revel plantea una condición de esta cultura: la continua referencia a la alta cultura o cultura erudita; "las prácticas culturales de la mayoría, en efecto, resultan incesantemente referidas -implícitamente- a las normas de la cultura de los instruidos" (Revel, 2005: 109), desembocando de nuevo a la diferenciación entre las masas y lo popular con referencia a lo culto.

Sobre este punto se llega a dos conclusiones al respecto: la primera, sobre la relación constante entre la cultura legítima o la instruida y la cultura popular como lo imitativo y del común. Una segunda idea, se apoya en la constitución de una cultura de masas frente a una de minorías. Se regresa en el discurso a una cuestión más relacionada con el manejo del poder, como lo analizaría Foucault en textos como Vigilar y castigar o El orden del discurso, la cuestión del dominio de un grupo sobre otro permite que se mire, cómo se ejerce el poder entre lo culto y lo popular.

Michel de Certeau junto a otros historiadores deja sobre la mesa esta cuestión de poder entre grupos: "la incertidumbre reconocida sobre las fronteras del dominio popular, sobre su homogeneidad ante la unidad profunda y siempre vigorosa de la cultura de élite, podría muy bien significar que el dominio popular no existe nada más porque somos incapaces de hablar sin hacer que siga existiendo" (Certeau, Julia y Revel, 1999: 61); sin embargo, al interior de la misma reflexión Robert Mandrou (1964), encuentra la asimetría de una cultura ilustrada que quiere hacer olvidar y sin duda olvida su relación represiva respecto de la cultura popular.

Es por esto, que una cultura popular masiva, reprimida y caricaturizada llegar a ser resignificada completamente. Lo popular en América se transforma como fruto de una particular revolución burguesa2 a finales del siglo XIX en una mezcla de las tradiciones autóctonas no legitimadas por el discurso de la élite, que se juntan a las nuevas hibridaciones de las comunidades urbanas, mezclas entre el culto por el mundo precolombino desaparecido, pero obviando el discurso de las etnias supervivientes y la imitación de los paradigmas emanados de las élites.

Una alta cultura de origen mestizo -aunque no se asuman así en muchos casos- cuyo referente no se halla en lo nacional pero lo propugna -tendencia que se evidencia hasta el siglo XX- , ahora reforzada por la visión global, la cultura ilustrada se inclina a la imitación de las sociedades del primer mundo -sin exagerar- donde finalmente se hace un reciclaje cultural en el sentido de adoptar modas, tendencias, artefactos y definiciones que ya son revaloradas y dejan de usarse en Europa.

La división entre una cultura popular y otra legítima o alta ya evoca todo un conjunto de referencias que separan los grupos sociales y refuerzan esta distinción enalteciendo una cultura y pauperizando otra. Rowe William y Vivian Schelling observan que se halla una jerarquía en el lenguaje que anima esta diferenciación, "en un sentido histórico, [este vocabulario que opuso lo alto a lo bajo] reforzó los controles hegemónicos ejercidos por las clases gobernantes burguesas" (William y Schelling, 1993:229).

Este análisis enfocado al caso americano reconoce que el uso de un vocabulario que separa un sector social del otro, permite una discriminación: "la división de lo social entre alto y bajo, refinado y vulgar; establece de manera simultánea, divisiones entre el cuerpo civilizado y el grotesco, entre autor y transcriptor, entre pureza social e hidratación social" (Stallybrass y White, cfr. William y Schelling, 1993: 231), una oposición que en el siglo XIX se daba en las relaciones sociales de las sociedades americanas, fruto del mestizaje y el coloniaje y sus formas de representación social.

El mestizaje se presenta en las relaciones entre grupos cómo una separación racista en las sociedades americanas; de esta manera, combinaba con las formas de un discurso de "símbolos modernos como banderas e himnos nacionales, derivados de la iconografía y del lenguaje de la ilustración europea [que] han traído grados variables de éxito en penetrar las poblaciones latinoamericanas dependiendo de sus diferentes historias" (William y Schelling, 1993: 233), en este caso la permeabilidad de las ideas europeas desde el siglo XIX en contacto con las relaciones de las sociedades poscoloniales, desembocan en la apreciación de una cultura "legítima" frente a otra "popular". Cabe aclarar que si bien esta separación es evidente en lo histórico, este diálogo se cerraría dejando claro que cada día es más débil la delimitación por cuanto los medios de comunicación y las formas de consumo se han encaminado a un solo repertorio cultural.

Lo popular se transforma finalmente en lo masivo, Jhon Storey, plantea un concepto a partir de la división: "la cultura popular como lo que queda una vez se ha delimitado la alta cultura[...] una cultura residual que existe para acomodar los textos y las prácticas que no cumplen los requisitos para ser cualificados como alta cultura" (Storey, 2002: 20), lo que es de aceptación comercial y masiva, sin descartar lo que Bourdieu enfoca en la Distinción desde el consumo.

Desde lo que se ha mencionado, es importante pensar la cultura popular, ya sea desde las relaciones de dominación o la compleja transformación que se ha dado entre lo que se configuró originalmente como lo ancestral y que luego fue hibridándose con las formas de aculturación hasta definirse en lo masivo. Al respecto Roger Chartier (1990) encuentra que en la cultura popular más que estacionarse en su concepto hay que mirar la forma en que hay unas normas y disposiciones hacia los usos y costumbres que influye sobre las representaciones y las prácticas.

Élite, privilegiados, cultura legítima, alta, burguesía y aristocracia: han sido denominaciones de este fenómeno. El patrimonio traspasa esta división entre sectores sociales, su lenguaje se torna universal en el discurso moderno y es apropiado por los que se identifican con él. La memoria es garante de la proyección de las obras en el espacio y el tiempo, la materialización de estos órdenes en la realidad son parte de las representaciones y las prácticas.

En el caso de la memoria colectiva entra en juego el devenir histórico de la comunidad en relación a sus espacios, para el caso de la ciudad, como punto de partida en las toponimias e identidades de los lugares es necesario posicionarse desde una retrospectiva que permita acceder a los procesos de consolidación de representaciones y prácticas sociales.


2. El legado colonial en Bogotá: una ciudad de iglesias y casonas

El desarrollo de la arquitectura y el urbanismo en Bogotá a mediados del siglo XIX contiene toda una galería de sentidos, debido a que su contexto está enriquecido con la relación social y la representación de los fenómenos cotidianos paralelos al acontecer político del país. La definición de un momento histórico en el desarrollo se plasma en las contiendas ideológicas de los partidos políticos y el afán de los grupos sociales por definir su verdadero sentido de identidad política y cultural.

Al interior la colectividad decimonónica de liberales y conservadores, existía la necesidad ante todo de sobresalir ante los nuevos retos de las sociedades civilizadoras (Francia e Inglaterra), pero el fuerte contraste se presentaba en las calles y paseos de Bogotá entre otras ciudades; caracterizados por ser escenarios donde confluían las dos versiones imperantes de la naciente república: un campesinado artesanal y de rasgo religioso determinante frente al citadino cuyo bagaje se evadía en la vanguardia de la modernidad; en la materialización de los espacios sociales, esta serie de rasgos se plasmaron en las construcciones y lugares adecuados a las necesidades de la época.

Cuando se mira la arquitectura como evidencia material de la intención de quien construye, se refleja el alma y el sentido en el significado de la obra. Las casas, conventos y templos constituían las formas más representativas de la ciudad donde no había -topológicamente hablando- una diferencia sustancial entre entidades oficiales, casas de familia y negocios, las distinciones las hacían los símbolos o estandartes tallados en piedra o las banderas3.

Gaspard Mollien en 1823 comenta:

    Oyendo el pomposo título de palacio que se ha dado a la antigua mansión de los virreyes y que hoy ocupa la presidencia de la República, podría uno imaginarse que va a ver un edificio suntuoso, cuando no es más que una casa de tejado bajo, con balcón corrido en la fachada, a la que están adosadas otras dos más bajas. En éstas, están instaladas, juntamente con la cárcel, las dependencias de palacio... (Mollien 1992: 215).

La disimilitud de las edificaciones particulares con relación a las del Estado radicó en el carácter político de su intencionalidad; las tiendas, ferreterías y restaurantes como negocios sin importar la ideología del dueño debían lucir atrayentes al transeúnte o cliente ya sea por sus productos o por simple comodidad4. Puede entonces concretarse que la organización urbana del espacio no estaba delimitada u organizada en relación a sus servicios y que tiempo después se haría necesario por problemas urbanos como la salubridad.

En el caso de las edificaciones de función estatal su misión fue -y sigue siendo- demostrar poder y ante todo majestuosidad, hacer del espacio toda una oda a la autoridad, la belleza y la fuerza, se trata de demostrar a los ciudadanos la solidez del estado como órgano político por encima de todas las instancias sociales -contando con la venia eclesial de la época- estas nociones se fueron formando con base en los modelos de otros estados cuya simbología reposaba sobre las obras civiles y edificios que demostraban ese "sello oficial".

El concepto arquitectónico de "Estado sólido" seria más valido si se hablara de un contexto lineal, es decir, si las situaciones y circunstancias políticas se mantuvieran estables por largo tiempo. En el caso del siglo XIX colombiano esta estabilidad se deterioraba a medida que cambiaban los actores y los propósitos producto de las guerras intestinas que sufrió la nación a lo largo de todo el siglo XIX en lo sucesivo en el devenir hasta hoy.

A pesar del borroso panorama de los conflictos políticos y sociales una nueva fuerza consumía la mente del pensamiento decimonónico post colonialista de las élites urbanas, era la idea de la industrialización y la apertura a la cultura del mundo "occidental", aunque es de resaltar que esta occidentalización provenía en especial de Francia e Inglaterra países desde donde viajeros extranjeros comparaban los fenómenos de Bogotá con sus lugares de origen.5

Esta renovación solo se presentaba en algunos grupos sociales que tenían la posibilidad de acceder al abierto desarrollo de las naciones que ya eran industrializadas, es en este momento que se exalta el valor de la nueva República que se desprende de los cánones coloniales. Una herencia hispana que hizo huella en la identidad de la arquitectura y el urbanismo colombiano.

En la ciudad de la primera mitad del siglo XIX en su perfil horizontal, sobresalían solamente las torres de numerosas iglesias, pues los edificios primarios de la ciudad no eran tanto los de gobierno como los de las iglesias y conventos religiosos; estos eran elementos estructuradores del ambiente donde se regían por las parroquias y los barrios. (Niño 1991: 30) casas de adobe y tapia pisada, ornamentos tallados en madera y el adoquín configuraban los espacios organizados en la urbe, las nociones lo patrimonial giraba en torno a la sagrada devoción de los templos y la algunas placas conmemorativas entre las cuales se resalta la que se ubica bajo la ventana por la cual escapó Bolívar la noche de la conspiración septembrina de 1825.

La herencia española se proyectaba a través de las construcciones, monumentos arquitectónicos como el puente del común y el de nuestra señora de atocha (desaparecido en relación a su estilo original) evidenciaban el legado del antiguo régimen, sin olvidar la diferenciación de las élites de acuerdo a su genealogía real entre otras distinciones que constituyeron la identidad urbana de los habitantes en el momento.

Paralelo a esto "la actividad constructora del Estado era casi nula o por lo menos incipiente, se reducía a restaurar los edificios confiscados, mantener las construcciones existentes o desarrollar obras de menor rango". (Niño 1991: 32) se puede establecer, entonces, una especie de punto cero de quietud en la evolución urbana, más teniendo en cuenta la ausencia de los arquitectos y maestros españoles después de la independencia, donde la cotidianidad se desarrollaba entre la contradicción ideológica -además de religiosa- de liberales y conservadores.

Las condiciones económicas no ayudaban a la expansión urbanística del estado, de allí que existió una carencia monumental y de carácter patrimonial que sólo se expresaba en el fervor popular de las festividades religiosas y las procesiones que evocaban las fechas patrias. Más que un monumentalismo se desarrolla una devoción a la celebración y condecoración patria; frente al tema, Marcos González cuenta que "no obstante, a partir del momento en que se consolidó la independencia del domino colonial español se iniciaron los intentos de ocupar el calendario festivo con celebraciones en memoria de estos acontecimientos" (González 1993: 28).

Para 1840 la arquitectura colonial de edificaciones particulares y oficiales era la imagen de la capital de la república, una quietud en la cual sectores informados de las transformaciones industriales internacionales abogarían por la inserción de nuevos paradigmas de estilos y formas de la construcción, un primer acercamiento lo hace Petréz, a principios del siglo XIX con la construcción del observatorio astronómico y los diseños de la catedral primada, siendo pionero en los trazos de una nueva forma de identidad arquitectónica y monumental que configuraría a la sociedad de mediados y finales del siglo XIX6.


3. La narración de la memoria habla al ciudadano: la arquitectura, el culto a los héroes, los mártires y los espacios históricos.

El siglo XIX comienza con la dominación española, donde los valores de la sociedad colombiana eran normatizados a través de una lógica que obedecía al orden monárquico y eclesial. Al cruzar el umbral de la independencia las identidades comienzan el diálogo con el pasado en busca de un futuro; el rechazo por la tradición hispana y el apego a los ideales elevados de la igualdad francesa enmarcaban las relaciones sociales y de pertenencia hacia los lugares que se construyeron colectivamente en la ciudad.

Pero en el análisis de esa pluralidad se encuentra que la participación de los actores no fue consumada más que por los grupos letrados y en cierta forma preparados para efectuar las transformaciones; gentes equipadas de los bagajes que derivaban de las cultivadas formaciones académicas o el contacto con sujetos de otras culturas diferentes a los mestizos, indígenas y afros que convivían en la cotidianidad. Con esta serie de rasgos, la identidad del poblador, como parte de la ciudad, se fragmentó en relación con la memoria. Su historia de vida se confrontaba con un acontecer colectivo de constante desequilibrio no sólo en los actos sino en la versión legítima de lo que ocurría en la realidad bogotana.

p>El camino de construcción de la memoria tomó nuevos rumbos y expresiones que emanaron desde algunos protagonistas de la escena decimonónica, dejando en la materialidad tres formas de construcción y representación cultural de la identidad ciudadana en el patrimonio7: La monumentalidad arquitectónica, el idilio patriótico representado en el culto a los héroes y mártires y los lugares, espacios históricos como legado popular.

3.1 La monumentalidad arquitectónica

Después de la independencia, la sociedad colombiana entró en un proceso de construcción de la identidad nacional y las formas de apropiación de los territorios; el desarrollo de la economía y las nuevas nociones provenientes de Europa requerían crear condiciones propicias para el desarrollo del proyecto moderno. Dentro de tales derroteros se hallaba la intención de forjar una imagen urbana contemporánea a la civilización que estuviera a la vanguardia de cualquier ciudad del mundo.

La necesidad de presentar un nuevo sello identitario llevó a que se miraran con admiración los movimientos estéticos, estilísticos, y las modas, tanto en lo arquitectónico como en el arte y sus materializaciones en Francia e Inglaterra -especialmente de la primera- apoyados en la concepción de simbolizar la libertad de la naciente república a través de sus construcciones y sus calles. Esta serie de representaciones se entrelazaban con el afán de construir una nueva historia del país, una contada por los hijos de la revolución donde se narrará con lujo de detalles la hazaña libertadora. Esta memoria narrativa se entretejía con el recuerdo de los héroes y los mártires quienes se presentaban como pilares de la independencia y la república. Sin embargo, el auge de la construcción arquitectónica se veía apoyado en una serie de fenómenos de tipo social y político. En primera instancia, la llegada al país de diferentes profesionales que traían consigo los valores académicos de los estilos imperantes en el momento. Y, en segundo lugar, una serie de reformas y actos oficiales que incitaron al desarrollo de las ansias civilizadoras.

Hacia la década de 1840 se dio el primer paso en la construcción oficial, la planeación del Capitolio Nacional bajo la administración de Tomás Cipriano de Mosquera y la imaginería estilística de Tomás Reed daría a luz una obra cuya edificación demoraría a causa de la inestabilidad política y los problemas presupuéstales, Cordovez Moure señala que esta obra inaugura su alzamiento hacia 1847; no obstante, ya en 1851 una vez se terminan los cimientos se interrumpen los trabajos:

    Terminada en 1851 la construcción de los cimientos, se suspendió la obra con motivo de la revolución de ese año. Desde entonces el Capitolio ha sido la víctima de todos los movimientos armados que han hecho retrogradar al país y que han obligado a los Gobiernos a dedicar a la defensa del orden los recursos del empobrecido tesoro (Cordovez 1957: 1490).

Al igual que el Capitolio nacional, obras como el Panóptico de Bogotá -hoy Museo Nacional- tuvieron obstáculos en su construcción y su proceso se prolongaba más allá de las expectativas de los diseñadores que los pensaban. La conciencia sobre la necesidad de tener establecimientos diseñados para funciones específicas ya se había afincado como meta del estado nacional y funcional. Paralelo al desarrollo de la construcción oficial, el estado sancionaba leyes que favorecían el libre cambio comercial8, permitiendo que los grupos sociales adecuaran sus recursos y se realizara en toda su expresión la revolución del medio siglo, la cual ha sido calificada como la "revolución burguesa" en Colombia9.

Esta serie de antecedentes se verían reforzados por la ley de desamortización de bienes de manos muertas implantada hacia 1861 con la cual el Estado buscaba liberar un gran número de propiedades y bienes que estaban en manos de la iglesia; además de los ejidos y terrenos que no estaban produciendo en aquella época; esta ley tuvo ingerencia en algunos aspectos: "El desarrollo urbanístico de Bogotá según la tesis de Arboleda titulada: Desamortización en Bogotá: 1861 - 1870, la eficiencia de los remates de bienes desamortizados fue admirable hacia la década de 1860" (Misión Colombia 1988:11), un lento desarrollo en la construcción particular se contrastaba con la respuesta de los entes eclesiales en la construcción de iglesias con las nuevos estilos que aportaran al embellecimiento de la ciudad10.

La construcción oficial y religiosa desarrollaba paralelamente sus edificaciones, mientras la población se desplazaba a los centros urbanos en una movilidad que obedecía a los cambios en las condiciones de la precaria vida fabril. Este fenómeno llevó a la sub-utilización de los espacios, donde se cambiaron las normas de la construcción. Carlos Martínez describe que "Para aliviar en algo la escasez de vivienda se construyeron centenares de casitas íntegramente en ladrillo y tipificadas por frentes estrechos en lotes de exagerado fondo"(Martínez 1983: 75), las gentes comenzaban a responder a los derroteros de las élites; el aumento de población y la incipiente industria11.

Una aproximación al número de población de la ciudad de Bogotá del periodo reseñado en el presente trabajo que permite mirar el número de migrantes en los años observados. Datos que vienen de los censos y conteos estadisticos que se aplicaron a la población en determinado momento, los cuales tienen su propio sesgo:

A pesar de la inexactitud de los datos estadísticos de la población, se encuentra que el crecimiento irregular de la ciudad estaba relacionado con los periodos en que hubo confrontación armada; la emergencia de las guerras por diferentes motivos implicó un desplazamiento poblacional hacía las ciudades donde se percibía otra clase de ambiente para el emigrante del campo.

Con la llegada de maquinarias para la fabricación de puntillas y tornillos; para prensar ladrillo y teja, herramientas que sirvieron para cortar marcos molduras entre otros detalles (Téllez 1984: 506) se impulsó la construcción entre los años 1850 y 1880, este último da comienzo a dos décadas en que la urbanización particular y la erección de edificios estatales, monumentos, entre otras invenciones hicieron su aparición para incrustarse en las mentalidades colectivas. Carlos Martínez refiere sobre la creciente utilización del ladrillo "calvo" (caracterizado por su tono rojizo y nitidez geométrica) que se producía en el barrio las Cruces (1886) en la construcción de viviendas, este material se impuso con el apoyo del Acuerdo 10 de 190212 en el cual se estipulaba su utilización en pro de la uniformidad de los barrios.

Una característica de la aplicación de los estilos fue el énfasis de las fachadas; se tenía más prelación en el exterior que en el interior de algunos espacios; agotaban al máximo las posibilidades y las formas en la fabricación de cornisas, columnas y frisos cuyas mezclas eran propias del eclecticismo que se alimentaba no solamente de los motivos o figuras épicas del helenismo sino incluían elementos propios de la cultura colombiana: en barrios como el Voto Nacional aledaño a la Basílica del mismo nombre se pueden encontrar interesantes mezclas de figuras originarias con exóticas combinaciones que evidenciaban la intención de maestros empeñados en imitar las formas academicistas de los arquitectos migrantes y los colombianos educados en el exterior.

Fuentes, bustos, y estatuas convergen en parques, plazas y alamedas que son rodeadas por soberbios edificios cuya presencia resalta ante las casas de una sola planta y balcones de madera; el hierro se transforma en elemento decorativo y funcional y se comienza a implementar en la intervención de viviendas diseñadas al estilo colonial. La cotidianidad se mueve en torno a estas nuevas tipologías que reemplazaban las nociones heredadas de la colonia, el fundamento de la nueva república, institución que protege y guía los destinos de los ciudadanos que se desenvuelven entre la moral católica y el peso histórico de las relaciones políticas.

El Estado y la iglesia son lo principales constructores de la época; con la Escuela de Bellas Artes (1886) el diseño y construcción se tornan más rigurosos y exigentes, el desarrollo de los ferrocarriles y la expectativa del desarrollo exterior hacía eco en la urbanización y hábitat urbano. Influencias extranjeras como las de Tomás Reed, Gastón Lelarge, Lambardí entre otros extranjeros influiría en las acepciones de arquitectos como Mariano Santamaría, Alberto Borda, Carlos Martínez entre otros que configuraron el desarrollo del urbanismo y la arquitectura a finales del siglo XIX y principios del XX.

La Arquitectura se presenta como reflejo de las formas simbólicas en que los grupos sociales se representan a sí mismos, la utilización de un estilo propio al amparo del canón universal fue el puente que se extendió entre la necesidad de crear una identidad del ciudadano y su relación con todo aquello que se pensaba como lo civilizado dentro del mundo moderno. Las casas de familias pudientes, edificios y establecimientos del estado, junto a la estética de iglesias y basílicas daban la idea del verdadero progreso; sin embargo, la pluralidad evidenciaba que esta búsqueda "culta" que representaban unos sectores no era el pan de cada día en todos los pobladores. La "bella época" republicana -como es denominada por varios autores- sirvió como cortina de humo para vender un modelo de vida en la clase media emergente, paradigma al cual pertenecían las élites, pero que al final no era más que una provincianización de otras formas culturales importadas.

Las crónicas y comentarios editoriales presentan los sucesos de la modernización: la inauguración de la línea de tranvía en 1884, la remodelación de la Plaza de Bolívar dos años antes, la erección del Arco de Enciso (ya desaparecido) en honor a Rafael Reyes en su entrada triunfal de 1895, entre otros hechos que dejaron un legado en la ciudad, las construcciones se presentan como testigos y vestigios de una racionalidad y un proyecto político fachadas ilustres, portones y columnas grabadas con el sentido cultural de sus autores y sus ideas sobre la realidad a través de la imagen.

El desarrollo de obras civiles brilla en las últimas décadas del siglo XIX, al llegar la Guerra de los Mil días el panorama presenta a una nación que reclama la paz ante los pies del Sagrado Corazón, haciendo un "voto nacional" por lograr mejoras en una sociedad que ya empezaba a mostrarse fragmentada, los poderes políticos hacían su mejor esfuerzo por unificar a la nación ante un estado y una iglesia que con la bendición de Roma ejecutaban un proyecto político modernizante13.

En estas condiciones la ciudad crece, campesinos llegan a sus lindes para protagonizar la cotidianidad urbana y el progreso no para su marcha de renovación y olvido. Hacia 1917 se inaugura la estación del Ferrocarril de la Sabana, dando paso al ideal de transformar a la ciudad en la metrópoli moderna que se requería, una "puerta de oro" como llegó a ser denominada en los discursos, el portal que permitió la incursión de nuevas concepciones de la belleza acompañadas por objetos, artefactos modernos traídos en el tren a través de los agrestes andes que mostraban la otra cara de la pretendida civilización conciudadana de la capital de la república.

Junto a esta obra, se pueden agregar ejemplos como la construcción de la Basílica del Voto Nacional, muestra material del culto al Sagrado Corazón de Jesús, pieza arquitectónica que no solo impactó el espacio físico del occidente de la ciudad sino proyectó todo un imaginario político religioso que identifico al ciudadano colombiano de la época. En la misma zona se conocieron la el Hospital San José (1904) Escuela de Medicina (1916) donde funcionó la facultad de Medicina de la Universidad Nacional, hoy transformada en cuartel, además del Instituto Técnico Central (1918) donde se ubicó la facultad de Ingeniería de dicha universidad. Una serie de construcciones que hacen gala por su estilo imponente, el producto de la ilusión de las élites para el beneficio de la buena imagen de la ciudad y la proyección de un Estado - Nación moderno.

La monumentalidad arquitectónica se presenta como parte de la identidad del ciudadano, el hecho de frecuentar o tener acceso a estos lugares, identifica al poblador como habitante de la ciudad, la forma de dichas construcciones representa el sentido que la colectividad quiere inmortalizar para transmitirlo a las generaciones venideras como expresión histórica de la nacionalidad colombiana, el sentimiento de patria se refleja en el derrotero político de consolidar la identidad del país a través de edificios, iglesias y viviendas prueba del ingenio y del progreso.

3.2 El idilio patriótico representado en el culto monumental a los héroes y los mártires

"Las cosas no son tan tangibles ni tan susceptibles de
ser descritas como suele hacérsenos creer. La mayor
parte de lo que ocurre es inexpresable, se consuma
en un espacio en el cual jamás ha penetrado palabra
alguna, y más inexpresables aún son las obras de arte,
existencias grávidas de secretos y con vida perdurable,
al contrario de la nuestra que es efímera".

Rainer María Rilke, Cartas a un Joven poeta 1903.

La finitud de la vida del hombre se consuela con la inmortalidad de su arte, se puede leer en Rilke. De igual forma la memoria expresada en la monumentalidad refiere al tiempo presente la magnificencia de las obras del pasado, malas o buenas, las acciones son recordadas con los objetos, porque cada artefacto considerado patrimonial es portavoz de una historia y un momento, el sentido es transmitido por el autor pero leído por aquél que le contempla. La muerte interrumpe los procesos cotidianos de la vida, sin embargo la búsqueda de la gloria sobre pasa el lucro físico para posicionarse en las conciencias y los recuerdos.

El recuerdo del otro como documento monumental de un pasado que en cada movimiento del segundero persigue la existencia humana, la identidad valorada en la capacidad de conmemorar y respetar el pensamiento -en cierta forma idilizadode quienes trazaron los rumbos de los pueblos. La memoria se entiende "como capacidad de conservar determinadas informaciones, remite ante todo a un complejo de funciones psíquicas, con el auxilio de las cuales el hombre está en condiciones de actualizar impresiones o informaciones pasadas, que él se imagina como pasadas". (Le Goff 1991: 131) Como se evidencio con el proceso de construcción arquitectónico los fundamentos de una identidad nacional buscaban forjarse lejos de la herencia española, puede decirse que es a partir de la independencia en que la Historia de España ya no era la misma que la de América, la separación de rumbos era una realidad y como tal se debía afrontar en las adaptaciones de la cultura y la educación de las generaciones venideras.

A partir de esta coyuntura social, se daría origen al movimiento monumental que se sustentaría en el culto de los héroes y los mártires, recordando que este último término viene del martyr latino(Spes 1950: 293), que en su acepción griega refiere a los testigos apóstoles de la fé cristiana que padecieron de la persecución y la muerte. Este movimiento tiene sus comienzos en el desarrollo de la epigrafía y los altares del mundo antiguo, evoluciono en el medioevo para retornar con toda fuerza en el siglo XIX paralelo al desarrollo de la Museología14.

En América este movimiento conmemorativo tomo amplia fuerza y en Colombia fue hacia 1850 que se comenzó la materialización por medio de los monumentos. En principio esta devoción histórica se desarrollaba en las festividades y conmemoraciones patrias, fechas alusivas a los procesos políticos y sociales que habían consolidado la nación. La ciudadanía se entendía en términos del reconocimiento y apropiación del "sentido patriótico" concepto que se difundía en las escuelas desde los manuales de cívica y las clases de Historia donde el estudiante debía memorizar la vida y obra de los fundadores de la República.

    De este modo en 1882, por medio del Decreto que reglamentaba el festejo del 20 de julio en el Estado de Cundinamarca, se dispuso que habría que hacerse memoria de los próceres y mártires de la Independencia, quienes "como los antiguos espartanos, fueron al mismo tiempo guerreros, filósofos, virtuosos abnegados y sabios". El Decreto establecía que los niños deberían dar noticias biográficas de Bolívar, Santander, Caldas, Torres, Castillo Rada, Padilla, Nariño, Ricaurte, Zea, Córdoba, Cabal, Policarpa Salavarrieta, Sucre, Miranda, Soublette, Páez, Cedeño, Zaraza y Leonardo Infante (Tovar Zambrano 1997:150).

La memoria se transformo en elemento de cohesión del ciudadano por excelencia, la patria se transformaba en la sublimación del proceso libertario y la enseñanza de la historia le daba sentido a las conmemoraciones y fiestas nacionales, académicos como Henao y Arrubla fueron parte esencial de este movimiento recordatorio que dejaría como legado una serie de cadáveres exquisitos en las ciudades de Colombia:

    Bogotá agosto de 11 de 1910
    Al señor presidente de la Academia Nacional de Historia.
    Entre los diversos concursos abiertos con ocasión de las festividades que en este año se han celebrado para conmemorar la proclamación de la independencia nacional, figura el de textos para la enseñanza de la historia de Colombia, iniciado por la comisión del centenario...
    Al examinar esta obra, lo primero que llama la atención es el cuidado y el esmero que sus autores han empleado para exponer con claridad y método, resaltando los hechos con la expresión necesaria de tiempo y de lugar, de los personajes y entidades que en ellos deben figurar, y con todas las circunstancias que lo determinan o individualizan, todo lo cual impide que en a mente de quien estudie Historia se produzcan confusiones o equívocos...
    En consideración al mérito... debe solicitarse del gobierno la adopción oficial de ambas obras [Historia de Colombia, in extenso y Compendio de Historia de Colombia] como texto para la enseñanza de la Historia Nacional en las escuelas y colegios de la República... (Clímaco Calderón y Otros 1910: VIII).

Los textos representaban la posibilidad de incentivar en los niños como futuros ciudadanos la memoria política de la nació, estos materiales de enseñanza de secundaria y primaria se transformaban en instrumentos del poder del estado para conciliar los intereses colectivos con las metas simbólicas de las élites dominantes. En este proceso de odas y conmemoraciones surge la construcción de placas, monumentos y bustos, estatuas y panteones que glorificaran la inmortalidad de inmolados y desaparecidos, Tovar recoge en el presente fragmento procedente de los informes de los secretarios de la academia de historia, una de las evidencias del sentido detrás del monumento:

    La tumba de Cuervo, quien duerme en el mejor cementerio del mundo; el humilde nicho en que está sepultado Caro, y los mausoleos de Santander y de Murillo Toro, entre los cuales se levantará el de Uribe Uribe, [1914] reflejan como radio a través de las piedras sepulcrales, las múltiples actuaciones de esos egregios ciudadanos, irradiaciones que influirán en las generaciones venideras, de manera benéfica, porque los muertos mandan (Tovar Zambrano 1997: 127).

Al igual que mausoleos y panteones en la ciudad se diversificaron los monumentos honoríficos, siendo el obelisco de la plaza de los Mártires -ubicada al occidente del centro histórico sobre la carrera 14 entre calles 10 y 11- construcción pionera en la evocación patriótica de la memoria ciudadana. Esta obra data sus orígenes en 185015 cuando se decidió cambiar a la Huerta de Jaime -como era el nombre del propietario de este predio desde la colonia- su nombre por el de Plaza de los Mártires; desde ese momento la mirada a los sacrificios por la independencia se empezó a diversificar y las fiestas populares acentuaron su fijación sobre los símbolos nacionales. Ignacio Borda pública hacia 1892 un texto donde se relacionan los monumentos de la época, -Monumentos patrióticos de Bogotá su historia y construcción- una vez más como su titulo lo indica, antes de hablar de la identidad nacional se concebía el principio de la identidad patriótica como fundamento del colombiano de la época:

    Siete años después, el 4 de Marzo de 1880 aquel monumento [los Mártires] que la gratitud nacional debía desde hacía años levantar sobre el suelo rescatado con la sangre de nuestros mártires para trasmitir á las generaciones colombianas, en una sola urna, el polvo y nombre de aquellos que rindieron su cuenta de amor patrio en las gradas de los cadalsos, se inauguró con tal solemnidad que el más ínfimo de los colombianos puso en aquel concierto de amor y fraternidad los latidos de su corazón agradecido.(Borda 1892: 38).

La interpretación de este tipo de acciones lleva a concluir que el manejo que se le dio a la memoria monumental se basaba en la idea de progreso y de patria, la cual era emanada por un sector social al cual le preocupaba la comunión de una nación dividida por creencias de doctrina y política que obstaculizaban en su visión el desarrollo de la sociedad. Otro aspecto es el control del patrimonio a favor del poder de iglesia y estado, el culto a los héroes y personajes ilustres dejaba por fuera al campesino y al indígena en quienes reposaron las armas y la acción decisiva en la independencia poniendo también sus glorias y muertes.

Este débil reconocimiento del otro, generó un antiautoctonismo: un desechar lo propio para mirar a afuera, como forma de consolidar la cultura del ciudadano de acuerdo a los cánones de la cultura urbana del viejo mundo y Norteamérica, entonces el deseo patriótico evoluciona tras la invención de lo nacional. Prueba de ello está en las participaciones de Colombia en las ferias internacionales de exposición y en la celebración del centenario donde se hizo la primera y única en el país "las exposiciones se ofrecen como un revelador excepcional de las vacilaciones, dudas y tanteos que acompañan la búsqueda y la lenta elaboración de una imagen visual de la nación" (Martínez Fréderic 2000: 317).

La exposición del centenario en Bogotá marcó un hito en la formación de la cultura nacional, durante los diecisiete días de celebración entre las fiestas patrias del mes de Julio no solo se hizo derroche de festividad sino se dio comienzo en el silo XX de toda una línea de monumentalidad y honores que constituían su influencia en las formas urbanas y arquitectónicas de la ciudad.16 Con la feria del centenario, Bogotá abre un ciclo de transformaciones que involucran la monumentalidad y la patrimonialización de los bienes y las estructuras de la cultura metropolitana; esta saga de artefactos y manifestaciones materiales se fueron reemplazando cuando en 1930 se transfiere el poder político y la razón social del estado. Una nueva noción de progreso marca la racionalidad y el gesto conmemorativo se va mutando sobre otras evidencias y rasgos de la sociedad contemporánea.

"En el monumento está la clave. En el monumento y en los que vienen detrás de los que construyeron el monumento. En el monumento como signo que intenta vincular pasado y futuro[...] la monumentalización de la memoria como un modo de documentar, construir o consolidar la identidad del ciudadano y de la polis" (Achugar 1999: 147) con este comentario se genera la reflexión sobre lo monumental, el objeto que sirve de dispositivo temporal, al mismo tiempo que existe como recuerdo, crea su propia historia, el idilio de los héroes hizo posible la erección de obras que plasmaran las intenciones del colectivo sobre sus expectativas de identidad, pero al no resultar plural sino parte de una aspiración singular de las élites, se debe mirar lo no monumental, aquellos artefactos y espacios que se generaron desde el consenso colectivo y que también se transformaron en patrimonio.

3.3 Los lugares como espacios históricos: el legado popular

Cuando se realiza una reflexión sobre la evolución de los espacios, se plantea la necesidad de mirar la relación entre el espacio y el tiempo, según Immanuel Wallerstein existe un tiempo espacio transformativo17 donde se ubican los cambios en lo material y simbólico de las sociedades, y su legado a toda la humanidad. Por medio de esta serie de transformaciones se constituyen los lugares y su funcionalidad cuya significación está en constante readaptación a las relaciones culturales vigentes.

En el paso de la evolución del hombre y su trayectoria en el tiempo el concepto de espacio es complejo e indefinible; desde las diferentes disciplinas se han propuesto todo tipo de nociones de espacio, sin embargo para hablar de su construcción social es mejor proponerlo según el enfoque de Santos:

    Como un conjunto de formas representativas de las relaciones sociales del pasado y del presente, y por una estructura representada por las relaciones sociales que ocurren ante nuestros ojos y que se manifiestan por medio de los procesos y las funciones (Santos 1990: 138).

El lugar es entonces una creación simbólica de los individuos dependiente de la coyuntura social que determine su existencia. Como lo afirma Johnston18, la noción implica una pertenencia e identidad cuya raíz se halla en la experiencia y los hechos que ocurren y resignifícan los espacios para el individuo y su comunidad. A partir de estas relaciones con los sitios la ciudad va construyendo su propia identificación y carácter histórico, delimitando los espacios que considera necesarios para la formación, la cultura, el ocio entre otras actividades propias de la actividad cotidiana.

Una vez se establece el escenario como lo afirmó Braudel19, se encuentra que el espacio donde se desarrolla la historia es vivo y que va de la mano con los avances del hombre y su calidad de vida, así la variación y evolución espacial es un proceso que implica una sucesión entre lo que aconteció y el presente. La mirada hacia el pasado ha sido una constante en las relaciones con el espacio:

    El pasado sigue teniendo hoy la fuerza potente que siempre tuvo en asuntos humanos, como fuente de identidad personal y colectiva y como baluarte contra el cambio masivo y angustiante (Ballart 1997: 37).

Dentro de los cambios se encuentra la configuración y la estructuración que los imaginarios le otorgan a los lugares en la ciudad, la falta de conciencia es en particular el factor principal que contribuye a la indiferencia con relación a los espacios. Como lo expresa Carmen Martín Gaite20, el problema de la memoria cultural no se encuentra en su falta sino en la imposibilidad de crear vínculos que permitan conseguirla a través de procesos cognitivos encaminados a comprender el entorno dentro de un ayer y un mañana.

Para Joseph Ballart el pasado provee a la sociedad de un marco de referencias, pero los episodios del pasado sirven además de pauta para apreciar como se cumplen, y hasta que punto, las expectativas personales y colectivas acumuladas con el tiempo. La ciudad se constituye como el conjunto de lugares y significaciones haciendo del espacio no solo un elemento de contención o hábitat, sino una constante de transformación.

Corresponde finalmente con el análisis local construir una memoria alcanzable al ciudadano que permita la comprensión del espacio histórico como nodo del devenir cotidiano y como escenario activo socio - temporal del desenvolvimiento de los individuos. Concebirlo como una herencia en la evolución de la vida de la sociedad en un momento y sitio determinado por las circunstancias, agregando que en dicho conjunto, las relaciones son vistas como acciones que convergen con los objetos como casas, parques, etc.

El solo hecho de hablar de la Plaza España o el santuario de Monserrate ya indica por si mismo una especialidad del espacio, unidad cuyo sentido se va a interpretar en esta investigación con el termino de lugar, al respecto y siguiendo esta línea de argumentación José Ortega presenta desde su enfoque cómo el espacio en su noción estructural emparenta con la categoría de lugar:

    La extensión es una cualidad propia del espacio en relación con el carácter multidimensional del mismo. El espacio como concepto trasciende lo puntual y se identifica, en cambio, con, al menos, las dos dimensiones, y siempre con lo tridimensional. Engloba y absorbe los componentes de carácter puntual o de ubicación concreta identificados en estos términos y conceptos espaciales como "lugar", "sitio", "plaza", entre otros, cuyo parentesco con espacio es evidente (Ortega 2000: 341).

Observando esta unidad espacial como atmósfera se encuentra la manera en que las sociedades constituyen su identidad y sus formas de apropiación de acuerdo a la estructura social y las funciones de los roles, además de lo mítico, como vinculo de los hombres a sus espacios. Aquí estos últimos en su categoría de lugares funcionan como dispositivo social donde convergen los grupos y sus costumbres.

    La organización del espacio y la constitución de lugares son, en el interior de un mismo grupo social, una de las apuestas y una de las modalidades de las prácticas colectivas e individuales (Augé 1993: 57).

Las relaciones planteadas frente al lugar y sus objetos como parte del mismo son el resultado de una jerarquía de elementos y funciones que les pertenecen a los individuos y que se materializan a través de los espacios. "Estos lugares tienen por lo menos tres rasgos comunes. Se consideran (o los consideran) identificatorios, relacionales e históricos" (Augé 1993: 57).

El anterior comentario es la visión estructural que emana del individuo, como engranaje donde la identidad consolida formas de apropiación entrelazadas con los sistemas sensoriales y percepciones heredadas de la tradición en cada cultura. Con respecto a Augé la propuesta es recoger los elementos antropológicos pero hacer una distinción más clara sobre lo histórico, pues es un elemento vital en la consolidación de los lugares, ya que permite ver la trayectoria de las transformaciones; el abandono y cambio son parte de la construcción de sentido de cada sociedad, sin embargo la importancia de tomar "el no lugar" servirá de una u otra forma para dar cuenta del cambio de significado de los espacios por cuenta de la idea de "progreso" que influyó en la elaboración de los lugares y su fisonomía a mediados del siglo XIX en Bogotá.

La constitución de lo material se fundamenta en esta versión del lugar, donde condiciones similares a las propuestas por Augé son expuestas por Johnston y Harvey:

    La creación de lugares es un acto social y estos difieren por lo que la gente ha hecho en ellos. Las diferencias pueden estar basadas en el ambiente físico, pero, ambientes físicos similares pueden estar asociados con respuestas humanas diferentes y patrones similares de organización humana se pueden encontrar en ambientes físicos muy diferentes (Johnston y Harvey 1991).

Para el espacio Antropológico, lo identificatorio y lo relacional se pueden sustentar en la propia diferenciación entre ambientes y respuestas; ya que la segunda condición desde la mirada de Harvey y Johnston se refiere sobre el carácter auto reproductor donde se proveen los roles de socialización y se alimentan las creencias y actitudes (el encuentro con lo mítico según Augé), la dimensión histórica se hallaría en las instituciones que interaccionan en las estructuras y permiten a lo largo del tiempo la constitución de los universos simbólicos.

El espacio dinamiza e involucra, permite que las sociedades lleven a cabo sus realizaciones que provienen de sus relaciones con lo inventado y lo inmanente, todo lo que los sistemas psíquicos no han plasmado en lo material pero que pronto será realizado a través de la acción (Luhmann 1998:157). Lo dicho por Santos cobra un importante sentido: objetos y acciones, actos y formas de pensar que terminan creando artefactos están llenos de significado y vinculan de una u otra manera al colectivo.

Finalmente el espacio es el lapso donde se desarrollan y materializan las ideas. La dirección de las mentalidades da forma a los imaginarios y las representaciones que acentúan y localizan sus objetos, creando la dimensión social del lugar y caracterizándolo a través del tiempo como un espacio histórico. Es en este punto, la imagen y el orden se representan en un lugar y están en relación con la colectividad como gestora de identidad, la cual se manifiesta a través de toda expresión cultural y material interpretable para el caso de los monumentos desde las visiones de lo imaginario.

El espacio Histórico evoca una construcción de significados a través del tiempo. La consolidación de una memoria histórico -geográfica que permite conocer cómo el lugar llegó a ser lo que representa actualmente y la conciencia espacial fortalece la formación del individuo en lo que compete a su pertenencia como habitante local y su identidad como ciudadano del país.


Conclusiones: Patrimonio, Monumento y Cultura Popular (la confluencia ciudadana)

Finalmente hay varias conjeturas que se pueden extraer de los diferentes aspectos que se han mencionado en el presente texto. Para comenzar lo patrimonial (popular) en Bogotá tiene una trayectoria histórica que ha oscilado entre el abandono de la herencia colonial y la proyección sobre un antiautoctonismo en las formas de producción social, el contraste en el lenguaje de la arquitectura permite encontrar el papel histórico de la arquitectura no monumental, Alberto Saldarriaga refiere a ésta como una forma de anonimato que pervive en el acontecer de las ciudades.

Para Saldarriaga: "Es arquitectura contextual no monumental porque crea contexto"(Saldarriaga, 1991: 45), su importancia nace cuando es significada por el colectivo, al fin y al cabo la sociedad usa y transforma su función con el tiempo21. Entonces toda edificación tiene un momento y se ha reconocido por sus habitantes y visitantes desde la iglesia de Lourdes hasta la plazoleta de las Nieves, sitios y lugares que se mantienen en el magma de la cotidianidad. Espacios que hacen parte de la cultura del habitante de Bogotá.

Además de la arquitectura se hallan los nuevos objetos, esfinges, altares, estatuas, manifestaciones conmemorativas que muestran que del culto a los héroes y mártires de la independencia se ha pasado al reconocimiento de los actuales protagonistas de la contemporaneidad; desde la posguerra ha surgido la tendencia a honrar al soldado desconocido, al obrero sindical, a los niños y simbolizar materialmente a los sectores sociales que construían nación pero eran opacados por las figuras impuestas por las instituciones dominantes. Una nueva interpretación de lo patrimonial permite evidenciar que el pasado no es sólo de unos, sino que la participación en la historia es de todos, legado cultural y material son las banderas de la sociedad cuya experiencia de la identidad nacional y la construcción de la ciudadanía continúa mutando.

Esta serie de fenómenos tiene un arraigo que viene desde la época colonial, el mestizaje y la convivencia intercultural se desenvolvía entre las distinciones de unos grupos hacia otros; el indígena era excluido y con el paso del tiempo su evolución le llevaría a ser el campesino que cultiva las sabanas y las vegas aledañas a la ciudad, el hombre y la mujer de color dejarían su estatus de esclavo para transformarse en minorías aisladas y discriminadas por los sectores dominantes; entre tanto, el blanco distinguía su pureza de raza en su tez, pero con el paso del tiempo encontró elementos como la educación para destacarse y seguir ostentando un poder hegemónico en el encuadre social.

¿No obstante, cuál sería la descripción del ciudadano del siglo XIX? Le Moyne describe a la mujer bogotana de la siguiente forma:

    Las bogotanas son por lo general alegres, ingeniosas y combinan sin la menor mortificación las prácticas más supersticiosas de la religión, con los devaneos galantes; tienen gran disposición natural para aprenderlo todo; pero por desgracia su inteligencia, debido a la educación defectuosa que reciben, no adquiere gran cultura... (Le Moyne 1831: 146).

Mollien se refiere a la gente "pobre" de la ciudad en los siguientes términos:

    Hay una plaga verdaderamente espantosa que aflige a Bogotá: los pobres. Éstos, los sábados irrumpen en la capital como hordas... exhiben las llagas y las dolencias más repulsivas; grupos de ancianos conducidos por niños obstruyen durante todo el día las calles y las entradas de las casas... (Mollien 1828: 220).

Las diferencias se presentan a simple vista, perspectivas de la sociedad Bogotana después de la independencia, mujeres de baja calidad educativa, ancianos y niños en mendicidad contrastado con la aspiración alta de una élite protagonista, junto a una clase media que aspiraba a llegar a la aristocracia, Mollien trae a colación el papel político de los ciudadanos:

    No es fácil decir cuál sea la opinión política de los bogotanos: como todos los capitalinos, suelen ser criticones porque ven de cerca el juego del gobierno; pero en realidad son para éste más bien espectadores indiferentes de su mantenimiento en el poder o de su caída, que enemigos peligrosos. Con tal de que no les hagan pagar impuestos y que les dejen criticar a su gusto, se creen libres (Mollien 1828: 227).

Cualquier parecido al sentido común actual es pura coincidencia, lo cierto es la visión sobre una cultura política del ciudadano cotidiano, que participa en el sistema político arrastrado por su lucro propio, algo comprensible en el proceso de revaloración del sujeto como entidad autónoma y con derechos. La mezcla entre el ciudadano paradigma y el poblador común significó la divergencia entre lo urbano y lo rural, pués es la capital el centro de confluencia de campesinos y de señores letrados en cafés y alamedas, una hibridación constante la cual es atravesada por las relaciones de poder y el peso de un Estado - Nación que trata de delimitar sus funciones y su soberanía en un territorio que es de todos pero al mismo tiempo de nadie.

Desde mediados del siglo XIX las mentalidades se inclinaron hacia el objetivo de conseguir el progreso material e intelectual, cada segmento social a su debido modo enfrentaba tales expectativas, el proyecto de vida tanto de campesinos como de citadinos era sobrevivir en medio de los avatares de su momento, pero resultaba difícil conciliar la cultura popular y mágica del poblador rural, con la civilidad pregonada desde el discurso letrado del habitante metropolitano. En un país eminentemente rural las posibilidades del crecimiento estaban afincadas en la producción agrícola, los extranjeros que entraron a Colombia en lo sucesivo entre 1880 y 1930 estuvieron condicionados a la precaria situación de las vías de comunicación, el poco atractivo de las enfermedades y dolencias de un clima tropical combinado al agotante y difuso contexto de las diferencias políticas manifestadas en la violencia que no respeta escenarios o actores

Una cultura patrimonial ajena a lo propio y adventicia sobre la valoración de sus objetos históricos, un panorama que deja como reflexión que comprender y valorar dónde habitamos, mirar cómo vivimos y cómo hemos vivido, nos insita a preguntarnos en qué momento nuestra sociedad actual será el objeto arqueológico de las generaciones que vienen; cómo un instante se pierde en el tiempo y no nos dimos cuenta que en cada segundo que transcurre en este lugar ya somos parte del pasado (Castiblanco y Torres 2001:9).

    Del desarrollo de la arquitectura en Colombia y sus ciudades se pueden encontrar interesantes fuentes y autores, donde la descripción de estilos y formas de utilización de materiales están allí para que el lector se informe de avances y naufragios, de nociones y preceptos sobre los diseños y las obras. El interés del presente texto fue relacionar los momentos y representaciones de tales producciones, evocar lo que se transformó en monumento y fue escogido por el colectivo como patrimonio, frente al referente de lo popular, preservar es guardar, la memoria se sirve de olvidar lo que se desea sepultar, pero como en un concierto de millones de voces la vida sigue latente en cada ladrillo, cada paso de una calle recuerda los movimientos de otras generaciones que ahora sólo existen en este breve momento, cuando las nombramos, las resucitamos de alguna forma en la ciudad que hoy vivimos.



Notas

1 Al respecto es importante mencionar el análisis de Roger Chartier en relación al tratamiento del concepto de Cultura popular donde se puede evidenciar en el ámbito del análisis historiográfico que, en el caso europeo hasta el año 1500, la cultura popular era la cultura de todo el mundo; mientras que en 1800 los clérigos, nobles, mercaderes y profesionales habían abandonado la cultura popular a los estratos sociales más bajos. En forma paralela Chartier se pregunta sobre América en relación a estos cambios en la década de 1850 cuando las élites americanas deciden resignificar sus prácticas, separar sus gustos y el lenguaje de la cultura popular (Chartier 1994), para el caso de nuestras naciones, representada tanto en el campesinado y artesanado y sus representaciones, como en las prácticas rurales y pervivencias indígenas.

2 Sobre estos fenómenos de transformación social vale la pena anotar que a lo largo de estos cincuenta años (1850 - 1900) de diferentes gobiernos e iniciativas en su mayoría liberales sobre una transformación a las sociedades hispánicas de las naciones centro y suramericanas, se orientaron a la imitación de los modelos burgueses europeos. Las élites se movieron desde la literatura hasta la arquitectura formando tensiones y resistencias entre el campesinado, proyectado en la frustración de derrumbar una serie de convivencias de factores e instituciones y erradicar prácticas ancestrales que finalmente no lograron ser homogeneizadas en el discurso civilizador de la élite y algunas de ellas vivimos en nuestros días. Ver: Castiblanco Roldán Andrés. Memoria y tradición en el panorama internacional: el espacio histórico en las metrópolis latinoamericanas y los gobiernos liberales. Ponencia presentada en el XIV Congreso Colombiano de Historia 2008, publicada en Revista Vox Populi N 7. 2008.

3 Afirma Le Moyne en la década de 1830: "En la época en que estuve en Bogotá, los edificios destinados a las oficinas del Gobierno o a servicios públicos, como los ministerios, la aduana, el correo, los tribunales, la casa de la moneda, el museo, la biblioteca, las cárceles y lo que se llamaba el palacio del presidente, no se diferenciaban interiormente en nada de las casas de los particulares a no ser por los escudos que había encima de la puerta de entrada o por la garita de los soldados que montaban guardia" (Le Moyne 1945: 118).

4 Sobre este hibridaje espacial de locales comerciales y oficiales, Gaspard Mollien escribe en su viaje por la república de Colombia en 1823:"Lo que se llama palacio de los diputados, es una casa situada en la esquina de una calle, cuya planta baja está ocupada por unas tiendas en las que se vende aguardiente." (Mollien 1992: 216)

5 "Los otros edificios públicos que hay en Bogotá son el Teatro y la Casa de la Moneda. Tanto en uno como en otro, la distribución deja bastante que desear; pero con todo, es de admirar que a una distancia tan grande de toda comunicación con Europa, se encuentren establecimientos de esta clase" (Mollien 1992: 217).

6 Corradine refiere al período de 1840 como de despegue y en lo sucesivo la evolución de las obras del estado y el desarrollo de la arquitectura vería su avance entre 1848 y 1861, mucho más que en las tres primeras décadas del siglo XIX (Corradine 1989: 278).

7 La representación, se presenta como esa elaboración o visión funcional del mundo que permite al individuo o al grupo conferir sentido a sus conductas y entender la realidad mediante su propio sistema de referencias y adaptar y definir de este modo un lugar para sí (Abric 2001: 13) frente a la noción de patrimonio histórico, ésta se evidencia como aquel legado de la historia que llegamos a poseer porque ha sobrevivido al paso del tiempo y nos llega a tiempo para rehacer nuestra relación con el mundo que ya pasó (Ballart 1997: 37).

8 La legislatura de 1847 sancionó la Ley del 14 de julio con la cual[...] se esperaba que al acrecentarse el comercio exterior en volumen, se constituyera en la base más importante para el aumento de los recursos estatales (González 1987: 78).

9 Frank Safford hace referencia a la interpretación socioeconómica que han dado los especialistas sobre las reformas de mitad del siglo XIX. Según los autores este fenómeno obedecía a que el Partido Liberal se identifica como el instrumento político de una nueva burguesía comercial emergente que triunfó sobre un Partido Conservador anteriormente dominante y que representaba a los terratenientes tradicionales (Safford 1987: 97).

10 La mayoría eran de estilo neorrománico y neogótico o en casos menos frecuentes emplearon elementos asimilables al canón clásico preferiblemente en la composición de las fachadas. A partir de entonces, la madera de rejas y balcones fue cambiada por metal; así mismo se reemplazaron las bisagras de cuero y otros accesorios menores (Niño 1991: 33).

11 En referencia a la exactitud de los datos, algunos provienen de Geografías elaboradas para el uso de las escuelas y otros datos de censos que en algunos casos se pusieron en controversia por su poca confiabilidad (Martínez 1983: 61).

12 Martínez relaciona lo contemplado en el artículo 15 de dicho Acuerdo: "toda obra de nueva planta o reedificación de fachadas, deberá tener zócalos de ladrillo prensado o de sillería"... tan explícitas especificaciones se cumplieron con rigor en las obras entonces en ejecución. Aún subsisten numerosas casas con sus zócalos de ladrillo "calvo" en los barrios de las Nieves, Las Angustias, Los Mártires y en el sector antiguo de Chapinero" (Martínez 1982:76).

13 Esta relación se puede ver en el texto de Miguel Angel Urrego, Sexualidad, matrimonio y familia en Bogotá 1880 - 1930, Ariel 1997, el cual aborda de forma interesante todo lo referente a la consolidación de una cultura nacional durante la época.

14 Sobre la fuerza de este movimiento en Europa Comenta Le Goff: [...] las revoluciones quieren fiestas que conmemoren la revolución, la manía de la conmemoración es sobre todo de los conservadores y, aun más de los nacionalistas, para quienes la memoria es un fin y un instrumento de gobierno[...] La conmemoración se apropia de nuevos instrumentos de sostén: monedas, medallas y estampillas se multiplican. A partir de la mitad del Ottocento aproximadamente, una nueva oleada de estatuaria, una nueva civilización de las inscripciones (monumentos, letreros en las calles, lapidas conmemorativas colocadas sobre las casas de muertos ilustres) inunda las naciones europeas (Le Goff 1991: 170).

15 El cambio de nombre data de la Ordenanza 112 del 23 de octubre de 1850, pero el monumento fue parte del acuerdo de aniversario firmado en 1873 en el cual se determina la construcción del monumento inagurado hacia 1880.

16 "El ideal del progreso y la influencia de las exposiciones universales están visibles en el estilo arquitectónico, en el ordenamiento de la exposición y en la denominación de los pabellones: el "pabellón de las maquinas" y el "pabellón de la industria" los recuerdan inequívocamente" (Martínez Fréderic 2000: 329).

17 Para Wallerstein el conocimiento de los parámetros: espacio y tiempo, definen el tiempo espacio transformativo como el momento de la transición de un sistema histórico a otro, de un modo de organización de vida social a otro (Wallerstein 1997: 11).

18 Johnston quien es citado por Ovidio Delgado reconoce el lugar como un estado de la memoria y conciencia regional individual y colectiva cuya escala puede incluir desde los espacios personales íntimos, el vecindario, la ciudad, hasta el concepto de patria (Delgado 1994: 49).

19 En Braudel el espacio es el escenario en el que tienen lugar estas interminables obras de teatro que condiciona en parte su desarrollo, explica sus peculiaridades; los hombres pasan, pero el medio permanece relativamente igual a sí mismo (BRAUDEL 1973: 23).

20 Martín Gaite afirma que no es la perdida de memoria, sino la imposibilidad de adquirirla lo que se extiende como inquietante epidemia en la juventud actual, ansiosa de consumir y devorar por entero el presente, en el instante mismo, en que es percibido (BALLART 1997: 41).

21 Para muchos el edificio anónimo es el polo opuesto del monumento. Pero una estructura urbana armónica muestra cómo el monumento sólo es inteligible gracias al espacio y al fondo creado por un sin número de edificios agolpados en calles y plazas que permiten destacar esa torre, esa fachada, ese contorno, esa perspectiva del gran edificio, del gran espacio abierto (Saldarriaga 1991: 46).




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