Invasiones Bárbaras

  • Claudia Velez de la Calle
Publicado
2012-12-05

Todos hemos oído hablar de libros prohibidos, libros ocultos, libros indescifrables.

Esta es la historia del libro probablemente más misterioso que existe, el Manuscrito Voynich. Durante el reinado de Enrique VIII, el duque de Northumberland se dedicó a quitar de circulación todo escrito cuyo contenido fuese poco claro o tocase el tema de la brujería; para ello requisó todos los monasterios del reino, que eran los lugares por excelencia donde se guardaron, por siglos, semejantes obras. Aquel duque era amigo de John Dee, gran ocultista y científico inglés, y como sabía que Dee se dedicaba al estudio y colección de libros extraños, le regaló ese libro misterioso escrito en un lenguaje desconocido; solamente el prólogo estaba en inglés y allí se leía: Esta es copia fiel del original que se encuentra guardado bajo las montañas que corren sobre la costa oeste de un lejano lugar situado en el extremo sur del planeta”. John Dee intentó descifrar el código, pero no pudo. Lo único que logró concluir fue que ese libro contenía “los secretos de los mundos olvidados y subyacentes”.

Velez de la Calle, C. (2012). Invasiones Bárbaras. Revista Colombiana de Educación, (63), 313.316. https://doi.org/10.17227/01203916.1703

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Invasiones Bárbaras*

Claudia Vélez de la Calle**

*Documento preparado para la novena sesión del seminario doctoral "Pedagogía, Escuela y Cine", >celebrado el 9 de mayo de 2011 en el Doctorado Interinstitucional en Educación. La sesión giró alrededor del filme: Las invasiones bárbaras. Título original: Les invasions barbares. País: Canadá y Francia. Año: 2003. Duración: 112 minutos. Director: Denys Arcand. Guión: Fotografía: Guy Dufaux. Montaje: Isabelle Dedieu. Vestuario: Denis Sperdouklis. Música: Pierre Aviat. Producción: Denise Robert y Daniel Louis. Intérpretes: Rémy Girard (Rémy), Stéphane Rousseau (Sébastien), Marie-Josée Croze (Nathalie), Marina Hands (Gaëlle), Dorothée Beryman (Louise), Johanne Marie Tremblay (Constance), Yves Jacques (Claude), Pierre Curzi (Pierre), Louise Portal (Diane), Mitsou Gelinas (Ghislaine).
**Doctora en Teoría de la Educación (UNED). Profesora e investigadora del Doctorado en Educación de la Universidad Santo Tomás de Aquino, sede Bogotá.Correo electrónico: cvelez02@yahoo.es


Todos hemos oído hablar de libros prohibidos, libros ocultos, libros indescifrables. Esta es la historia del libro probablemente más misterioso que existe, el Manuscrito Voynich. Durante el reinado de Enrique VIII, el duque de Northumberland se dedicó a quitar de circulación todo escrito cuyo contenido fuese poco claro o tocase el tema de la brujería; para ello requisó todos los monasterios del reino, que eran los lugares por excelencia donde se guardaron, por siglos, semejantes obras. Aquel duque era amigo de John Dee, gran ocultista y científico inglés, y como sabía que Dee se dedicaba al estudio y colección de libros extraños, le regaló ese libro misterioso escrito en un lenguaje desconocido; solamente el prólogo estaba en inglés y allí se leía: "Esta es copia fiel del original que se encuentra guardado bajo las montañas que corren sobre la costa oeste de un lejano lugar situado en el extremo sur del planeta". John Dee intentó descifrar el código, pero no pudo. Lo único que logró concluir fue que ese libro contenía "los secretos de los mundos olvidados y subyacentes".

Al igual que en las épocas antiguas, los cultos secretos, los ritos de iniciación y los libros han ocupado un lugar de privilegio en la formación de los mejores pensadores. Los libros se constituyen en portales a otras dimensiones, otros tiempos y nos aproximan a personajes que hablan desde el texto con voces íntimas, con pensamientos que muchas veces anidaron ocultos en las almas de sus dueños.

Sería largo intentar un relato de la lista de libros que nos conmovieron y abrieron las puertas al deseo por saber. Escritores como Honore de Balzac, George Sand, Lawrence Durrell, Oscar Wilde, Charles Dickens, Henry Miller, Thomas Mann, Fedor Dostoievsky, Anton Chejov, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Anais Nin, Ernest Hemingway y otros más, habitaron con pasión los pensamientos de una pueril adolescencia saturada de sueños, en busca de una ciudad amada por todos: París. No la ciudad turística, espectacular, de rutas comerciales ligeras, sino la ciudad acontecimiento, llamada la ciudad luz por la apertura a lo sublime, a lo voluptuoso, a lo ominoso y a lo perverso.

Ciudad que emerge como un destino a pesar de su decadencia. En ella estamos signados por el olvido o por la desmemoria. Su examen supone un tratamiento paradójico como si fuese posible trazar un mapa que inscribe simultáneamente aventuras, desmesuras, ironías y ambigüedades. Metáforas que constituyen la búsqueda del sentido por un saber que se dibuja en las instituciones sagradas como conocimientos. Paradoja de un saber que no se alcanza pues su fundamentación de verdad/razón excluyó en la modernidad tardía los deleites del pensamiento artístico, independiente, irreverente y maldito.

Así como valores medievales del blindado mundo de las leyendas míticas en pos del santo grial, donde paganismo/cristianismo representaban en medio de sus iconografías, batallas simbólicas por la virtuosidad de lo humano, la modernidad aportó en vez de la magia, la razón. Con la despedida de Merlín se fueron los secretos de los libros sagrados y aparecieron las enciclopedias instrumentales del conocimiento perdiendo la alquimia de las palabras por la metódica variable de los experimentos.

Algunos pensadores como Gastón Bachelard recuperaron el intersticio de la poesía y la ciencia en textos inolvidables como "la poética del espacio"; rincones, pasillos, refugios, volvieron a hablar del espíritu del pensador/creador/investigador sin ignorar la profundidad de los descubrimientos de la física relativista y humana.

Pero el tercero excluído expulsó del paraíso científico no solo la metafísica, sino también la estética de la música, de la pintura, del cuerpo/movimiento, de la poesía de lo indecible. Lo impensable se relegó a los cuentos de Bradbury, Tolkien, Ende y otros escritores soñaron con Verne, mundos imposibles; aquellos proféticos espacios paralelos que anticipan el futuro siendo estigmatizados por los científicos modernos como especulación no demostrable.

¡Cuánto dolor en el olvido de la historia! ¡Cuánta aridez en el discurso educativo instrumental! Qué desolación de palabras en la formación humana que convierte en base de datos los pensamientos de nuevos mundos pedagógicos.

Como dice Remy, la historia de la humanidad es una historia de infamias y horrores. Los maestros, estudiantes adeptos de la practicidad de la enseñanza desprecian el saber de la historia, de la política, de la geografía, de la literatura y el arte preocupados por perpetuar el statu quo de un currículo validado como competencias profesionales.

En Las invasiones bárbaras la inteligencia se despide. Parte del mundo de las aulas sin conectar los saberes contemporáneos con su genealogía. Como le decía un joven a un adulto mayor recientemente: "Pensamos diferente porque ahora existen aviones, cine, internet", y el viejo sonriendo respondía: "Pensamos diferente porque precisamente en nuestra época no existía esa tecnología, por ello tuvimos que inventarla". Dicho de otro modo, la memoria se invisibiliza pero es ella precisamente la que da cuenta de lo actual: comenta, dice, explica, comprende más allá de la información mediática obtenida de forma ligera en los motores de búsqueda ocasionales.

Si el mundo es ficción, el hombre lenguaje, el saber narrativas de interpretación todos los mundos son validables en sus paradigmas de tiempo/espacio. Shopenhauer nombraba que el gato de hace 300 años es el mismo que hoy nos mira detrás de la ventana. Textos clásicos, modernos y contemporáneos tratando de asir una historia del acontecimiento que escapa siempre en la ficción frágil de su emergencia.

Por ello, la historia es genealogía, pero también acontecimiento y devenir. Es un tiempo continuum, paralelo, con rupturas y vacios mostrándonos inclemente la inmanencia de la desaparición del ego personal. El yo, inútil construcción de la pragmática capitalista donde opinamos dolidos como Remy: "¡Si siquiera, hubiera escrito algo respetable!".

Las invasiones bárbaras está plena de sentimientos de este tiempo consustancial y en tránsito: modernidad/contemporaneidad; historia/futuro; muerte/ vida; amistad/soledad; mortalidad / vacío. Emociones humanas cercanas como decía Sting: repletas de fragilidad.

Emociones obsoletas en el escenario del narcisismo ignorante. El saber, los libros, la amistad, el vino, el dolor, la ineluctable finitud, la piedad, la conmiseración se convoca en esta película con nostálgica voluptuosidad recordándonos lo pasajeras que son las corrientes de pensamiento. Los ismos políticos como los clichés académicos se nos adhieren en la palabra sin impactar la sospecha por los orígenes de sus construcciones y pasan a través de los espejos de otros que conforman la pasajera comunidad de semejantes llamados pomposamente académicos. Seres humanos con pretensión de pensadores tan desconcertados como nosotros con el paso de los tiempos, indagando en las bodegas del conocimiento los secretos de la alquimia de la mente.

Al modo de Cioran, formar pensadores (no dioses de los dogmas) exige un fuerte nivel de escepticismo. Borges lo cuenta espléndidamente en Las ruinas circulares: soñar un hombre (incluyendo lo femenino porque ello no se separa dicotómicamente) que transmute los mundos de la historia y el presente sin perder su esencia de transhumante de saberes. Vaya utopía de los anacoretas de la filosofía/poesía que dudan de sus substancias pues conocen, como afirmaba Kundera, de su levedad.

La película se aprovecha de los eventos de la caída de las Torres Gemelas en septiembre de 2001 para reírse de la metáfora opositora de Occidente: civilización/barbarie, pero también para darle un sentido de crítica a todo aquello actual que constituye la anomia de lo humano como práctica de lo ligero, lo desechable y lo perecedero.

Tal vez la barbarie a la que Remy hacía alusión era ese mundo roto sin los otros. Aquel donde no vale la pena acompañar a un enfermo terminal o a un adulto mayor. Aquel donde está vedado el libre albedrío de decidir por la finalización de la propia vida. En una interpretación accidental de fondo -afortunadamente la interpretación nunca tiene pretensiones de verdad- la barbarie es el escenario de un mundo contemporáneo, sin libros, sin historia, sin analogía, sin lujuria, sin excesos. Un mundo donde la razón científica se posiciona como criterio de veracidad y el consumo en el mercado como criterio único de poder.

Un mundo sin memoria, ni historia, sin contexto. Un vacio del texto y un exceso del humanismo como etiqueta de proyectos educativos hegemónicos. Al estilo de Zalamea Borda en El sueño de las escalinatas, dejando a su paso millones de excluidos, desvalidos, leprosos, exiliados que no pudieron comprar el básico vital de su existencia.

Los otros autores que rodean el tema: Carroll, Borges, Kafka escaparon en su época al sentido único del pensamiento que el monolítico poder les impuso. La literatura fue su vía de escape; el sueño y la ficción sus mediaciones.

Formar doctores en educación pasa por estas provocaciones a reconocer otros saberes, otras estéticas, otras formas de concebir lo investigativo/lo lógico/lo impensable. Conmoverse con la insípida muerte de un maestro de historia que rápidamente es reemplazado como los íconos de los templos católicos que nadie compra y las denuncias silenciadas de los holocaustos de la civilización humana a los que aún no se les ha construido museos.

Fernando Bárcena, opina en la Ausencia del testimonio que la educación debe repensar los genocidios y los holocaustos sucedidos en el campo de concentración, como el de Aushwitz, porque no pueden volver a ocurrir. Por ello la educación de los siglos anteriores incluyendo el siglo XX ha fracasado, porque no pudo hacer mejor a la condición humana. Tal vez una dedicación de la educación a la estética y el arte pueda lograrlo.