La identificación con la nación propia de maestros en formación en una universidad pública de Bogotá

Identification of Teachers-in- Training with their Own Nation at a Public University in Bogotá

A identificação com a nação própria de professores em formação em uma universidade pública de Bogotá

  • Diego Hernán Arias Gómez Universidad Distrital Francisco José de Caldas
  • Alexander Ruiz Silva Universidad Pedagógica Nacional
Publicado
2016-12-23

El artículo presenta y somete a discusión la estructura y los resultados de una investigación sobre imaginarios sociales de nación y procesos de identificación con la nación propia de jóvenes universitarios, que se forman como maestros de ciencias sociales en una universidad pública de Bogotá. Utilizando un enfoque cualitativo interpretativo, el estudio se enfocó en el análisis de relatos biográficos (orales, fotográficos y escritos) de 84 estudiantes. Además, se realizaron 17 entrevistas y 2 grupos focales. El estudio permitió establecer una estrecha relación entre los imaginarios sociales de nación de los jóvenes, sus vínculos y pertenencias identitarias y los estereotipos de nación que circulan en la escuela. De este modo, se problematizan los dispositivos mediante los cuales la sociedad actual crea o sostiene sentimientos de filiación nacional entre sus ciudadanos, así como las justificaciones morales a las que estos apelan en el momento de ser interpelados como “colombianos”

Palabras clave: Educación, identidad nacional, juventud, construcción de nación, Colombia (es)
Education, national identity, young people, nation building, Colombia (en)
Educação, identidade nacional, juventude, construção de nação, Colômbia (pt)

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La identificación con la nación propia de maestros en formación en una universidad pública de Bogotá*

Identification of Teachers-in-Training with their Own Nation at a Public University in Bogotá

A identificação com a nação própria de professores em formação em uma universidade pública de Bogotá

Diego Hernán Arias Gómez**
Alexander Ruiz Silva***

* Este artículo se constituye en un desarrollo ulterior de valiosos apartados de la tesis doctoral titulada Identificación con la nación propia en jóvenes universitarios, maestros en formación. Imaginarios sociales de nación y escuela, realizada por el primer autor, con la dirección del segundo, en el Doctorado Interinstitucional en Educación (DIE), sede Universidad Pedagógica Nacional.
** Profesor Asociado de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Doctor en Educación de la Universidad Pedagógica Nacional. Investigador del Grupo Educación y Cultura Política. Bogotá, Colombia. Correo electrónico: diegoarias8@gmail.com.
*** Profesor Titular de la Universidad Pedagógica Nacional. Bogotá, Colombia. Doctor en Ciencias Sociales de Flacso-Argentina. Investigador del Grupo Moralia. Correo electrónico: alexruizsilva@yahoo.com.

Fecha de recepción: marzo 10 de 2016 Fecha de aprobación: junio 6 de 2016


Resumen

El artículo presenta y somete a discusión la estructura y los resultados de una investigación sobre imaginarios sociales de nación y procesos de identificación con la nación propia de jóvenes universitarios, que se forman como maestros de ciencias sociales en una universidad pública de Bogotá. Utilizando un enfoque cualitativo interpretativo, el estudio se enfocó en el análisis de relatos biográficos (orales, fotográficos y escritos) de 84 estudiantes. Además, se realizaron 17 entrevistas y 2 grupos focales. El estudio permitió establecer una estrecha relación entre los imaginarios sociales de nación de los jóvenes, sus vínculos y pertenencias identitarias y los estereotipos de nación que circulan en la escuela. De este modo, se problematizan los dispositivos mediante los cuales la sociedad actual crea o sostiene sentimientos de filiación nacional entre sus ciudadanos, así como las justificaciones morales a las que estos apelan en el momento de ser interpelados como "colombianos".

Palabras clave: Educación, identidad nacional, juventud, construcción de nación, Colombia.


Abstract

This paper presents and brings up for discussion the structure and results of a research project on social imaginaries about nation and the identification processes of teachers-in-training in social sciences with their own nation at a public university in Bogotá (Colombia). Using a qualitative-analytical approach, the research focused on the analysis of biography narratives (narrations, photos and writings) of 84 students. There were also held 17 interviews and 2 focal groups. The research evidenced a close relationship between the social imaginaries about nation held by young people, their links and identitary belongings, as well as the stereotypes of nation circulating at school. Thus, it problematizes the devices through which our current society creates or sustains feelings of national affiliation among its citizens, as well as the moral justifications they appeal to when interpellated as 'Colombians.'

Keywords: Education, national identity, young people, nation building, Colombia.


Resumo

O artigo apresenta e submete à discussão a estrutura e resultados da pesquisa sobre os imaginários sociais de nação e os processos de identificação com a própria nação, em jovens universitários que se formam como professores de ciências sociais em uma universidade pública de Bogotá. Utilizando um enfoque qualitativo-interpretativo, o estudo centrou-se na análise de relatos biográficos (orais, fotográficos e escritos) de 84 estudantes. Além disso, foram realizadas 17 entrevistas e 2 grupos focais. O estudo permitiu estabelecer uma estrita relação entre os imaginários sociais de nação dos jovens, seus vínculos identitários e os estereótipos de nação que circulam na escola. Dessa forma, problematizam-se os dispositivos através dos quais a sociedade atual cria ou sustenta sentimentos de filiação nacional entre seus cidadãos, ao tempo que cria as justificativas morais para as quais eles apelam ao ser interpelados como 'colombianos'.

Palavras-chave: Educação, identidade nacional, juventude, construção de nação, Colômbia.


Introducción

Según Íngrid Bolívar (2001), existen tres aproximaciones disciplinares y transdisciplinares al tema de la construcción de nación, y al tipo de comunidad política enlazada, que se disputan la supremacía en el escenario académico. En la primera de estas aproximaciones se encuentran historiadores, antropólogos y sociólogos dedicados particularmente a dar cuenta de la emergencia en el tiempo de este tipo de comunidad política; entre sus representantes se cuentan Anderson, Hobsbawm, Elias y Gellner. En la segunda vertiente se ubican los representantes de los estudios culturales, quienes centran su mirada en las maneras como los grupos dominantes han producido y difundido imágenes de lo nacional, entre ellos están Bhabha, Chatterjee, Monsiváis. Finalmente, estaría un grupo un tanto más reducido de investigadores, próximos a enfoques fenomenológicos, culturalistas, educativos, que destacan los puntos de vista de quienes "disfrutan", "padecen", consumen y experimentan la nación en la cotidianidad; al respecto la autora citada señala:

... es claro entonces que la pregunta por la construcción de nación implica conocer las experiencias de autoclasificación de los actores, pero que en ellas es necesario detectar las relaciones materiales de interdependencia y las vinculaciones emocionales que las sostienen y "justifican". La poca identificación con la nación que algunos sectores sociales denuncian debería devolver la mirada de los analistas hacia las formas de estratificación vigentes en la sociedad colombiana, hacia las limitaciones que esos sistemas de estratificación imponen para la "nacionalización de las sociedades" y para la interacción en nuevas condiciones de los diversos grupos sociales. (Bolívar, 2001, p. 99)

Esta aproximación enmarca el presente estudio, el cual se centra en la manera como unos ciudadanos se refieren a su pertenencia a la nación. Se trata de jóvenes colombianos, maestros en formación de una universidad pública de Bogotá, quienes fueron invitados a contar sus experiencias de filiación, sus memorias más emblemáticas de pertenencia y vínculo con la nación propia y sus reflexiones sobre lo que significa ser o asumirse como colombiano. Para este propósito se acudió a la producción y el análisis de distintos tipos de relato: oral, escrito y visual.

Por imaginarios sociales se entiende aquí un conjunto de representaciones, ideas, conceptos, valores que determinan las formas de pensar, sentir y actuar de los sujetos. En palabras de Taylor (2006, p. 37) se trata de la manera como las personas "imaginan su existencia social, el tipo de relaciones que mantienen unas con otras, el tipo de cosas que ocurren entre ellas, las expectativas que se cumplen habitualmente y las imágenes e ideas normativas más profundas que subyacen a estas expectativas" (énfasis nuestro). Tales imaginarios tienen un amplio margen de generalidad y aplicabilidad, por lo que no se expresan como doctrinas de pensamiento o teorías, sino de construcciones simbólicas que se decantan mediante largos y complejos procesos de socialización, que dependen de contextos históricos y de fuerzas político-culturales específicas, y que, enmarcadas en una dinámica sistémica, resultan muy eficaces en la orientación del comportamiento individual y grupal.

En esta misma línea argumental, los imaginarios sociales de nación pueden entenderse como: "los modos de imaginar la sociedad nacional propia y la vida que se realiza en ella, lo cual remite a recursos discursivos y herramientas del pensamiento de uso relativamente común entre un grupo amplio y heterogéneo de personas" (Ruiz, 2011, p. 45). Dicho grupo se articula de manera voluntaria o involuntaria a una idea de nación, construida de distintos modos y apelando a diversos recursos históricos, culturales, sociales e idiosincráticos.

Los imaginarios sociales de nación, de manera particular, son promovidos y muchas veces posicionados a través del registro escolar (Kriger, 2010) y de la enseñanza de la historia (Alridge, 2006; Barton y Levstik, 2004 y Carretero, 2007, entre otros), y suelen tener una orientación moral e ideológica (Arias & Ruiz, 2013; Ruiz, 2011 y Todorov, 1991) que representan formas de vida y universos simbólicos compartidos. Tienen una relación directa con el poder hegemónico, venido fundamentalmente del Estado-nación, con notoria capacidad y medios para perfilar determinados modelos de ciudadanía, sentimientos de filiación y lealtad con sus instituciones y, en general, con una abstracción: la sociedad nacional.

Sin embargo, los imaginarios sociales que detenta un grupo poblacional en un momento determinado pueden o no coincidir con los que intentan imponer o movilizar el Estado o los medios de comunicación. Ello depende de las herramientas que las personas tengan para asimilar, adaptar o resistir estos discursos y sus ofertas de identificación. Precisamente, el presente estudio muestra una enorme gama de posibilidades de adopción de imaginarios sociales de nación y sus principales tensiones, por parte de un grupo de jóvenes, cuyas complejas formas de pensar y sentir la nación propia se relacionan con su experiencia, percepción y proyección en ella y con el sentido moral atribuido a sus vínculos identitarios.

Identificarse con la nación de uno

Responder a la pregunta por la identidad le exige a cualquier sujeto emitir una respuesta desde sí, por sí, y para sí, aunque su respuesta esté poblada de otros sujetos con los cuales se establece la identificación y de otros tantos con los cuales se realiza la diferenciación. En ambos "movimientos identitarios" se presupone un sujeto responsable de los mismos; así, para Ricoeur (2006, p. 997) "decir la identidad de un individuo o de una comunidad es responder a la pregunta: ¿quién ha hecho esta acción?, ¿quién es su agente, su autor?". En conjunción con este planteamiento, para Taylor (2006, p. 45) "ser competente como alguien que potencialmente puede ser objeto de esa pregunta es ser un interlocutor entre otros, alguien que posee su propio punto de vista o un papel que desempeñar y que puede hablar por sí mismo". La identidad o la identificación, como preferimos denominarla acá, en alusión a la idea de proceso en curso, implica saber a qué se quiere responder y dónde se encuentra quien responde (lugar, época, contexto). Por tanto, decir quién se es, es, al tiempo, definir un lugar en y desde dónde se hace la enunciación. En una creativa metáfora con la ubicación espacial, Taylor (1989) esboza un mapa de la identidad que posiciona al sujeto respecto a un territorio moral con un norte que señala coordenadas de orientación: de dónde se viene, dónde se está y hacia dónde dirigirse. Así, según el autor, lo clave "no es solo dónde estamos, sino hacia dónde vamos; y aunque lo primero puede ser una cuestión de más o menos, lo segundo es una cuestión de ir acercándonos o ir quedándonos fuera; una cuestión de sí o no" (p. 63). Esta ubicación es denominada por otros autores estrategia identitaria (Giménez, 2002), pues proporciona la idea sobre el margen de maniobra ilimitado en un repertorio limitado (características personales, condiciones materiales de vida, finitud humana), dependiendo de los recursos culturales con que cuente el sujeto para desplazarse y ubicarse en este proceso.

Existen, por tanto, tantas identificaciones como ubicaciones hay respecto al espacio moral en que las personas se autodefinen. Puede haber marcos referenciales compartidos, mapas comunes, aunque la posición y la orientación de cada quien no sean las mismas, no solo porque la respuesta a la pregunta ¿quién soy? es personal, sino porque toda biografía es individual y los mecanismos de socialización no siempre coinciden de un individuo a otro. Lo que no es óbice para reconocer agrupamientos identitarios, en la medida en que se comparten espacios sociales más o menos comunes, como sucede en el caso de la identidad nacional.

La identidad, está claro, es una construcción social, es justamente en medio de las dinámicas sociales que los individuos construyen los aspectos constitutivos de su ser: "los significados que tendrán para mí las palabras clave serán primero los significados que ellas tengan para nosotros, es decir, para mí y mis compañeros de conversación" (Taylor, 1989, pp. 51-52). Es el lenguaje el que hace posible el código común que da vida a la sociedad y, por tanto, a las convenciones y escalas de valor desde las que juzgamos nuestra experiencia en común. Al respecto Bourdieu (2002) enfatiza que es la sociedad "quien dispensa, en grados diferentes, las justificaciones y las razones de existir; ella es la que, al producir las posiciones o los asuntos llamados importantes, produce los actos y los agentes considerados importantes, para sí mismo y para los demás" (p. 56). En consonancia con esta tesis, Hall (2003) añade que las identidades son puntos de adhesión temporal a posiciones subjetivas que construyen las prácticas discursivas. La identidad, en cuanto construcción social, se da en una especie de puja, compromiso y negociación entre lo interno y lo externo presente en la misma persona, entre la afirmación y la asignación identitaria, entre la "autoidentidad" y la "exoidentidad" (Giménez, 2 002).

En el tema específico que nos atañe, es más que relevante el papel del Estado en la definición, administración y muchas veces imposición de procesos sociales e identitarios (Chihu, 2002). La configuración de los Estados implicó la construcción de nación allí donde no existía, esto es, la creación de sentimientos de vinculación, pertenencia, adhesión o identificación de los ciudadanos, de los nacionales con las instituciones, el gobierno y ciertas versiones de la historia de un pueblo y de un territorio. En este contexto, la identidad nacional es posible gracias al autorreconocimiento de colectivos humanos relativamente amplios que pasa por una aprobación social a una demanda oficial o, por el contrario, por la desaprobación y la reclamación de inclusión ante dicha demanda.

De este modo, el discurso oficial sobre la nación o sobre la sociedad nacional genera adhesiones o resistencias identitarias, tanto individuales como colectivas. Algunos ejemplos de este discurso son las declaraciones públicas de los gobernantes en nombre del bien del país, las apelaciones a la soberanía territorial, la promoción de ritos oficiales, el posicionamiento de símbolos patrios, las celebraciones históricas, los llamamientos a la defensa del interés general y, por supuesto, el contenido y la orientación nacionalista de algunas prácticas educativas y de los manuales escolares de amplia circulación.

Por ello, hablar de procesos de identificación social en el marco de los Estados-nación implica, según Balibar (2005), al menos los siguientes elementos:

  1. El reconocimiento de la identidad como el esfuerzo político de grupos de poder, como proceso deliberado de construcción de subjetividades, es decir, de imposición de modos de pensar, actuar, sentir, en suma: de formas de vida. Por ello conviene afirmar que no hay una identidad dada sino que existen identificaciones, filigranas simbólicas y culturales en movimiento; intencionadas y promovidas tanto por instituciones estatales como por iniciativas societales; hegemónicas, pero también subalternas, que proveen -con diferentes niveles de éxito- sentidos de pertenencia.

  2. La identificación con la nación propia se juega en el terreno cultural, en permanente tensión entre dos tipos de rasgos: los rasgos de hábito, en los que prácticas y discursos se ritualizan para forjar un sentido de pertenencia a una comunidad, como si se tratara de una naturaleza o sustancia común. Balibar (2005) la denomina etnicidad ficticia, por cuanto expresa el deseo de crear marcas visibles, audibles o sensibles que nos distinguen a nosotros de los otros. Y los rasgos de creencia o de fe que impulsan una fraternidad simbólica, con cierto sentido trascendente, inspirado en un supuesto llamado superior y por voces "autorizadas" que enuncian el deber ser con una comunidad relativamente limitada. Este rasgo conduce al patriotismo, esto es, la identificación con la nación como comunidad trascendente, trans-histórica, ontológicamente necesaria, con un destino de grandeza prefijado que, llegado el caso, amerita luchas y sacrificios supremos para mantenerse, transformarse o cualificarse.

  3. Finalmente, el establecimiento de jerarquías en las referencias y las pertenencias comunitarias, esto es, cualquier sistema de pretensión de dominación simbólica identitaria nunca es total o totalizante, pues en la sociedad coexisten diversos proyectos que luchan por imponerse; algunos son asimilados, otros repelidos en distintos niveles y grados, dependiendo de los grupos y personas a los que se dirijan o en los que se asienten.

La identificación con la nación de uno, como todas las identificaciones sociales, es el resultado de construcciones históricas, movimientos intencionados que nombran pertenencias grupales y que trazan líneas arbitrarias entre un nosotros y un ellos. Esta postura es enfatizada por Glover (2003) para quien

... las naciones y las personas no son solo similares por el hecho de que no exista un alma nacional o un ego metafísico. Se parecen también por el hecho de ser, hasta cierto punto, más artefactos que cosas cuya naturaleza nos venga dada. (p. 35)

Tal construcción, dirigida, como ya hemos señalado, principalmente por el Estado, se vale de distintos recursos disponibles en cada sociedad para generar sentimientos de adhesión y pertenencia; dichos recursos pueden variar de una nación a otra o de un periodo a otro, dependiendo de los intereses en juego. La etnicidad, la lengua, la religión, las lecturas colectivas del pasado, el proyecto por construir, la discriminación padecida, los héroes fundadores o liberadores, la tragedia o la gloria común, entre otros, son aspectos que se suelen invocar para este propósito (Hobsbawm, 1994). En este sentido, Ernest Renan (2001 [1882]) dijo hace más de un siglo que olvidar, incluso interpretar, mal la historia, era un factor esencial para la formación de una nación, pues las naciones eran entidades históricas de relativa novedad que fungían como muy remotas.

Por su parte, Anthony Smith (1997) definió la identidad nacional como algo multidimensional, imposible de reducir a un único aspecto, y propuso una serie de elementos clave a la hora de hablar de ella en las sociedades occidentales. En primer lugar, la imagen de territorios compactos y bien definidos, "el pueblo y el territorio tienen [...] que pertenecerse mutuamente" (p. 8), pero claro, no se trata de cualquier territorio, se trata de uno histórico, la "patria", depositaria de recuerdos, asociaciones mentales y lugares sagrados. Un segundo elemento se refiere a una comunidad de leyes e instituciones colectivas de carácter regulador, acompañado de un sentido de igualdad legal de los miembros de la comunidad (ciudadanía). Y como tercer aspecto, se presupone una serie de valores y tradiciones comunes, es decir, "una cierta dosis de cultura colectiva y una ideología cívica, una serie de suposiciones y aspiraciones, de sentimientos e ideas compartidos que mantengan unidos a sus habitantes en su tierra natal" (p. 10). El encargo de asegurar este último aspecto, según el autor, está básicamente en manos de la escuela y de los medios de comunicación de masas.

Las sociedades no occidentales o sociedades étnicas -como las denomina Smith- destacan, por su parte, la comunidad de nacimiento y la cultura nativa como elementos de la identidad, ponen énfasis en el linaje, en una ascendencia común y no tanto en el territorio. Según esta perspectiva, la lengua y las costumbres ocupan en estos colectivos el papel que desempeña la ley en las naciones occidentales. No obstante, para el autor, unas y otras cuentan con presupuestos comunes que permiten identificar las principales características de la identidad nacional, las cuales serían:

  1. Un territorio histórico, o patria;

  2. recuerdos históricos y mitos colectivos;

  3. una cultura de masas pública y común para todos;

  4. derechos y deberes legales iguales para todos los miembros, y

  5. una economía unificada que permita la movilidad territorial de los miembros. (Smith, 1997, p. 12)

Siguiendo este planteamiento, la identificación con la nación tiene funciones internas y externas. Las primeras son de tipo territorial, económico y político; las segundas enlazan la socialización de sus miembros, por medio de los sistemas de educación, en los cuales se espera inculcar en los sujetos adhesión a los valores patrios. En este sentido:

... se recurre a la nación para establecer un vínculo social entre individuos y clases basado en los valores, símbolos y tradiciones compartidos. La utilización de los símbolos (banderas, monedas, himnos, uniformes, monumentos y ceremonias) recuerda a los miembros el patrimonio y el parentesco cultural que comparten, y hace que se sientan fortalecidos y enaltecidos por un sentimiento de identidad y pertenencia común. La nación se convierte en un grupo "que logra lealtades", capaz de superar obstáculos y dificultades. (Smith, 1997, p. 15)

Sin embargo, pese a la fuerza del discurso oficial, la identificación con la nación de uno no necesariamente coincide con los modelos canónicos impuestos por el Estado; han existido múltiples maneras y grados de experimentar la pertenencia a una nación. Algunos son modos meramente instrumentales de invocarla, por conveniencia legal o económica de los nacionales, los ha habido de adhesión colectiva, por cuanto se forma parte de un grupo étnico en particular; también de carácter moral y político en personas que viven intensa lealtad a las instituciones del Estado-nación; así como adhesiones preponderantemente sentimentales que involucran fidelidad a la historia, a tradiciones y símbolos. Según el autor citado, los grados de identificación se mueven de manera pendular de lo cognitivo a lo afectivo, sin consecuencias prácticas, en unos casos, o con la aceptación de compromisos fuertes, en otros, por ejemplo, en la participación en rituales o en el despliegue de un carácter militante, efervescente y pasional de la nacionalidad.

La identificación con la nación de uno es una modalidad de subjetividad política artificiosamente construida, pero no por ello falsa o trivial; es real, verdadera y profunda en la medida en que las personas la asuman y la vivan como algo importante en su vida. La nación deja de ser un concepto abstracto cuando es interpelada en y desde la subjetividad, de manera que al pasar por la narración de sí revela biografías y socialidades singulares y colectivas, razón por la cual expresa, porta complejos imaginarios sociales, como señalábamos al comienzo. Como proyecto político-cultural, la identificación con la nación propia es un proceso agonista que, en ocasiones, expresa formas de vida relativamente homogéneas, pero en otras, diversas y fragmentarias. Lo político se refiere a compromisos, decisiones y acciones de los ciudadanos a favor o en contra del sostenimiento, en el presente y a futuro, de la sociedad nacional de la que se forma parte; y lo cultural da cuenta de actividades, modos de relación, preocupaciones comunes, relatos compartidos, costumbres, tradiciones, producciones estéticas consideradas propias o características del nosotros incluyente y al tiempo diferenciador (Ruiz y Carretero, 2010).

Por supuesto, algunos movimientos sociales y populares, agrupaciones barriales y culturales, proyectos educativos son ejemplos de fuerzas cualitativamente importantes a la hora de definir proyectos alternativos de nación y, por tanto, de configuración de identidades nacionales particulares, de identidades otras. Mirar de cerca el entramado de estas es atender la brega y la tensión de múltiples actores en la construcción y significación de la nación. En términos de Bolívar (2001), "es aquí en donde empieza la pregunta por aquellos autores que indagan por las formas en que la idea de nación se inscribe culturalmente y se experimenta en la vida diaria" (p. 21).

Las idealizaciones de nación son más dominantes y hegemónicas cuanto más logran naturalizarse. Las clasificaciones, diferenciaciones, valoraciones, inclusiones, exclusiones, discriminaciones y prácticas sociales promovidas por y desde la identificación con la nación de uno tienen poco de azarosas; son en realidad construcciones sociales, pautas simbólicas por recortar la realidad, que se refractan en sentimientos de pertenencia personal y social. Por su parte, los proyectos alternativos que configuran nuevas formas o modalidades de identificación o que cuestionan las más reconocidas y socialmente aceptadas suelen irradiar el amplio espectro de la cultura, más que provocar fisuras en la lógica dominante, promoviendo otras jerarquizaciones, prescripciones, deseos y cosmovisiones, que en ocasiones conviven con los relatos dominantes y en otras se imponen a ellos.

La ruta metodológica

La investigación que da sustento al presente artículo se inscribió en el enfoque cualitativo-interpretativo, propicio no solo para acentuar la visión de mundo de grupos humanos específicos sino, además, para fijar la atención en elementos constitutivos de su subjetividad, en medio de circunstancias históricas concretas, en sociedades determinadas. La razón por la cual se optó por este enfoque responde a la idea de fijar la atención en la particularidad, en lo que un abordaje minucioso y detallado pueda aportar a la comprensión más amplia del fenómeno estudiado, que para el caso son las formas de identificación con la nación propia, de jóvenes universitarios en formación, de una universidad pública en Bogotá, futuros profesores de historia y ciencias sociales en la escuela, y en el acceso a los matices y formas situadas, concretas, como dicho proceso se configura en ellos.

En concordancia con el enfoque cualitativo-interpretativo se privilegió la estrategia de producción de información relatos de vida o relatos biográficos, entendidos como "la indagación no estructurada sobre las historias de vida tal como son relatadas por los propios sujetos" (Kornblit, 2007, p. 15). Tales relatos representan la posibilidad de capturar los sentidos de las experiencias vividas y de las concepciones más arraigadas, en sujetos que se narran a sí mismos de manera breve o amplia, respecto de asuntos determinados, esto es, referencias o aspectos que el investigador busca.

El trabajo de campo se realizó en el año 2013, con 84 estudiantes: 54 hombres y 30 mujeres. De ellos, 50 cursaban primer semestre de Licenciatura en Ciencias Sociales y 34, séptimo semestre. Su rango de edad variaba entre los 16 y los 25 años en el momento de la realización del trabajo de campo. La mayoría de los estudiantes son bogotanos y provienen de sectores populares y de barrios alejados del centro de la ciudad. La interacción se llevó a cabo en aulas de clase, salas de reunión de profesores y espacios informales, de manera sostenida durante aproximadamente 8 meses, según la disponibilidad de tiempo de los estudiantes. Vale la pena agregar que la motivación a participar fue alta, así como su compromiso con las reuniones y tareas.

Se produjeron relatos biográficos de distinta índole: orales, visuales (fotografías) y escritos. Los primeros fueron el resultado de 17 entrevistas a profundidad y 2 grupos focales; mientras que los segundos se concretaron en 114 fotografías en las que los participantes recibieron la instrucción de retratarse, o hacerse retratar, como portadores de identidad nacional, esto es, siendo o representándose como colombianos, relato que debía acompañarse de un breve texto descriptivo o explicativo de su intención y significado (tercer tipo de relato). Aunque inicialmente los relatos visuales y escritos fueron pensados como elementos complementarios a los relatos orales, el desarrollo del trabajo y la calidad del corpus de información producido obligó a invertir el orden de prioridades en el momento del análisis. Al respecto, vale la pena señalar que la estrategia que orientó el proceso de organización, sistematización de información, interpretación y construcción escritural fue el análisis de contenido (AC), que consiste, principalmente, en desestabilizar la inteligibilidad inmediata de la superficie textual (relatos) hacia la producción de un metatexto inferencial que sitúa, problematiza y esclarece el sentido del primero (Ruiz, 2004).

Vínculos y pertenencias

Aunque las filiaciones y adscripciones identitarias de estos jóvenes se mueven en un amplio espectro de significado, sus relatos se pueden organizar en torno a tres tipos de preferencias, a saber: la identificación con el territorio local-regional; la identificación con grupos cercanos; y la identificación con proyectos colectivos. No se trata de categorías excluyentes; de hecho, en algunos casos estos maestros en formación describieron puntos intermedios entre dos de ellas o una mezcla de elementos de cada una.

Una parte importante de ellos (45 % aproximadamente) estableció una vinculación fuerte entre su nación y el territorio más cercano, destacando no solo aspectos físicos sino, también, culturales, principalmente de carácter estético y musical.

La referencia a la nación propia enlazó palabras de exaltación a la belleza del paisaje y las riquezas naturales, aspectos que se mencionaron como sello distintivo respecto a otras naciones. En el marco de estas valoraciones, lo regional también estuvo teñido de tradiciones, esto es, menciones a comidas, artes y otras prácticas culturales consideradas ancestrales. Las alusiones al territorio local-regional se hicieron en función tanto del sentido cultural que encarnan, como de las relaciones sociales que convocan. El relato visual de la fotografía 1 y el texto que lo complementa ilustran este tipo de apelaciones.

Mi condición como colombiano la puedo expresar en esta imagen en la que predomina lo natural y que de alguna manera se queda corto en comparación a todo lo que posee Colombia y que la hace distinguir de cualquier otro país. Esto se puede constatar con la riqueza hídrica que tiene Colombia y que nos abastece de una forma amplia. (Armando, 17 años, primer semestre)

La alusión específica a las riquezas naturales del territorio nacional, tanto del más cercano como del más vasto e ilimitado, es motivo de orgullo para este joven, orgullo que se acentúa y justifica en la comparación, en la diferenciación con otras naciones menos privilegiadas en este aspecto. Por supuesto, el relato no destaca -y quizás tampoco está interesado en hacerlo- algún merito colectivo, sería algo así como "lo que nos correspondió en el reparto cósmico-natural", que debemos primero reconocer y luego valorar.

De otro lado, en la identificación con la nación propia que destaca a los grupos cercanos (opción de 12% de los jóvenes) la impronta del nosotros nación se configura, especialmente en la relación con la familia, los pares y los amigos. Quienes nos son próximos dotan de sentido el nosotros nación y lo hacen justamente desde el afecto, la cercanía, el parentesco, la familiaridad, en contraposición al desapego, la lejanía, el extrañamiento de quien no lo vive de esta forma. Es claro que, en sentido estricto, desde las filiaciones puramente familiares no es posible una idea de lo nacional, que, en todo caso exige una abstracción y una inclusión simbólica a otros no cercanos a quienes se los puede o podría considerar parte del nosotros. Sin embargo, la apelación al afecto, a la familiaridad significa una referencia a relaciones directas como base firme para establecimiento de relaciones indirectas, con otros que son como nosotros. Veamos lo representado en la fotografía 2 y en el relato escrito que precisa su significado:

La identidad nacional es un sentimiento que he tratado de construir porque no es algo concreto que se manifieste es mis acciones cotidianas, de hecho, en ocasiones cuestiono y me pregunto: ¿por qué nací en este país? A medida que van pasando los años me identifico más con un sentimiento familiar hacia este lugar. En definitiva, creo que lo que me liga a este territorio es el haber nacido en la familia que nací y no el lugar o las costumbres que en él se desarrollan. (Omar, 20 años, séptimo semestre)

Para este joven la nación es como un castillo de arena con torres que se hacen menos débiles cuanto más cercanas están una de la otra. Se trata, por supuesto, de comprender no solo el papel del azar en la determinación del lugar, de la sociedad en la que se nace o a la que se pertenece, sino, también, de asumir que se forma parte de una familia nuclear y extensa al mismo tiempo.

El vínculo con la nación propia se expresa también a través de la identificación con los proyectos colectivos (alternativa asumida en el 11% de los casos), en dos sentidos: por un lado, como vínculo con programas de transformación social, mediante la simpatía hacia militancias políticas específicas y, por otro, como denuncia y rechazo moral de la violencia que padece la nación colombiana. Esta tendencia, mucho más visible en las narrativas visuales que en las entrevistas a profundidad, fue expresada al tiempo como compromiso personal, como anhelo, como idealización de las clases populares, como rechazo a la violencia institucionalizada y como añoranza de paz, democracia y justicia social.

Estos resultados evidencian que no existe una concepción unificada sobre la identificación con la nación propia, y que, como en toda representación política y cultural existe una disputa entre distintos grupos y sectores sociales por imponer significados. El vínculo con proyectos colectivos que declaran algunos de estos jóvenes cristaliza un rechazo a discursos hegemónicos basados en filiaciones no conflictivas con el orden establecido, a la vez que hace explícita la imbricación entre identidad y política. Veamos al respecto la fotografía 3 y el relato correspondiente.

La foto recoge varios parajes de nuestro país. Se encuentra la Chaquira de San Agustín, los caminos del Cauca minados por el ejército, las murallas de Cartagena. Son espacios que he pisado con mis pies, que me han dejado el recuerdo vivo del territorio, sobre todo, un recuerdo vivo de resistencia. Colombia no solo es pasión, pasión en reinados de belleza y fútbol, no es solo cocaína, armas y sexo. Es también territorio, caminos forjados con pala y pica a manos de los campesinos, los indígenas, los afros, cultivadores de papa, yuca y cultura de resistencia. Son estos caminos llenos de riquezas de recursos naturales, que quieren ser expropiados con terror. El Gobierno nacional expropia el territorio que es de los colombianos y las colombianas para ser dado a multinacionales y extranjeros, a cambio nos quedamos con el desplazamiento, el hambre, la injusticia. (Daniela, 18 años, séptimo semestre)

Habría, según este testimonio, connacionales auténticos que forman parte de una historia común y de un proyecto colectivo. Ambas cosas amenazadas por la frivolidad de quienes valoran las expresiones temporales y superficiales de la nación, en detrimento de lo más profundo y ancestral de la misma, como los indígenas, negros, campesinos; su trabajo y obras: monumentos, caminos, cultivos; así como el territorio que ellos han labrado, transitado y habitado, pero que ha sido amenazado, igualmente, por la indolencia y la traición de gobiernos que entregan todo lo verdaderamente valioso a los no nacionales, a los extranjeros, a las multinacionales. De este modo, se vinculan la valoración positiva de los proyectos y anhelos de quienes trabajan y defienden lo propio -nuestra gente al servicio de nuestra nación- y la denuncia de quienes amenazan con arruinar este legado -nuestra gente al servicio de los intereses de los extranjeros-. Identificarse con los proyectos colectivos articula así una actitud propositiva y una defensiva con la nación: el cuidado y la protección de "lo nuestro".

Estereotipos de nación

Respecto a la indagación de los significados atribuidos a Colombia y a la "colombianidad" (ser y sentirse colombianos) estos jóvenes que se forman como maestros de ciencias sociales configuran distintos estereotipos de nación, que aquí hemos agrupado del siguiente modo: la cultura que nos une (estereotipo culturalista); Colombia es pasión (estereotipo caracterológico); y las carencias e infamias que nos marcan (estereotipo estropicio).

Con relación al primero: la cultura que nos une, una parte importante del grupo de jóvenes (23 % aproximadamente) se refiere a su nación como una enorme cantera de riqueza cultural y diversidad que debe ser conservada y transmitida. Lo rural tuvo preminencia en el momento de destacar esta diversidad patrimonial, que en cualquier caso ha de ser sostenida o rescatada. La cultura fue el término recurrente en esta tendencia y fue invocada con diferentes acepciones, especialmente en relación con la explosión y conjunción de la diferencia. La belleza del paisaje o la riqueza de las costumbres se orientó, del mismo modo, en representación de la variedad, expresividad y multiplicidad articulada en, por y desde la nación. La cultura ancestral y cualquier expresión de modos de ser y vivir contemporáneos fieles a ella fueron altamente valorados como indicio de lo colombiano, gracias a su pluralidad de tonos, colores, sabores integradores, de manera que cualquier intento de homogenización cultural (reducción a rasgos únicos) constituía, según sus producciones, una afrenta a lo nuestro. En la fotografía 4 se ilustra esta tendencia:

Colombia ha significado desde sus inicios un país pluriétnico, multicultural gracias a la diversidad de lenguas, paisajes y gentes, en sus maneras de actuar, en su formación de carácter, acciones y expresiones en el mundo social [...] En esta foto podemos encontrar una representación del mapa de Colombia, en donde se vislumbra una serie de puntos de muchos colores que serían las personas que viven en ese lugar, con sus múltiples personalidades, caracteres y acciones. Eso significa cada color, en donde en cada lugar hay unas expresiones comunes, pero también existe la diferencia de personas que provienen de otro lugares, con tradiciones ancestrales y cósmicas, posicionando así su lugar, el del nacimiento de la madre tierra. Hay tres planos, en el primero me encuentro yo con un color y una forma propia de ser y actuar, según mi familia, mis grupos de pares y el territorio donde me encuentro. En segundo plano se encontraría el bosquejo abstracto con sus imperfecciones, la representación simbólica de Colombia y, finalmente, el tercer plano sería la tierra agrietada por efectos de la naturaleza, pero, a su vez, por acciones del hombre y su habitar en el mundo. (Jenny, 18 años, séptimo semestre)

Así, Colombia es un significante cuyo significado tiene un carácter preformativo, esto es, se realiza en formas determinadas de ser y habitar esta nación, es decir, la "colombianidad", algo que o bien se promueve y "adquiere" en la escuela, o bien se promociona y alcanza mediante el registro escolar, que comprende ambitos de aprendizaje más amplios pero una estructura educacional similar y del que forman parte los medios de comunicación y los lugares de realce de la memoria o de la cultura nacional (museos, teatros, parques, monumentos, calles, entre otros). Se configura entonces un estereotipo culturalista que define quiénes somos, articulando tradición y expresión creativa, en otras palabras, apego al pasado e innovación; conservadurismo y recursividad, sin que ello represente una contradicción. Así, la idealización de lo diverso da sentido a lo propio y, de paso, llena el vínculo que no provoca la institucionalidad política.

Colombia es pasión, por su parte, aunque es un estereotipo asociado al diseño y divulgación de una reciente campaña mediática de la empresa privada y el Estado colombiano para atraer la inversión extranjera, el turismo internacional y para generar una imagen positiva de la nación dentro y fuera de sus fronteras1, representa, al tiempo, para muchas personas la apelación afirmativa a sentimientos morales vinculantes, específicamente al orgullo: de sí mismos, de lo que puede considerarse nuestro, de lo que vale la pena mostrarle al mundo2. Bien sea que la mencionada campaña intente resaltar o recuperar algunos rasgos del "carácter del colombiano" -si es que algo así es posible-, o que las intente producir y posicionar, el acento se pone en el talante aguerrido y extrovertido del colombiano, destacando sus triunfos artísticos, deportivos, su ingenio, laboriosidad, recursividad, y su capacidad sin límites para enfrentar y superar las adversidadades.

Para una parte importante de estos jóvenes (18% del grupo), y para amplios sectores poblacionales, se trata de un estereotipo de amplia difusión, reforzado en refranes, chistes y canciones, ampliamente vinculado a los triunfos de los deportistas colombianos, a sus enfrentamientos con representantes de otras naciones y a la expresividad regional que alcanza. El colombiano, supuestamente "dotado genéticamente" de un genio especial y de la capacidad para reponerse a cualquier desgracia, fue caracterizado en la vida cotidiana o en la competencia más exigente por su humildad, tenacidad y verraquera [coraje, resistencia, perseverancia]. El relato que acompaña la fotografía 5 ejemplifica esta tendencia.

El objetivo del retrato es demostrar lo que es Colombia a través de un objeto, en este caso escogí la camiseta de la selección Colombia [de fútbol], las medallas y patines para sustentar su importancia ya que sí las encuentro como significativas, lejos del carácter comercial que puedan llegar a representar. Esto por varios motivos: considero que refleja cómo los colombianos a través del acto de llevar una camiseta demostramos lo importante que son para nosotros los deportes, la alegría y la emocionalidad que produce el ver un partido de la selección, una carrera de patinaje o de ciclismo. No en vano se produce toda una convocatoria a través de eventos como estos al interior de las familias, de los grupos de amigos y de los diversos grupos sociales. Se produce, en primera medida, un encuentro, seguido de una serie de sentimientos: angustia, alegría, euforia, etc., los cuales nos van configurando alrededor de una colombianidad. Puedo decir, entonces, que este podría considerarse como un elemento común pues la alegría del fútbol involucra y convoca a los colombianos. (Lorena, 18 años, séptimo semestre)

La idea de la colombianidad como expresión de un espíritu indeclinable enmarca la campaña en cuestión, la antecede, pero, a la vez, le da continuidad; destaca y refuerza un rasgo del carácter que, se supone, siempre estuvo allí, que emerge ante el reto o la dificultad y que, en cualquier caso, contrasta y convive con cualquier otro rasgo negativo que pueda ser asignado desde fuera o auto-asignado a la condición nacional común.

Por último, un grupo de estudiantes (46 % aproximadamente) consideró que lo más característico de Colombia son sus aspectos negativos, conflictivos, problemáticos, en suma, de estropicio (deterioro y descalabro) expresado en términos de las carencias e infamias que nos marcan; estereotipo asociado especialmente a la violencia que ha producido y padecido la sociedad nacional a lo largo y ancho de su historia. La pobreza, la injusticia, la corrupción y la barbarie fueron algunos de los términos más recurrentes en los relatos de estos jóvenes, para aludir a una especie de sino trágico que cubre a la nación propia. La atribución de responsabilidad por ello no es clara ni específica; sus actores son genéricos, múltiples, aunque aquí se resalta negativamente el papel del Estado y la Iglesia. En sus relatos se destacan sentimientos de decepción, desilusión, frente al pasado y el presente, y escepticismo frente al futuro de la nación. Hay una brecha entre la nación vivida y la nación contada (Ruiz, 2011), pues hacen evidente el desencanto entre aquello que se enseña mediante el registro escolar y lo que experimentan en el día a día. Para estos jóvenes la violencia copa el nosotros nacional. El relato que acompaña la fotografía 6 es uno de los más emblemáticos de este estereotipo.

Las imágenes que se presentan en la foto han sido tomadas de un esténcil de libre circulación. En estas, el famoso escudo de Colombia va desapareciendo, a medida que se corrobora que lo que este símbolo patrio pretende representar es falso o simplemente mentira. Bien podría ser el himno nacional, la bandera, la orquídea, el sombrero vueltiao, el café y demás cosas que se asocien con este país, los que desaparecen poco a poco. [...] La muerte, la violencia, la mentira, la corrupción, la ignorancia, la doble moral, el oportunismo, el facilismo son algunos de los aspectos que se me vienen a la mente cuando pienso en Colombia. [.] Desde hace mucho tiempo que "el amarillo, azul y rojo, el segundo himno más bonito del mundo, la puerta de Sudamérica, uno de los lugares geográficamente más bellos del planeta" ha dejado de representar una parte importante dentro de mis afectos. (Julián, 17 años, séptimo semestre)

La exclusión y la miseria producidas por la corrupción de la sociedad nacional a través de los tiempos destruye tanto las intenciones de significación o resignificación positiva del pasado, como de construcción de nobles proyectos. Así, la violencia vivida y relatada configura una violencia de representación, un esterotipo estropicio que destruye hacia delante y hacia atrás. Sin embargo, en esta perspectiva hay menos renuncia que añoranza: hay un reproche (al Estado, de manera genérica) por la nación negada pero, también, una sensible demanda de la misma.

Discusión y conclusiones

Desde el siglo XIX hasta la mayor parte del anterior, la exaltación del territorio fue el corolario del sentimiento nacionalista y el sustento material del Estado-nación (Herrera, Pinilla y Suaza, 2003). Sin embargo, estos jóvenes universitarios, futuros maestros de ciencias sociales y de historia en la escuela (incluyendo la historia de la nación colombiana) marcaron una distancia política con la idea del territorio nacional, mediante constantes apelaciones a lo regional o subregional. Sus relatos exaltan una idea de cultura local expresada en costumbres pasadas, puras e idealizadas, que requieren ser conservadas y reproducidas. Aunque esta filiación positiva de las prácticas locales parece insuficiente para procurar sentimientos nacionales de identificación, según Smith (1997), en Colombia el elemento regional ha sido un componente central en la configuración de lo nacional (González, 2001), como mecanismo activo de jerarquización social (Herrera, Pinilla y Suaza, 2003). Sin embargo, los relatos de estos jóvenes se encuentran lejos de legitimar alguna forma de discriminación en relación con las diferencias culturales, sociales, climáticas o idiosincráticas de sus habitantes. La nación se piensa, se siente, se habita desde la regiones. Estas no configuran la nación por simple sumatoria de partes, sino que le otorgan un carácter diverso y complejo.

Para Rincón (2001), a falta de un gran relato fundacional, los colombianos buscan pequeños y frágiles mitos que les permitan imaginar una narración de la nación. Así, el "mito territorial", que reconoce que somos una nación de diversidad cultural y que permitiría, en principio, establecer mecanismos de encuentro y diálogo entre connacionales, también se usa para excluir y desconocer. De este modo, pareciera que "la única forma de aprender de nuestra nación y sus gentes es a través de las masacres, que [...] han sido la forma más efectiva para aprender de geografía en Colombia" (Rincón, 2001, p. 16).

En la sacralización de lo arcano, lo diverso, lo múltiple, no se hace evidente, en sí mismo, la presencia de un nosotros, de un actor colectivo (Lechner, 2002) configurado en el diferendo, en la deliberación, ámbito político en el que sería posible la comprensión analítica de la realidad y su posible transformación. En suma, la simple reivindicación de las diferencias regionales y culturales puede contribuir a un conformismo político con la realidad imperante, al confinar la cultura al ámbito de las esencias y dificultar su lectura, en clave de relaciones de poder.

De otro lado, la identificación nacional mediante la valoración casi exclusiva de vínculos parentales y afectivos se corresponde con lo que Uribe (2001) ha considerado propio de la cultura política en Colombia, esto es, una circunscripción a identidades colectivas simples debido a la fuerte polarización y fragmentación de la sociedad. De acuerdo a los relatos expuestos de estos maestros en formación, tal polarización es una responsabilidad histórica del Estado colombiano, que generando una especie de déficit identitario abstracto -en toda su población-, produce, a la vez, como reacción "natural" pequeñas (localizadas) fidelidades hacia las personas y los espacios de interacción cotidiana. Así, la nación en lo íntimo, en lo cercano, en lo familiar o, mejor sería decir, habitar la nación desde allí, es una forma de suplir la presencia esquiva e insuficiente del Estado en la atención a las demandas materiales y simbólicas de sus ciudadanos (Lewkowicz, 2004).

Estas filiaciones domésticas se corresponden, en parte, con la tendencia al individualismo contemporáneo que claudica de los proyectos comunitarios y que promueve soluciones biográficas a las contradicciones sistémicas que el mismo sistema ha provocado (Arias, 2012; Bauman, 2001). Así, muchos de estos jóvenes entienden y expresan la nación como algo que está encarnado en la proximidad de las personas mismas, en sus formas de vida, en su esfuerzo cotidiano, y en los afectos que estas relaciones suscitan.

Pero no todas las apleaciones a la nación son despolitizadas; en muchos casos el vínculo con la nación propia implica, exige, para estos jóvenes, adscripciones ético-políticas explícitas, en relación con ordenes sociales deseados (Lechner, 2002). Si bien la idea de nación no fue impugnada de manera directa en esta vertiente, sí fue planteada en términos de un proyecto alternativo del que estos futuros maestros de ciencias sociales dicen sentirse actores de primer orden. Si "la política es la lucha que busca ordenar los límites que estructuran la vida social, es el proceso de delimitación en que los hombres, regulando sus divisiones se constituyen como sujetos" (Lechner, 2002, p. 15), de este modo, se imaginan, se proyectan como actores de transformación social, como sujetos activos de una nación más incluyente y tolerante, menos discriminadora y jerárquica.

Por otra parte, la lectura de la nación desde lo que aquí hemos denominado estereotipo caracterológico, otorga un limitado sentido político a la acción del connacional, acción que depende de loables rasgos comunes, que permiten construir futuros posibles, en medio de las dificultades, de las desgracias producidas por quienes históricamente han intentado obturar el proyecto y han usurpado la representación de la nación (gobernantes y políticos corruptos, empresarios egoístas, criminales oportunistas, entre otros). La magnanimidad de la nación reposa, entonces, en el talante de sus gentes y en el exotismo de su cultura. Se trata, al decir de Castro-Gómez y Restrepo (2008) de régimenes de colombianidad, desde donde se pretende unificar y normalizar a la población bajo ciertas etiquetas de reconocimiento común, en las que "lo nacional se constituye como un campo de poder desde el que son definidas, normalizadas y contestadas distintas entidades-identidades" (2008, p. 11). Así, el sentimiento de orgullo y lealtad por la nación propia, que intentó posicionar la escuela pública en los orígenes mismos del Estado-nación, mediante la enseñanza de una historia común, el reconocimiento y respeto a los símbolos patrios y el acatamiento a la ley y a la autoridad (Beck y McKeown, 1994; Boyd, 1997; Carretero y van Alphen, 2014; Gergen, 2005) se traslada aquí a quienes la encarnan, a los connacionales, quienes desde el esfuerzo y el sacrificio demandan todo reconocimiento y admiración, sin que ello signifique una impugnación de fondo a la estructura social y el orden político vigente.

Vale la pena destacar, una vez más, el sentido crítico radical que se encuentra en los relatos visuales y escritos reunidos bajo la denominación estereotipo estropicio, esto es, una idea de nación marcada por la carencia y el déficit; carencia de nación producida por un Estado indolente que ha producido y reproducido vulnerabilidad a las mayorías poblacionales y a las minorías sociales y étnicas; déficit de identificación con la nación en la que la violencia ha naturalizado este "orden de las cosas". El resultado de ello es un nosotros nación marcado por sentimientos morales negativos tales como el resentimiento, la decepción, la frustración, entre otros. La mayoría de estos señalamientos desesperanzados redundan en pasividad, conformismo, y no permiten establecer mayores compromisos políticos con posibles cambios en el futuro de la sociedad nacional. El repliegue, la desazón, la claudicación de proyectos vinculados con la idea de "grandeza de la nación" posiblemente da cuenta de duras experiencias biográficas, de un presente lleno de obstáculos en el proceso formativo adelantado. Hay que tener en cuenta que se trata de jóvenes de extracción popular, con marcadas dificultades económicas y familiares, que expresan sus demandas, al tiempo, de atención material del Estado e inclusión simbólica en la nación. La relación que los connacionales establecen con la nación propia no solo es de orgullo, como lo ejemplificó un grupo, también es de vergüenza, como lo remarcan otros, y tales sentimientos no suelen ser definitivos o absolutos, por el contrario se alternan o se dan de manera simultánea al respecto de asuntos distintos y son cambiantes en el tiempo (Arias y Ruiz, 2013; Ruiz, 2011; Ruiz y Carretero, 2010).

No deja de llamar la atención el hecho de que la mayoría de fotografías, o mejor, de los relatos visuales, acudieron, para adscribir o para tomar distancia de la nación propia, a símbolos patrios: rostros humanos singulares cuyo marco de referencia, horizonte de sentido y límite de reconocimiento (Taylor, 1989) se hizo dentro de los contornos de lo que aún representa para muchos el concepto nación.

Para Hobsbawm (1991) la identificación nacional puede mutar con el tiempo, puede desplazarse, incluso en periodos bastante breves. Para Elias (1987) la identidad social se modifica de acuerdo a las condiciones de integración de la sociedad. Ambos planteamientos resultan útiles para enfatizar la contingencia de los presentes hallazgos, la fragilidad de la construcción de los vínculos humanos y la necesidad de profundizar con diferentes estrategias de indagación las maneras como los sujetos nos configuramos y nos identificamos con la nación propia, en el caso de que tal entidad mantenga algún tipo vigencia en el futuro.


Notas

1 Colombia es pasión" funge como una especie de marca registrada, lo que los expertos en publicidad denominan country brand (marca país) que, según Echeverry, Rosker y Restrepo (2010, p. 2), "nace de la necesidad de los sectores empresariales y los gobiernos por generar una identidad propia frente a los mercados internacionales. [...] La marca país refleja una visión holística de la imagen de un territorio específico que debe ser reforzada y enriquecida permanentemente por la inversión en comunicación del país de origen hacia el resto del mundo". De este modo, Proexport, Inexmoda (Instituto para la Exportación y Moda) y algunas oficinas gubernamentales vinculadas a la Presidencia de la República, en el primero de los dos periodos de gobierno de Álvaro Uribe, contrataron a la empresa publicitaria Visual Marketing Associates, para que en 2005 produjera la consigna-marca en cuestión y el logo que la representa: un corazón estilizado, rojo encendido en su contorno, que evoca la imagen del corazón de Jesús, emblema del cristianismo católico (al que los representantes de esta iglesia y del Estado colombiano "consagraran" a la nación en 1902; decisión renovada por los siguientes gobiernos hasta que la Corte Constitucional emitió la sentencia C-350 de 1994, con la que declaró inconstitucional la norma, en razón a la libertad de cultos proclamada en la Constitución Política de Colombia de 1991).
2 Esto queda ilustrado en los recientes comerciales televisivos de amplia divulgación nacional e internacional, en los que se muestra a extranjeros recorriendo bellos paisajes colombianos y recibiendo un trato amable de sus habitantes; publicidad que tiene la intención explícita de erosionar o reemplazar imaginarios sociales que identifican a Colombia con narcotráfico, inseguridad y graves problemas de orden público. Tal campaña se puede resumir en el mensaje proyectivo: "Colombia, el único riesgo es que te quieras quedar [Colombia, the only risk is wanting to stay]".


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